Joven dejé creer a los amigos que en
cualquier momento me presentaría con una novela. Luego fui puerta por puerta
deshaciendo el enredo. Era tarde y creyeron que la autocrítica me
devoraba y al basurero o cajones bajo llave iban espléndidas o
prometedoras cuartillas. Ni asomos de eso existía. (Por entonces publicar representaba un reto, también pero no solo debido a los costos.)
La confusión fue originada por hojas sueltas garabateadas a miles desde mi infancia.
Esto y aquello terminó llevándome a
diarios, revistas, editoriales y aparecieron cosas muy desiguales. Había algunas buenas, allí
y en las
roscas de reyes del pan de cada día donde colaba la vocación de cronista
-así que los patrones se encontraban súbitamente mordiendo al santo
niño y
cargaban a paraguazos contra mí persona.
Al reunirla, esa pedacería tenía cierta correspondencia y en casa iba
creciendo lo que según Juan no pretendía narrar sino entender. Lo hacía
gracias al prodigioso don de las palabras. Persiguiéndose unas a otras
sin un continente yo capaz de apresarlas, revelaban el mundo a mi
alrededor. Hoy
éstas y aquéllas gritan por un lugar a propósito, no importa si las atestiguan
o tiran a locas.
2 A mis treinta años, dos amigos me
sumaron a un suplemento cultural. Los animaban crónicas que escribía
difundiendo movimientos populares en cuyos procesos estaba así o asá
involucrado; guiones de cómic y radio dramatizada hechos para sobrevivir
y un maniático compromiso con la historia social.
Al
poco marcharon y quedé casi a solas con doce páginas tamaño tabloide.
Nunca fui profesionalmente más feliz. La vida diaria pasó a papel
impreso para el próximo domingo: bailes con orquestas cubanas, funciones
de cine, paseos a los hijos, el libro en curso, fiestas y sobremesas
donde mujeres y homosexuales concientizados retaban al mundo.
Al terminar aquello, el gran cronista mexicano tanteó la posibilidad de incorporarme a su consejo de redacción.
-¿Yo en atmósferas literarias? -le dije patitieso.
-Tienes razón -contestó recordando mis veleidades, que conocía al paso.
3
A
los sesenta encontré los blogs, descubriéndome como ágrafo funcional. ¿A qué la sorpresa si el país se
caracteriza por su atraso narrativo?
En
todo caso eran plataformas ideales para mí, que el big brother
correspondiente difundió hasta encontrarles alternativas rentables.
Entonces nuestros visitantes se redujeron a muy poco.
No recuerdo sino los números para mí absurdos de aprobaciones que alcanzó La casa del horror: doscientas veinte mil. Desde la azotea probablemente fue leído u ojeado por veintiocho mil personas y otros cuadernos tienen cifras por el estilo.
Hago
ahora una selección para presentarlos como libro y me encuentro con muy poca
cosa. Hay buenas viñetas, crónicas, fragmentos de diarios, miradas a la
historia. Apenas eso, entre un desorden extraordinario.
Que queden en el híper, concluyo. Quienes quieran, guárdenlo, todo o trocitos. Encontraré una fórmula para leer tales y cuales donde haya forma. De hecho me dedico a ello hace rato.
Las agrupo temáticamente, siguiendo títulos que caractericé a lo pomposo:
Desde la azoteabusca entre mi vida sin afanes autobiográficos y por ello no aparecen mi padre, amigas y amigos... La ilusión viaja en tranvíaasoma a ángulos no apreciados allí.
En Para morir igualeslos del Santo Lugar, mi
abuelo y los suyos y una vaga, enorme
cantidad de hombres, mujeres y niños se descubren entre sí a miles
kilómetros y siglos de distancia.
Red de agujeros lidia con la historia del país.
La casa del horrorson nuestras tierras en tiempo recientes.
Para la obvio, Última función.
Crónica interminableintenta
ordenar los viajes emprendidos en torno a 1492 y así el nacimiento de la modernidad que inició una predación hasta entonces inconcebible.
Con sus aires eróticos La pasión según FB debería cerrar el círculo y no lo hace pues faltaba El último viaje, empeño por seguir la promesa surgida en nuestro continente durante octubre de 2019 o poco antes si incluimos a México.
Me paso de bla, bla, si comparo los propósitos con la realidad y aun así...
Hay un blog que se titula Cuadernos a secas. Va allí cuando se me mete a la cabeza o estudio y se llega a él por el link.
No ficciono nunca
DESDE LA AZOTEA
Si acudo siempre al
consejo de los sueños jamás lo hago con el de poetas, digo y miento, un
poco, siquiera, pues hoy cito a uno: "Allí donde otros exponen su obra yo sólo pretendo mostrar mi espíritu. Vivir no es otra cosa que arder en preguntas. No concibo la obra al margen de la vida."(1) ¿Valen para mí esas palabras? No tengo
una obra sino miles de viñetas escritas desde niño.
El que en batita y apenas supo andar
subió a la azotea de la cual no saldría nunca, haciéndose viejo revisa
el espectáculo alrededor. Nada puede ser más asombroso que ese primer
día en cuya dirección marcha y aun así se confunde. Al fondo una caravana viaja en 1325 y
cerca del pretil hace alto a principios de 1972 en el Santo Lugar, sin
que los habitantes de una y otro perciban la mutua presencia. En la espalda quien mira recibe una animosa palmada del abuelo, muerto sesenta años atrás. -Vamos, que los bisnietos y tataranietos esperan para comer. Dando vuelta el cielo se cae a pedazos
en 1524, estalla una y otra vez y pareciera encontrar remanso en un río
de carbón y las bocas a lo largo entre montañas. Qué cosas digo: menos que nunca hubo quietud allí. -0- Todo lo dirijo al futuro de ustedes,
nietos, a quienes no veo desde la marcha con mi abuelo, B, al río Níger
luego convertido consecutivamente en el Magdalena, que corre entubado
por nuestra ciudad, y el Abajo, cuyo curso conduce al "Sur, geografía
profunda". ¿Les cuento algo en realidad y de manera mínimamente comprensible? El Idiota A los sesenta años hago un libro sobre
B en el escritorio que da a la única ventana de este departamento, cuyo
encuadre copia al viejo cine nacional, con su fácil, blando
romanticismo. Allí leo también las frases con que cercaba a mamá apenas
pude convertir mis berrinches en palabras: -¡Mira! ¿Ves cómo a la mitad la calle
se desploma? ¿Y aquel hombre cuyos pasos no dejan huella, ya que pisan
bajo el suelo? ¿No sientes ese temblor perpetuo, nuestro nadar sobre la
tierra? Levanto la cabeza para encontrar el
patio a cielo abierto, largo, generoso, las puertas de la docena y media
de viviendas en dos plantas, y la luz en que ese sol nuestro, padre,
hermano, macho bravucón, pordiosero, se echa escapando de la
alharaquienta tarde de la calle. Parda, recrea el alivio de las madres y
los abuelos y abuelas en el breve descanso que les dejan sus criaturas
bullendo por dentro, aspaventosas, o en la desesperada persecución del
día que no alcanza, que por ley se agota antes de revelarles los
secretos de cada tanda. ¿Qué dirías de verme en este lugar,
ma, donde un par de años atrás lloré de alegría apenas se marchó la
mudanza? ¿Te entristecería encontrarme en un pequeño, oscuro rincón de
la ciudad, del país que no entendiste nunca? Venías de lejos y guardabas con celo
el dolor que ello te producía. No te dabas cuenta de que la mujer de los
elotes en la esquina había hecho un trayecto tan largo como el tuyo en
tiempo y alma. Lo comprendo. Como ella, creciste convencida que el mundo
era las leguas a tu vista, tras las cuales la respiración se
suspendería. No tenías modo de entender el acoso de mis letanías aquellas, que te postraban y así más se encendían. -¡Ya, por Dios, déjame en paz!
–tronabas contra tu proverbial paciencia, encerrándote bajo llave para
rogar a no sé quién, en tu sabiduría, que velara por ese pobre hijo. Lo
hacías inútilmente, claro: no había salvación para el Idiota. -0- Hoy idiota resulta sinónimo de
estúpido o imbécil. Antes se refería a los tontos o tontas de los
pueblos, que un sabio medieval despreciaba reconociéndoles a cambio el
don de servir a la divinidad para expresarse imperfectamente. Una película terminó por entenderlos,
creo, en la figura de este muchacho:
No alucina; imita, y al hacerlo tercamente
descubre cosas imperceptibles para otros, así el director no las
muestre. Se encuentran fuera de cuadro, como lo entrelineado en la
literatura o el subconsciente nuestro. Dos Nada en mí se comprende sin la siguiente viñeta, Ohsis, como también los llamo: Digo cualquier cosa sabiendo que quien
te cuenta son los ojos y las inflexiones en la voz, y al voltear con la
sonrisa casi me olvidas, atrapado por lo que tardo largos segundos en
sospechar es una luz sobre el filo de la cortina. Lo creo pues te vi
antes encandilarte con ella como si fuera la primera vez, y la sé para
mí perdida según debiera, a menos de hacer el enorme esfuerzo de otros
días. Gracias a él descubrí, por ejemplo, el justo vaivén de una rama en
la ventana, sin traducción para mí que estuve dale y dale intentando
infructuosamente hacerlo palabras. No puedo con tu mundo, hermano, me
rebasa, me apabulla, me pierde en el desorden aparente donde tú por
necesidad encuentras armonía. Desde el baño mamá pide ayuda para bajarte
por la rampa, le contesto que puedo solo, advierte cuánto has crecido.
¿Ves? Todo eso está en nuestras voces. ¿Algo intuyes viniendo de lo que
no atino si te vale llamar "ayer"? Algo, sí, creo, más lo olvidas en un
tris. Qué caso tiene, dirás a tu manera. Más de medio siglo después, cuando
haya entre nosotros diez mil kilómetros, seguiré peleando para contarte.
La distancia no nos separa pues moro en ti y entonces es imposible
precisar cuánto estoy frente al escritorio y cuánto entre la habitación y
la terraza donde mamá te hizo un reino a modo.
La Parada Así, La Parada, se llama la cafetería a
la que suelo ir. El nombre no fue una ocurrencia del dueño, ni para mí
ni para el resto de los parroquianos. Con el café acostumbrado desde venir
la primera vez por mi cuenta miro las sabias cortinas cubriendo a medias
el ventanal para sustraernos al fisgoneo de la calle, que abajo exhibe
sus intimidades con los pares de piernas hablando como loros, y que
arriba se fuga al barrio y la decoración del cielo. Dos mesas allá una docena de
vocingleros músicos hacen una larga, renovada cada poco. Los cabarets,
los salones, las estaciones de radio tras los cuales llegaron no están
más, como la afición por los ritmos en los que se hicieron expertos.
Ellos siguen. Leo de nuevo la hoja suelta que
encontré semiescondida en un libro. El papel, la letra y la tinta dicen
muy poco y no atino cuándo la escribí. Son frases sueltas, trazos del
lugar y de una hora confusa. El piano que allí se escucha desde el otro
lado de la calle, podría ser el de mis trece años o el de hoy, igual que
la prepotencia de los autos que inútilmente se empeñan contra el
vecindario lanzando bromas y puyas de acera a acera. La mano mulata de largos, inteligentes
dedos repite la que gesticula ahora mismo, ni más ni menos que el
balcón enrejado y las puertas de par en par a la estancia de donde viene
el piano, relatada por el ventilador del techo, o la mesera con media
vida en el lugar y una historia de fracturas que frente a mí coloca el
café y una sonrisa. En la hoja ni palabra sobre mi
persona. ¿Cuándo fue?, insisto dando gracias a esa pequeña joya que me
permite estar donde quiera. Estar, por ejemplo, cuando Ella se hizo una
habitual del barrio para recibir la herencia de mujer atrevida. O la
mañana con Simón y los suyos a punto de asaltar el despacho del
siniestro líder sindical. O las tardes de viernes aireando mi buena
fortuna entre la estación del autobús que me traía de la ciudad pequeña y
el par de días por delante de aventuras sin itinerario previsto. Convoco al escritor que acostumbra
seguir a sus personajes en la obsesiva repetición de rutas siempre
iguales y distintas. Yo era un niño de meses, seguro, la primera vez que
me trajeron a La Parada, luego de una de las visitas a los abuelos,
para luego volver también maniáticamente. No importaba si el barrio caía
en desgracia y se semivaciaba, arruinándose, como todo en el delirio de
la ciudad que se buscaba cada vez más lejos. Volvía, vuelvo, aunque de trecho en
trecho con ahínco o apremio mi vida se aleje aprisa de los orígenes y
olvide el regreso no a papá y mamá sino a los músicos, la calle por el
ventanal, el mercado, la animación de los zaguanes, los misterios de los
patios abriéndose detrás, el callejón de milagros que fue mío mucho
antes que de Ella y sin embargo... Vuelvo con Él, con el Nuevo, Simón,
Juan, otras mujeres, ustedes y mi soledad, profunda, insobornable, gota
entre gotas, ni más ni menos que la mesera empeñada en resistir,
reivindicando su reinvención a fuerza de carmines, rubores, sombras de
ojos. Si supiera cuánto la respeto, cuánto admiré a las anteriores, una a
una. El piano abandona el compás de tres
por cuatro y la síncopa de la tarea, dejándose circular por el teclado
bajo el ventilador, por el balcón, sorteando el concierto de motores,
frenos, claxones, y se vuelve parte de lo no dicho en el papelito que
con amor regreso a la bolsa. -0- El Nuevo es su tío, E y S, y las viñetas de Tiempo de caminar impiden que precise ciertas cosas sobre él, a quien en mi vejez escribo: Tus fotos están en las paredes de mi
casa con las de los demás por quienes la vida tiene sentido. Si tardo en
hablar de ti es porque representas el punto más delicado de mi mayor
tormento. Te miro, te doy el tierno beso de
siempre y entre la distracción deliberada de Él y mía te alejas gateando
por la playa y entras al corral, donde los animales te reciben como a
otro de los suyos, prodigio. Volteó luego al teléfono eternamente
descolgado para no sentir tus largas ausencias y el miedo me alcanza. Eres tú quien lo invoca sin saberlo,
precipitando el que no te corresponde. El lirio seco en el frasco que
sirve de maceta, la pila de libros y papeles, la tersura de la noche,
mis manos en el teclado, ¿los invento? -0- ¿Es que en verdad pierdo todo? De nuevo una viñeta llama: Pura impresión soy y no hay minuto del
cual salga sin cabos de cuerdas que no sé dónde atar. En pedazos vuela
el mundo apenas lo toco y llueve luego dejando alrededor un campo de
batalla en abandono. Entre el lodo un trozo de nube reta al
entendimiento. Le dedico la más amable de las sonrisas y echo andar
incapaz de un grito o una pregunta. Recuerdo entonces la estampa que
recoge un escritor aterido no de frío sino por las calles de la ciudad
entonces del abuelo, mamá, papá, la abuela: una mujer recoge el cuerpo
de la hija y mientras se esfuerza por unirle el brazo, entre los
escombros busca con desesperación la cabeza, para negar los últimos diez
minutos. Quitado el dolor que fulmina, soy ella repitiéndose cada día.
Siluetas 1
La policía agitaba sin contemplaciones la
alcancía de la noche, Padre ordenaba cada mañana la muerte del hijo, las
flácidas carnes de Mamá lloraban de vergüenza frente al espejo, Ella era miel
pura, sonreía como una niña y me clavaba el puñal hasta la empuñadora, al
compás de Los rebeldes del rock.
Tengo quince años y entro al último de los
cursos preuniversitarios. En el anterior desapareció el yo que pasaba el tiempo
tentando las aristas de nuestro no tan pequeño mundo escolar, en el frontón, en
el recoveco al fondo del campo de futbol o cualquier espacio poco
frecuentado donde me aceptaban los rudos que probaban el carácter.
En su lugar se hace presente un personaje en busca de reflectores. El éxito es
rotundo y allana tanto la vida que prometo ajustarme al modelo para siempre.
Aun así me toma por sorpresa el montaje de miradas y risitas nerviosas dirigido
a mí desde el rincón donde durante las semanas de inicio los de primero, recién
llegados al edificio, se confinan en respeto a las jerarquías.
Muchos metros de gentío me separan del juego ese que, sin embargo, hecho con
todas las de la ley no tiene dudas de alcanzar su objetivo. Más temprano que
tarde voltearé, hasta terminar encontrando en medio del coro a la jovencita más
hermosa que he visto.
La celestina tiene clase y gran parte de culpa en la elección hecha por su ama.
Sólo merced a su tolerancia hacia las torpezas con que respondo al juego, paso
la prueba para encontrarme no frente a frente a la belleza esa, sino a la manera
que se debe: semiescondida entre el aleteo de las súbditas.
En verdad puedo morir en el momento: se me
abren las puertas a una princesa de estilo clásico. Llega a la edad de
enamorarse a la manera de la gente de bien, pensando que ahí está el único hombre
permitido mientras viva, con el cual compartir un idílico romance y luego un
bien provisto hogar. Está eso y no otra cosa, según entiendo cuando su padre se
sorprende al verme por primera vez y atinar y prevenir: el mozalbete descansa
en nada y si el tiempo incumple su obra, se precisará una pequeña ayuda.
Yo ni sé ni me entretengo. La vida ha sido
muchas cosas y entre otras, dolor, que no merece tratarse al paso. No decido si
asomarme a través de él o alejármele a toda velocidad. Las vacaciones entre
cursos antes de sacar partido de las luminarias, ha sido una mañana tras otra
de espanto ante el espejo. Algo terriblemente oscuro aparecía en el rostro
aquel, deformándolo. Por eso me agarro ahora a las miradas de los demás como a
una droga, y la oferta de la princesita es la promesa de que todo andará bien
de ahí hasta el fin.
Andará bien entre el desastre general. La
frase suena gorda pero me parece justa y el título de la historia viene de ahí.
Cuando mucho después descubra a un célebre director de cine(3), entenderé su
obsesión por la música popular de estos tiempos, nacida en su país por primera
vez para los jóvenes. En la pobrísima modalidad nuestra hay un matiz nada
despreciable. Fuera de la docena de tonadas hechas en casa, al traducirlas las
melosas letras resultan perfectas tonterías.
Aunque el premio mayor se disputa seriamente, creo que Siluetas lleva la
delantera. La voz de uno de los invariables remedos de cantantes dice debatirse
entre y la vida y la muerte, al descubrir tras una ventana las sombras de una
amartelada pareja en la que un ridículo coro denuncia la traición. El tipo
repite la historia para terminar descubriendo, ni más ni menos, que equivocó la
dirección del amor de sus amores. No importa sin embargo el despropósito, pues
la quejumbrosa melodía y las apasionadas palabras sueltas dan de sobra para que
los escuchas pongamos el sobrante, salido de nuestras entrañas que buscan con
desesperación caricias y delirios imposibles de cumplir.
Al menos entre las crecientemente gruesas clases medias, sólo las más suicidas
jovencitas se atreven a prestar otra cosa que manos, bocas entrecerradas e
insinuaciones de pechos o muslos. Suicidas, he dicho, y de nuevo parece un
exceso y no lo es.
A mis ojos nadie lo ejemplifica mejor que la
hija de la peluquera del barrio. Una mañana veo a quien fue una niñita
disfrutar mi sonrojo exhibiendo, antes que un par de espléndidos pechos, una
sonrisa de reto e invitación. Meses después el vecindario masculino pulula por
la esquina a la cual se abre el salón de belleza, desde donde la madre de ella
se asoma con un matamoscas. Al poco creo que la mujer se salió con la suya,
sólo para descubrirla a punto del infarto por el fracaso en deshacerse del Rey,
cuya presencia basta para alejar a los competidores. La señora da inútiles
voces, la pareja se cansa de escucharla y se aleja abrazada por la cintura.
Pasará un año para ver a la joven con un bulto en el vientre, todavía
envalentonada, y otro para que sus alardeos se vuelvan triste mansedumbre,
sentada en el escalón del negocio con la criatura y vagos vestigios de sus
encantos de cometa.
Mientras, nuestras baladitas languidecen, suspiros, chorritos de miel de maple,
y a miles las nudilleras, las botas, las cadenas, los bates y una que otra
pistola se disputan lo mismo una fiesta que una mirada. Tiempo de caminar Viejo, aprendo a escribir y desespero con las viñetas hechas como Dios les dio a entender: Abrí los ojos y contra el zumbido
telúrico al fondo y el manchón luminoso sobre la cortina, había trinos y
azul tierno, una llave peleando a lo lejos, que se convertía en Ella
acercándose con rastro de noche y aromas de manzana agria, de piña
fermentada, de zapote que se rompe de maduro, para aparecer,
desprenderse el rebozo del cual saltaban los pájaros cantando al pie de
la ventana y al fin desnuda descubrir una piel aceitosa, de aventura,
satisfecha. Con la estampa mi ciudad pasada e idealmente recompuesta,
lío de parques y camiones y zaguanes y vidas entrevistas, soles a
montones, aquí señor, allá un perrito que se ovillaba, rematando en
fragancias, colores y maneras antiguas de los mercados, ajenos a las
euforias, cuya esencia trasegada por lugares, cosas y atmósferas
desconocidos traía Ella. Algo así era en mi cabeza al despertar
de la siesta matutina con esa mujer a quien no nombraba llegando un
amanecer entre el perfume de su sudor y del alcohol, en el cual yo creía
encontrar contagios de lugares mágicos que sentí perder y que así, en
apariencia sin proponérselo, ella me regresaba ilustrándole lados nuevos
para que yo sintiera otra vez su invitación. Era mi ciudad pues no
había una posible ciudad única sino un eterno temblor construido por
millones de ojos y memorias. A medio vestir, mal metido entre
sábanas y mantas, encontré el rastro del hijo en la pijama y su quieta
forma de ocupar el espacio bajo la estridencia, la pesadez y los
erráticos modos míos y de Ella, cuando estaba y ahora. La presencia de la mujer era
abrumadora en cuanto el paseo distraído de los ojos recogía. En las
representaciones del colgajo de collares, por ejemplo, o en las
mariposas y las primaveras, como alguien me dijo se llamaban aquellos
pájaros de pecho generoso, que coqueteaban en el marco de latón del
espejo contra el nicho del armario de madera cruda, sencillo y luminoso.
O en la imaginación de la que hacía de mesa de noche, que resultaba una
incógnita en el celo por la austeridad aparente -la lámpara y dos o
tres objetos más sobre el metro cuadrado de la hoja de madera-,
desmentida por los mundos de la trama del rebozo improvisado de carpeta
con sus fantasías de una geometría a primera vista de extrema sencillez,
en la cual podían sospecharse siglos de secretos y fracturas heredados. Ella a plazos apremiante y pospuesta,
entregada y esquiva, y en verdad siempre inaprensible, como entendí de
nuevo al topar los dibujos de la cortina y el tiempo de principio a fin
suyo que estaba en ellos, recreado hilada a hilada, donde parecía
adivinarse todavía el tarareo en silencio que acompañó un paso tras otro
de la aguja, incapaz de decidirse por pudor o miedo a reproducir la
estampa clásica del ama de casa. Ella por todas partes, también en sus
ausencias. De los sartales de la cajita destapada como por casualidad,
que descubría el desbarajuste de anillos y aretes y pulseras, a las
puertas entreabiertas del clóset por donde asomaban los bolillos de un
vestido, un par de zapatos de tiras, el encaje de una manga, encontraba
las mañanas en las que la radio, a un volumen que casi sólo ella
escuchaba, daba la impresión de hablarle de cantinas y hoteles de paso y
suertes de equilibrista, mientras el trabajo sirviéndole de pretexto se
vestía una blusa volada, la invitación de las faldas de algodón que le
ceñían los muslos al paso y el desafío de las grandes arracadas,
preparándose para desaparecer hasta no había modo de calcular cuándo. Qué sería de aquello en sí y en mí al
marcharnos al día siguiente, me pregunté y volví sobre el pijama de Él,
el hijo, como si me asomara a un pozo sin fin que me recordaba cuán
soberbio, torpe y tramposo era. ¿Qué sabía yo de cuanto fuera, empezando
por la ausencia? ¿Y cómo habría sobrevivido sin aquella queda, generosa
forma de estar que soportaba y entendía todo? -0- Él, S y E, nietos, es el padre
de ustedes, y la mañana a la cual acabo de referirme contenía cuanto se
necesitaba entender. Vuelvo a ella una y otra vez en el cuaderno. -0- Los agujeros sobre los que llamaba la atención de mamá aparecen recurrentemente en distintas formas: En la azotea el canto de Felicitas, a
quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, descubre un valle distinto
al que mis ocho años de edad revelan y construyen. Las manos de la joven campesina se
empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr
del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman
de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con
ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del
vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los
cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
-0-
Me
formaron tres exilios: ése de familias rurales por millones, indígenas y
no, que en cuarenta años invirtieron la relación demográfica
campo-ciudad (80-20); el experimentado por Uno, mi hermano pequeño,
hacia una realidad propia, y el ya también adelantado de padres y
abuelos.
De fantasmas
Treinta
años vivió en México Luís Cardoza y Aragón abrazado al árbol de su infancia, en
el centro del jardín familiar de un barrio de La Antigua, Guatemala, que el
exilio dejó tras una barrera infranqueable. Al regresar, el árbol había
desparecido, con la calle, que era una irreconocible otra. El escritor no se
levantaría jamás de una muerte que hacía vacilar en la nada los treinta años.
Para entonces Pablo Neruda había escrito muy lejos de casa: Les contaré que en la ciudad viví en cierta calle... No se podía ir y venir, Había tantas gentes... Todo me pareció brillante... y era sonoro. Hace ya tiempo de esta calle, hace ya tiempo que no escucho nada...
Dulce nostalgia la suya, que podía ignorar la calle impresa en sus compatriotas
repartidos por el mundo tras 1973: vuelta silencio y dolor.
Más de tres décadas atrás Victor Serge se paseaba con su inseparable hijo por
el bullicio de una noche en la Alameda Central de la ciudad de México, y entre
la reposada, sonriente feria de familias se le venían una y otra vez las
estampas del último en la serie de exilios que era su vida, y el reclamo de los
rostros de los compañeros que quedaron en la Francia ocupada por la Alemania
nazi.
Yo no sabía nada de Cardoza, de Neruda, de Serge, cuando en los 1950s crecía en
aquella misma ciudad entre dos padres que no abrían la boca para hablar de la
Guerra Civil española, sino cuando se trataba de aligerar el drama, y sin
embargo estaban y no en la casita de dos pisos donde nos criaban. Mamá se
afanaba cada mañana en recoger hasta la última mota de polvo en la sala, el
comedor, lo que pomposamente llamábamos biblioteca. Me obsesionaba su estampa
desdibujándose a lo fantasma. Era Penélope que no esperaba, repitiendo el rito
para espantar sin éxito el recuerdo del viaje no de su hombre, sino de ella,
suspendido casi al empezar.
Batía el trapo contra el brazo de un sillón, daba un paso, volvía sobre él, lo
expurgaba de vuelta y se rendía, empezando a parpadear en mis ojos que no
podían seguirla a la cuenca minera a diez mil kilómetros de distancia, para
ofrecerse a cuidar los burros de los campesinos en domingo y dar gracias por
las monedas con que pagar la función del único cine en veinte pueblos y villas
alrededor. O para trepar a los destartalados camiones que harían la excitante
ruta de los mítines en los cuales lucía la joven.
Mamá se
adelantaba treinta años al Humberto Costantini que miraba por la ventana la
luna mexicana, “chanta”, mentirosa, porque la de verdad no había salido de
Buenos Aires, como él casi justo en el momento en que ella, mi madre, hacía las
maletas para volver a la España sin Franco y ser de nuevo de carne y hueso,
otra vez mitin tras mitin, para con su adolescencia refrescar al maltrecho
partido en en cual se había convertido el suyo... y recibir de tarde en tarde
la visita de los hijos, a quienes veladamente miraba con extrañeza: ¿de dónde
habrán salido?
¿Pero qué tan sí misma era también ella, regresando sin regresar? El país que
había dejado y en el cual anduvo trasterrada mucho más años que en el real,
apenas y se reconocía en el de 1976. Un poco antes Alejo Carpentier discutía el
lugar común nacido entre el boom de la literatura latinoamericana, que rezaba:
marcharse es la mejor manera de ver el lugar de origen. Alguien revisaría luego
la crítica del escritor a través de su serie de artículos La Habana vista por un turista cubano.
El alguien decía de este paseo imaginario: "Los exiliados de Carpentier
habitan un ámbito atemporal -una suerte de estado de suspensión..."
Al
volver, pues, mi madre se movía entre las sepulturas donde habitaba la España
que recreó durante treinta y cinco de sus cincuenta y ocho años de vida, y
entraba en un nuevo limbo, en el cual debía reinventarse. Tal vez también por
eso, y no sólo por el extrañamiento de sus miradas, que a los hijos nos hacía
vacilar sobre el suelo, mis encuentros con ella resultaban en grandes grescas.
Eran de fantasma a fantasma.
Islas 1
“Tenía
veinte años y jamás permitiré que digan que es la edad más hermosa”(4),
leo y levanto la cabeza golpeado por esa primera frase a la entrada de un
libro. Apenas cumplí los dieciocho, el mundo giró ciento ochenta grados desde
cuando a los diecisiete encontré por primera vez el gigantesco jardín en el que
ahora mi mirada se pierde. Un nuevo salto en la nada, pienso sin pensar, como
siempre, aferrado a una especie de presente perfecto cuyo absurdo descubre la
frase?
Y
enseguida, de vuelta sin saberlo:
-Hasta
ayer por la mañana me sentaba a la misma hora en el mismo lugar, el cigarro en
una mano y en la otra el más reciente de la docena y media de volúmenes con el
cual pasear entre calles y seres semifantásticos de tan lejanos. Hoy no hay
fuga posible, sé de alguna vaga, segura manera, luego del par de líneas que
esperaba, creo.
Regreso
la mirada al libro, sospecho el tiempo por venir y no importa ya, a diferencia
del resto de los días, cuánto falta para que Tacho abra la cafetería donde
encontraré a mis torpes iguales. A la espalda la pila de salones de clase una
vez promesa y los jóvenes hombres y mujeres en quienes encontré y no la
realidad desde hace mucho perseguida y me entregué a ellos.
Una cuadra más acá no sería el mismo
Mi
casa estaba al pie de la avenida rematada en la esquina donde no era ya
campo, sino pelea entre los llanos vírgenes, las huertas, los maizales y
la nueva vocación de orillas de la ciudad, presente en el tiradero de
materiales de construcción, la ladrillera, su miserable, hosco
vecindario y la promesa de futuro vacilando en lo alto.
Con
el trajín de los camiones de pasajeros, los siglos a montones del
centro urbano resultaban un eco tanto más lejano cuanto más desaparecían
los lotes baldíos. Para quienes vivían fraccionamiento adentro, eso era
verdad sin tacha y así sin ojos. Para los de la avenida, no. Tras un
premeditado vacío descubríamos un barrio antiguo que se montaba sobre
los restos de un pueblo cuyos orígenes no podían precisarse en el
tiempo. Invitación irresistible, nuestros paseos por allí descubrían con
azoro una calzada de proporciones dos veces mayores que las orondas de
la modernidad.
En
claustro, los amigos de las calles traseras sucumbían al resentimiento
de sus padres por mil ofensas reales o ficticias, que los condenaban a
perpetuar lo más oscuro del país. Los de la avenida enloqueceríamos o
saldríamos corriendo, o ambas cosas.
Sí, me niego a nombrar, a la convocación de los lugares comunes y las clases de historia.
De cunas. 1
No hay locura posible aquí, en mi cuna. De haberla estaría perdido desde el primer golpetazo, caos absoluto.
Nada
en mí, a mí, universo, asombra, se diría si las palabras y sus rosarios
sirvieran para algo más que causar un desastre en el propósito de fijar
lo que no hay modo.
A
diez mil kilómetros, hermano, te pido ayuda. Sólo tú puedes dársela a
mis sesenta y dos años en el escritorio asomados a mi primer mes de
vida.
-Mí, mi, mí -digo moviendo compasivamente la cabeza después de leer, cuando me doy cuenta que el abuelo, B, mira sobre, claro, mi hombro.
-¿Por
qué gastas el tiempo así? -pregunta y se detiene apenado por la
instintiva reacción. Ha sido paciente hasta las lágrimas desde que vino
para ayudarme con el libro sobre él y los suyos, que hoy dejo un momento
para ojear el iniciado hace mucho.
-Perdón -respondo y lo sigo al dar la vuelta, de espaldas contritas, que cavilan.
-Perdón -insisto en silencio y no tiene caso. Cuanto descubre en mí es con razón para él absurdo.
Se sienta, me mira, ya no sabe si sirve, si carece de sentido intentarlo, a más de medio siglo de su muerte. Y mí...
Sin salida
El pestillo, la carretera insoportablemente recta,
la manija, jala de ella. Así me digo lunes con lunes en la mañana temprana.
Ahora es noche y descubro el silencio sin
elocuencia, regodeo de los demonios que conozco desde niño, cuando cierran la
puerta para el privilegio del amo, yo, proclaman, y los trescientos metros
cuadrados son cárcel donde certificar la nada escarbada por el filósofo a quien
rindo culto. Estoy en medio de ella, pienso, y me revuelvo contra la idea.
El vacío viene de fuera y encuentra el mío, sigo y
vuelvo a dudar, atormentado a los veinte años justos como el hombre en la
novela que clama por ellos marchándose lejos de casa, a otro mundo, donde las
referencias se vuelven añicos.
No vivo de palabras y si los cito a ambos es
buscando con desesperación a hombres sin albafeto, que parecieran a mi mano
ahora, al mirar por la ventana, y de día, transcurriendo entre ellos, y que se
me escapan, con sus mujeres e hijos, cuyas hogares a espaldas mías no he visto
siquiera.
No dejo de mirar desde la elegante celda: el patio
de una antigua gran propiedad rural, hace mucho fábrica, y sus sombras, que
suben y bajan a cuentagotas ahora, entre el par de construcciones cuyos obvios,
oscos secretos se niegan a revelárseme.
¡No!, grito en silencio, ¡no soy el filósofo ni el
muchacho del libro entrañable! Yo vine al encuentro de quienes me llaman desde
niño… para topar y no lo mismo que ellos, pues uno halló, se halló, por fin.
En cualquier caso esa nada resulta absurda, sé
bien. Fuera, en el patio y todo más allá lo que hay es exuberancia, y escapa a
mis ojos y mis dedos, a mi humanidad entera, urgido de ella. Por la mañana usé
la autoridad de la cual aseguran me invisten, para ordenar abrieran el
monumental portón. Ahora tendría de una buena vez a los bien amados que entre
los tróciles, las batientes, los telares, me odian por respeto a sí mismos. Los
tendría con el fascinante universo alrededor del campo en sus esencias. Y hubo
sólo sequedad multiplicada y un llano que estruja, viento soplándome con asco y
verdes matas en hileras hasta donde la mirada topa las espaldas de mis montañas
madres, que eso hicieron, volteárseme como si no me conocieran. Pues si el
hombre en la novela viajó miles de kilómetros, el hogar mío está apenas a una
hora de distancia.
Tiempo de caminar 4
(Conste que advertí cuán tan más lerdo era antes al escribir. Y a tal punto punto apretada la vida...)
Se
deshizo (yo en tercera persona) del barullo de sábanas y mantas, anduvo los seis pasos hasta la puerta
y al entrar en la sala topó con el golpe de la calle, certificación del valle
inmenso y la ciudad que lo desbordada, entre los gruesos restos de la noche
sólidamente construida con los días, que era mucho más que las costras de café
en la taza o el altero de colillas. Sin reparar en ella, al cruzarla, en torno
a la mesa vinieron cachos de veladas repetidas: la jactancia de una ficha de dominó
tronando al cerrar inesperadamente, Tal con la mirada puesta quién sabe dónde,
la obsesión de cosas perdidas en el silencio o en el desmayo de las palabras,
la ojeada de él hacia fuera para cerciorarse de que la promesa en la comba
grande de la noche seguía en su sitio. Luego los cojines gritones por
coloridos, tirados sobre la alfombra, y la evidencia de la singularidad del día,
patente en la media docena de cajas de cartón con las tapas por fuera. Hasta la
ventana, que se abrió precipitando la mañana apretada al vidrio, desesperada de
aguardar, para barrer los restos de la víspera, disputándose los huecos hacia donde
resbalaban las rutinas. En el camino de regreso, acumulada en su
memoria o en la del departamento, la música que los acompañaba maniáticamente: un
muchacho indagando la desolación y el vértigo con sus juegos de palabras en
otro idioma, las diestras guitarras y la voz profunda del hombre vestido de
negro, al modo de los campesinos en domingo de un lugar distinto y próximo, o
en un punto preciso las rabietas y la desolación del piano del negro niño un
par de años atrás, entre los cuales Ella, sentada en un pozo de sombra, se
balanceaba todavía en el placer de entregarse al fin al jolgorio de criaturas
contrahechas, traviesas, gozosas, malintencionadas, que le habían hecho gestos
desde niña y que tal vez no eran sino la promesa o el camino, de veras, a la
zotehuela donde los tiestos y los canarios y las gallinas y la abuela que los
criaba.
Entonces la cocina, su ventana más bien
intrascendente, sus chucherías, y en la tarja, igual que en un cuadro donde
todo lo demás resultaba trasfondo, el vaso pringoso con su pozo de leche con
chocolate, en la cual el hombre veía la figurita dulce y de dejo solitario del
hijo atravesando la puerta de espaldas en la luz temprana de unas horas antes,
de su mano rumbo a la escuela.
Él y solo él, en verdad. Ese niño sin quien habría mero caos.
Andar
El carrín, según se dice en
estos lugares a diez mil kilómetros de nuestra ciudad, es de Encarna, la
entrañable peluquera. Lo maneja su adorado Marcelo, minero que se hizo mil usos
de la albañilería, y en los asientos traseros voy con el Roxu, pequeño y
rubicundo, cuyo brazo izquierdo vacila en el recuerdo o la imaginación desde la
voladura de una pared rocosa en los pozos de hulla que a los catorce
años el abuelo hizo su hogar.
Subiendo
las montañas una
penosa curva tras otra el motor tose justo como un minero silicoso, y la
densa niebla alrededor contra los grises macizos de los Picos de
Europa es melancólica dulzura transmitida por los ojos y comentarios del
Roxu.
-Qué hermoso ye estu –dice en
la tierna habla regional, donde por contraste todo es a tajos, a palabras
gruesas, en un volumen brutal para oídos de extraños, Ohsis.
Vamos tras el rastro de
Belarmo, un poco contra mi voluntad pues tengo la cabeza llena de historias
sobre los del llano y del monte, sucedidas tras la marcha de él.
Kilómetros atrás pasamos el
pueblo de José Mata y Pepe Llagos. Al primero lo busqué antes de venir aquí.
Vive en otro país, jubilado por la mina donde trabajo desde 1948, fecha de su
rocambolesca fuga con un centenar de socialistas de ambos sexos, que el abuelo
contribuyó a organizar. Allí me contó la historia de los fugaos; de
quienes por miles se echaron a las montañas para escapar a las siniestras
columnas que tomaban ese último bastión de la defensa de un sueño.
Todo dijo a la grabadora por la
confianza en mi familia, y mucho pidió callar pues las heridas no cerrarían
jamás.
Luego encontré a Llagos en la
aldea de la cual no salió. Tenía dieciséis años cuando la derrota y la
escuetísima experiencia política no le impidió encargarse de lo que nadie más
podía: los restos de su organización política en la cuenca del río cuyo curso
seguimos ahora. Pasarán tres décadas para que conozca a un hombre más roto que
él, el de La piedra, de quien hablaré después.
-0-
Él, el padre de ustedes,
nietos, que nació año y medio atrás, quedó en la ciudad frente al mar adonde
llegamos hace poco. Quedó con Ella, quien está y no, pues de exilio cuanto
hay en el cuaderno, el suyo inició sin saberlo.
Trópicos
La ciudad muere pronto sobre la única mancha
vegetal en cien kilómetros a la redonda de desierto, y al saludar el fin del
malecón el sol no es el criminal que debiera, gracias a la brisa engrosada por
las gotas de la rompiente.Los pájaros se agotan también, sin faltar las
gaviotas y los pelicanos que no encuentran nada por aquí, donde nace el reino
de los zopitoles.
Voy a solas pensando en los paseos con P al cerro
ante mí, en busca de piedras presuntamente raras. En él remata la pequeña
sierra que sigue la carretera, capricho del terco golpeteo del mar atemperado
por la bahía baja, en cuya playa las ballenas y los cachalotes suelen vararse
al perder el rumbo del canal.
Hace cuatro o cinco años papá vino a trabajar aquí,
a mil kilómetros de casa, donde para mi lujo paso cuanta vacación señala el
calendario escolar. La tercera planta del hotel que el hombre se empeñó en
construir contra la voluntad de los dueños, quedará para siempre sin terminar,
según parece, y la pandilla anda a sus anchas por ella, como por los
tamarindos, de rama en rama, uno tras otro, o el filón de arena en el que nadie
se baña de tanta restinga y tanta áspera piedra. O por el muelle donde contra
un pilote la Mariana recibe a los marinos urgidos, Cinco pesitos, güerito, y el
que sigue, con sus carnes entradas en años, ajada y simpática, de negro entre
los calores, encendido rubor en la mejillas, el sombrerito hace tiempo pasado
de moda rematando en fresca flor. O la boca esa de mar entera, incluida la
corriente refluyendo justo en el canal trampa de los animalotes cuya agonía
decimos disfrutar sobre sus lomos.
Un par de veces estuve a punto de morir allí, al
borde del estolón frente a la ciudad-pueblo, en los paseos que dábamos en las
planchas, como llamaban a las navecitas lisas con un par de remos.
-¡No, no pelees con ella!, ¡córtala! -gritaban los
amigos o los hermanos, refiriéndose a la corriente, y yo creía hacerlo pero
cada brazada, hacia la plancha o las rocas, cuanto más empeñosa, más me
alejaba, obligando a que vinieran en mi salvación.
Cincuenta
años después me preguntó por qué emprendo
entonces la aventura de la carretera a solas, o crío a ocultas mi rancho
de
caracoles, o me escurro para las pesquerías.La pregunta es ociosa,
claro, y
completo los seis kilómetros y medio de cómicos, a ratos enternecedores
saltos
de las olas, hasta la playa que se anima nada más durante los fines de
semana y así hoy y muchos días estará sólo para mí y para los pulpos,
cardúmenes de infinitesimales criaturas, y demás, susto y gozo al
hundirme por horas en ese otro mundo.
Qué torpeza mirar así, desde el futuro hacia el que
entonces los días se fugan, cuando nunca lo hicieron. Uno a uno eran y sin
destino, innecesario, insensato. Presente el mundo, reducido al cielo bajo de
las raídas nubes a la mano y el azul gritón a fuerza de acaparar la vida cuya
única motivo era aquélla inmensidad misterio puro, engrosando el aire con sus
vapores, emborrachándolo todo: la espesura entre las ramas de los tamarindos,
de por sí briagos por el aroma de los frutos, sudor de tierra agria; los
hormigueros que no se daban abasto de tanta jugosa hoja; el tropezar un paso
tras otro de los caracoles en su terror a la arena; nosotros, deseo
descorchado, comiéndose la cola.
Fotografía
Tenía
una eterna pregunta hecha fotografía: un sonriente pequeño de tres años
está a horcajadas sobre el hermano de diez, que melancólico ve a cámara. Pasaron
años y la imagen se respondió diciendo: Cuánto diera porque pudieran
levantarse hacia la calle tomados de la mano, dejando para siempre atrás
nuestro brutal peso muerto.
Son
Él y el Nuevo al poco del departamento donde el segundo no está cuando para librarnos
del pasado preparo la marcha con el primero.
Confundo
los sujetos, nietos. Virtuoso error que buscando a dos involucra a otros cuatro
cuya existencia quisiera negar.
En
todo caso, finalmente queda el par de niños levantándose rumbo a la calle para
emprender solos su viaje.
La otra gran guerra
La
hora comenzó a agitarse a un paso de que iniciara el primer discordante abrir y
cerrar de puertas, y me dije que enseguida
la tierra temblaría, se abrirían grietas en el cielo, todo al borde del
derrumbe mientras ellas corrían escaleras abajo con las cabezas ardiendo. No
sólo en el estilo precipitado aquél, sino en cualquier otro, se dijo, las
palabras eran así y una vez desatadas podían llegar tan lejos como quisieran,
creando realidades que no se sabía cuánto atinaban. En ese momento se empeñaban
en que aquel conjunto de madres lo que perdía, con su hora, era el tiempo de
volverse sobre una presumida, única herencia de sensualidad hecha mandatos y
rebeliones y deseo puro, que hacía un rato habría dejado escuchar la pelea de la
portera con las ansias de un hombre y un camastro, o que se traduciría en los
jugueteos de la vecina del costado subiendo de tono para devorar la pequeña,
indefensa humanidad del niño, que continuaría con su educación sobre el placer
de la víctima.
-0-
Hay dos grandes guerras, creo. Una entre Estados y clases. A la otra, no menos cruenta, le llamo El diario asesinato del deseo. En ella todos y todas cavamos tumbas en otros y otras. Fue ordenada por las civilizaciones, no importa donde se desarrollaran, y encuentra en niñas y niños a sus primeras víctimas, a quienes castra y fagocita para sobrevivir. A continuación vienen las mujeres, como bien sabemos.
El personaje que represento aquí, pareciera tener consciencia de ello desde muy pequeño. Esa sería su mayor característica, asociada a una segunda, contradictoria, resumida así:
PARA MORIR IGUALES
No sé cómo organizar las viñetas
con ése título, Ohsis. Al principio pensé que debería empezar así:
No importa por donde vayamos nos acompaña la
fotografía de un muchacho. Tiene dieciocho años, la piel mulata parece de
aceite, los cabellos se le ensortijan y los brillantes ojos negros sonríen. Al poco de recordar esta estampa que presidía el hogar de Mario el Jarocho, fui citado por La Corte de Medianoche(1). Igualitito
que en la obra cumbre del último gran poeta en lengua irlandesa, duermo
plácidamente y el reclamo de una metálica voz me despierta: -"¡Eh, tu, vago, ¿qué haces ahí cuando la más digna corte jamás reunida espera para juzgarte." Claro,
no estoy en el lomo de un río, a la manera del campesino en el poema,
sino sobre la cama, y no es una monstruosa mujer de mirada sangriente
quien amonesta, sino El Grillo, metro sesenta de altura, pecho echado pa
lante y ojos de capulín. -¡Comadre! -le digo harto contento de verlo luego de casi cuarenta años. -No te hagas baboso y jálale. -¿Y ora? -Que nos juntamos pa darte con todo. -¿A mí? -alcanzó a preguntar antes de que como en un sueño aparezcamos en un castillo cuyas troneras echan humo de fábrica. Frente
a nosotros el abuelo, Filiberto, uno de las muchachas que no murió en
1524, Bryan O´ Donnel, Artemio, la niña que perdió una pierna en un
bombardeo, Felícitas, Malena, el propio Jarocho, en gigantescas
representaciones se sentaban a una mesa en lo alto. En la multitud alrededor había muchos rostros conocidos y el resto tenía un impreciso aire familiar. Acostumbrado
a los escenarios con miles de protagonistas, el abuelo no necesitó
forzar la voz para que se escuchara a través del eco profundo en el
fantástico lugar. -Mira
-dijo extendiendo la mano en un movimiento circular. -Te nos dimos, tan
diversos en tiempo y espacio y tan íntimos como deseabas. Y has
traicionado nuestra confianza.
Prometo cumplir la
tarea y recuerdo a Domingo embobándose con los recuerdos de una bronca toma de
predios, para que de pronto, sin venir a cuento, pensaría uno, los ojos se le
fueran quién sabe a dónde y decir:
-Todo fue por mi papá, que vendía pájaros en el
mercado y no tenía un centavo y andaba cante y cante.
-0-
Cuanto hay aquí es a
viñetas que saltan por el tiempo y el espacio, haciendo malabares para no
perderse. Tratan de pueblos que se duelen y luchan. ¿En verdad pueden
reconocerse entre sí los protagonistas, como un ente común?
A mi abuelo y los
suyos, por ejemplo, los vemos de fines del siglo XIX a los los años 1950 en
Asturias, al norte de España, y el Santo Lugar, como llamo a Ecatepec,
municipio conurbado de la ciudad de México, para nosotros aparece en la década
de 1970.
¿Y los irlandeses
del imaginario Bryan O´Donnell transcurriendo por cientos de años hasta 1848,
cuando el rastro de él se pierde al sur del Río Bravo? ¿Y Madre Primera, el
Niño de Piedra y los otros divinos portentos del universo indígena de Norteamérica,
hoy casi pura memoria? ¿Cómo se relacionan con los esclavos del África negra y
los exilados alemanes, judíos de la Europa toda, guatemaltecos, argentinos y
demás, de los mil novecientos?
De cómo los malditos pagan su culpa
En
el Santo Lugar, nietos, había historias de los que llegaban y también
de quienes se iban, si bien éstos eran rarísimos. Recordemos dos muy
ilustrativas. Una la protagonizó nuestro conocido Sabio analfabeta. En la otra les presento a Guadalupe el Güitas. La de llegada es de Nabor. Chamaco, quedó
huérfano y en el pueblo un tipo aprovechó para traerlo de encargo. No pasaba
día sin que encontrara la manera de burlarse de él. Hasta pasar la
raya. De única herencia Nabor tenía una burra a quien cuidaba como si fuera su hija. Se le ensarnó y la llevó junto al río a darle una
friega que le recomendaron. El animal terminaba de secarse al sol cuando se acercó el malhora. Con aire de inocencia preguntó
qué pasaba. Nuestro compañero le contó y él dio una receta infalible: -Úntala con gasolina y préndele fuego. Nabor
era ingenuo pero no tanto y cansado de
que le tomaran el pelo, agarró el cántaro más grande a la vista y
amenazó lanzarlo. Con mal disimulada sorna el hombre fingió terror
mientras pedía continuar el consejo, que no terminaba, claro, en la
primera, bárbara parte: -¡Cómo crees, si ya sé que así la burra se te
muere! No, la cosa es que antes la pongas a la orilla del agua y, cuando salga
la lumbre, la avientes. -Ah –dijo quien estaba a punto de convertirse en
obrero, y se dio a la labor. Ya que su única propiedad se echó a correr,
ardiendo, despavorida, rumbo a la muerte, y el tipo soltó la carcajada, Nabor
aprendió muchas cosas y decidió una: usar el cántaro. Tenía al otro
semiagachado, de espaldas, y se lo dejó caer en la cabeza. Ni volteó a mirar el resultado. Cogió rumbo a la
carretera y con lo puesto subió al primer autobús que pasaba. Así de “accidental” había sido la decisión de
venirse a la ciudad de México, donde luego de una noche al amparo de una obra
en construcción en la Raza, un albañil le recomendó buscar trabajo en Ecatepec. Igualmente “azarosa” resultó la historia del
Güitas para desaparecer. Después de lo del dedo fue de viaje a su pueblo,
como él mismo y otros hacían de vez en vez. En su caso yo imaginaba que el
motivo era agarrar fuerza donde estaban sus recuerdos y se lo respetaba, para
continuar la vida de la ciudad y sus alrededores, en los que una persona podía
andar kilómetros sin que nada ni nadie lo reconociera, convertido en paisaje,
digamos. Si bien él no acostumbraba a perderse en ese
anonimato, y salía muy poco de las dos docenas de manzanas en torno a su casa
en la San Miguel, que eran una especie de extensión de sus rumbos en Zacatecas.
Pero no había fábrica en la que hiciera huesos viejos y se incorporara de lleno
a las cofradías de los compañeros de trabajo. Para nosotros eso tenía la virtud
de ir dejando la semilla del descontento en muchos lados, cuyos frutos a ratos
recogíamos luego. No nos dábamos cuenta de que a pesar de lo
seguido que hablábamos con él de cosas personales, fuera de Fidel, la Lombriz y
sus demás paisanos, lo entendíamos muy poco. Se fue de paseo al pueblo, pues, y a los quince
días recibimos la noticia: -Mató a dos. Se intuía la violencia contenida en Guadalupe,
¿pero matar a alguien? ¿Dónde quedaba su esencial nobleza y el espíritu de
justicia que no nos inventábamos había en él? ¿Dónde? Precisamente en los
pormenores del suceso. Corría el dinero fácil en el pueblo, cuando el
tráfico de drogas resultaba cuestión de niños comparado con el de después, pero
dejaba ya buenos dividendos. Eso hacía que todas las semanas hubiera juegos de
naipes con montes que daban para vivir por meses a una familia. Los organizaba
el par de narcos de la región. Con ellos echó unas manos el Güitas. Al
terminar, hasta el último peso sobre la mesa estaba del lado de él. Los malos,
que lo eran de veras, sacaron las pistolas, y obligarlo a dejar la cosecha de
horas de batallar contra sus trucos, les dio ocasión para cobrarse lo que
realmente les dolía, y no el dinero, que podían reponer en un santiamén: el
orgullo sobajado. De modo que, a la vista de los que habían abarrotado la
cantina tras los rumores rápidamente esparcidos, se divirtieron de lo lindo
humillando al de la San Miguel. Fiel a los mismos principios de cuando armaba
borlote en la fábrica, por un maltrato a su persona o a la de sus compañeros,
Guadalupe fue a su casa y tomó el rifle. Con la paciencia y el olfato del buen
cazador que había sido desde niño, se apostó en un árbol sobre el camino que
los tipos debían recorrer. Nunca más, hasta hoy, volvimos a verlo. Que
estaba vivo se sabía por los chismes. Quiera Dios así siga y lea esto.
Pueblo sombra
En
el ancestral universo secreto del pueblo y dentro de la revolución que
para 1890 está en curso, van nuevos modos de pensar, lenguajes,
actitudes, geografías que el poder político y económico no descifra y
que a veces no advierte siquiera. Es ese universo el que da sentido al
abuelo Belarmino, quien se moverá por sus vericuetos como muy pocos, en
uso de las virtudes y ventajas del pueblo oculto, surgiendo desde la
nada exclusivamente si necesita, para mejor tomar de sorpresa a sus
enemigos.
Pueblo
sombra, pues, tanto más cazador furtivo cuanto más se lo cree incapaz
de algo distinto a tenderse en el prado pensando en la inmortalidad del
cangrejo. Del don de hacerse fantasma Belarmo se apropia apenas nace,
hasta convertirse en uno de los grandes expertos de su provincia en el
tema. Miles de días hace el viaje entre su pueblo y Gijón, y miles
también recorre el puerto al modo de esa forma de simple paisaje que las
probas familias ven en las de pescadores, alarifes, asalariados de las
fábricas. Entonces una tarde en Lavandera su padre, Sandalio, se hace
de palabras con un peón de las vías del ferrocarril, ambos se lían a
golpes y Sandalio lleva las de perder hasta que el otro da en tierra
repentinamente. Al caer queda a la vista el futuro Belarmo con la más
grande piedra que le permiten coger sus nueve o diez años de edad, con
la cual tundió al insolente.
Y
es que el guaje, el niño, tiene ya aprendido de sobra el arte de la
transfiguración. Bien lo sabrá la autoridad cuando tras la huelga
general en 1917 lo busque sin éxito en la suerte de trampa que parece la
cuenca minera gran escenario de su historia.
Santa Utopía
De
plúmbago, sin amenazas, las nubes casi al alcance de la mano corren
rápidas en el día que suda sobre el caserío, donde la sal de mar hace
cuatro siglos estampa su huella. Por la vía del tren, entre un millar de
paisanos en alharaca, dos costeñas maduras, firmes, desparpajadas, se
regodean en los gritos:
-¡Huevo
de gallina, no de granja! ¡En Espinal hay hombres, no chingaderas!
-refiriéndose al hombre pequeñito, de voz aflautada que acaba de salir
de prisión y encabeza la marcha: Demetrio Vallejo. Es el sábado 12 de
mayo de 1972 y cuantos hay allí llevan un mucho acunadas y otro mucho a
cuestas dos o tres décadas de trabajos por Utopia, que no está en el
santoral ni tiene altares en la Iglesia de Salinas Cruz, cuya torre
domina la vista, ni en ninguna más del Istmo de Tehuantepec, del resto
del estado de Oaxaca o donde sea en el México de tercos rezos por ella
apenas Hernán Cortés terminó su obra. A comienzos de 1959 ese par de
mujeres sin duda estaba entre quienes defendían del ejército el local
del sindicato ferrocarrilero, cabeza del gran esfuerzo de trabajadores y
trabajadoras por deshacerse del monstruoso aparato corporativo
construido para ellos. - 0 - Una mañana de otoño de 2009, en
Saltillo comparto un cuarto de hotel con Alfredo Domínguez, un antiguo
trabajador de la metalmecánica que lleva medio siglo organizando luchas
sindicales y a quien conocí en los tiempos de aquélla marcha
ferrocarrilera. Sin duda sabe cuánto lo respeto y mientras nos vestimos
vuelvo a dar gracias por la oportunidad de estar de nuevo con él y su
gente. Le hablo del desbordado optimismo que vino el día anterior en
la conmemoración de treinta y cinco años de la ejemplar lucha de
CINSA-CIFUNSA en esta ciudad, y de las charlas con Nelly Herrera, con
María, su hermana y la hermana de Isaías. -Almirante -le digo-, esas mujeres parecen cristianas primitivas. Ni su abuela las detendrá jamás en la búsqueda de la utopía. Sonríe de esa especial, como misteriosa manera qué tiene, y suelta una de sus geniales frases: -Llegará un día en que los cristianos se coman a los leones.
Erin Los dientes que ves aquí, sobre el anciano esqueleto, una vez mascaron nueces amarillas y devoraron el pernil de un toro Es Oisin, gran dios guerrero celta, el
que se lamenta en voz de un temprano poeta cristiano invadido por la
melancolía. Como eso parece ser Irlanda: altiva, desgraciada,
nostálgica. Parece, nietos, pues un pueblo no puede dibujarse de un
trazo, ni de cientos, quizás. “Gloriosa, piadosa, inmortal memoria irlandesa”, dice un gran escritor, y otros: “Nuestro innato conservadurismo..."
“Una misteriosa unidad espiritual, una homogénea identidad marca a este
pueblo hoy como hace dos mil años.” “La tradición irlandesa puede
compararse con el fluir de un río. Cuerpos extraños pueden caer en él o
pasar por él, pero no desvían el curso del río.” “De hecho, el problema
con Irlanda es que una tradición, una vez echada a andar, jamás se
detiene.” Y es que “el irlandés, como Orféo, siempre mira hacia atrás”. Nuestro cuaderno a ratos es azaroso, S
y E, y si algunas historias le nacieron de dentro, otras las encontró
en el camino. Con Erin, como llaman a esta isla, vinimos a dar por Brian
O´Donnell y sus compañeros, a quienes los libros tratan de las más
estúpidas maneras. Fue una gran sorpresa y no cometeré el gravísimo
error de creer penetrar en ella. Andamos a saltos por dos mil años para detenernos en el momento que Brian y los demás nos piden. Allí donde ningún soldado de Roma posó
el pie y las invasiones germanas no se acercaron, pervive el mundo
celta que marcó al occidente europeo en la antigüedad, dicen. Un mundo
celta que con la decisión del imperio romano de abrazar la Iglesia de
Jesús, en el resto del subcontinente se vio obligado a desaparecer o a
esconderse dentro o fuera de la nueva fe. El mundo celta: “pueblo de clanes y de
asambleas”; “una conciencia aguda de un universo lleno de hadas,
trasgos y duendes”, de mitológicos personajes que en la isla como a la
deriva, en el extremo donde Europa empezaba a confundirse con el océano
de incógnitas y fantásticas manifestaciones, tenían tiempo para madurar,
aunque fuera en el recuerdo. Porque el evangelio no llegaba a estas
tierras en las órdenes del emperador, en manos de obispos, con bautizos
forzados y al amparo de espadas deseosas de cortar cabezas, sino a
través de la palabra de monjes como el después santo Patricio, que
encontraban en el país el paraíso de sus sueños ermitaños: Puedo tomar mi fruta de un manzano, como en una posada, o llenar la mano donde los avellanos se cierran sobre mí. Un pozo claro me ofrece lo mejor para beber y en la orilla una plácida cama de berros se me tiende Dicen, aclaremos a cada paso. Que son
sueños nacidos de la vida tribal, entre los bosques, deambulando por los
montes con los animales, para hacer de Irlanda una extravagancia a la
cual un Papa medieval trataba de someter calificándola de “diabólica”.
Antes de que literalmente todo se lo lleve el diablo, trescientos años
antes de que nacieran nuestros amigos, católicos
como más de tres cuartas partes de los habitantes de una Irlanda donde
la religión tiene un significado étnico e histórico preciso. Al abandonar la isla, O´Donnell es uno
de los cuatro millones de miserables cuyas figuras reparten por el
mundo los relatos de desgracias contemporáneas. Por pantalón un fustán
zurcido cien veces en las rodillas y en las nalgas, perdido más de un
botón, que se deshilacha. Cubriendo el pecho un inmundo, picoteado jirón
negro de lana, que la chaqueta corta, heredada de padres a hijos,
protege como puede. En la cabeza un gorro de fieltro acompañándolo hasta
en el sueño, y en los pies, una de cada dos veces, nada. Los extraños llevan siglos
calificándolos de “supersticiosos”, “borrachos”, “ladrones”, “brutos”,
“víboras”, “degenerados”, “salvajes”, “caníbales”. En 1845 entre quienes los gobiernan o
visitan es frecuente encontrar comentarios como estos: “Algunos
historiadores dicen que son muy afectuosos con sus hijos, pero no es
fácil descubrir en qué consiste esa ternura, porque su comida no es
mucho mejor que la que le dan a los cerdos.” “Aquí la suciedad es la
perfección de la pobreza, y su gran causa, la holgazanería.” Menos que humanos, pues, condenados
por su naturaleza a un tristísimo futuro, conforme concluyó hace rato un
caballero inglés: “El carácter voluble de los irlandeses se opone a que
tengan jamás instituciones libres. El irlandés pertenece a una raza
inferior”. Por más desprecio que Francia,
Inglaterra y el resto de la Europa feliz sientan por sus vecinos pobres
–balcánicos, griegos…- esta manera de calificar a los habitantes
naturales de la vieja Erin no se aplica a ningún otro pueblo del
continente. Con ellos el tono se parece mucho al empleado con los
hombres y mujeres del África negra o del sureste asiático, o con “una
banda de salvajes americanos”, según observó viajero. Y no es casual, no
es casual en absoluto, conforme nos dirá otro cuaderno, Ohsis.
El principio
Para
mí todo empieza por los abuelos y padres que debieron abandonar sus
tierras. Y por quienes quedaron allí y conocí más tarde. Ellos me
hicieron escribir: Enfermeras
y enfermeros de un psiquiátrico, agentes o testigos de un festín del poder
convertido en deseo, luego asesinados como adelanto de miles de
ajusticiamientos a cielo abierto y fosas comunes; juicios sumarios,
campos de trabajo, palacios reconvertidos a base de horcas, sillas eléctricas y
látigos con clavos en las puntas; padres amenazados con la muerte cumplida de
un hijo para que otro, fugado, abandonase su escondite, o colgados de propia
mano como único camino para escapar de la terrible elección; mujeres rotas sin
remedio, que no sabían si algo más podía perderse en el periplo inútil de
evitar el fusilamiento del marido; damas en fiestas populares riendo al obligar
a cantar a la joven que esperaba para enterrar un cadáver producto del justo
castigo ordenado a un juez por el divino verbo; hogueras de libros, ojos
espiando por las rendijas de todas las horas.
No en balde al inicio de los 1950 Blas de Otero decía: "Aquí
teneís, en canto y alma, al hombre
"aquel que amó, vivió, murió por dentro
"y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos (…)
"olas de sangre contra el pecho, enormes
"olas de odio, ved, por todo el cuerpo."
Y Dámaso Alonso, que permaneció también en el país
tras la caída de la
República: “Hemos vuelto los ojos en torno y nos hemos
sentido como una monstruosa, una indescifrable apariencia, rodeada, sitiada por
otras apariencias, tan incomprensibles, tan feroces, quizás tan desgraciadas
como nosotros mismos (...) o nos hemos visto entre millones de cadáveres
vivientes, pudriéndonos todos (…) Y hemos gemido largamente en la noche. Y no
sabíamos a dónde vocear.”
SIGUE, POR SUPUESTO. MIENTRAS, EL ADELANTO DE:
RED DE AGUJEROS
A
pie por el camino mi compadre Agustín y yo no nos cansamos de dar
gracias a la fragancia de la hierba alta, jugosa, en la que pareciera no
caber un tallo más, y a sus verdes suaves por el sol, siempre padre y
aquí en un papel distinto a los muchos que decidió y no hacer en nuestro
gigantón urbano. Padre sol y madre tierra, sabemos ahora, envueltos por
ella y su prodigalidad. ¿O los géneros deben intercambiarse entre
ellos, pienso recordando una milenaria leyenda de las naciones muy al
norte de estos lugares, donde la luna, por ejemplo, era la tea de un
celoso amante?
Deberíamos
preguntar a los campesinos y campesinas que rinden el diario culto a
las prodigiosas matas alrededor, divinos regalos entregados casi cinco
siglos atrás a sus conquistadores, y se nos hurtan a la mirada por sus
ocupaciones o deliberadamente, como el pueblo sombra que se me descubrió
una mañana en una colonia de posesionarios y luego gracias al abuelo.
Todo
enamora a nuestros ojos de ciudad: el contraste entre la vegetación y
el rabiar azul del cielo, la franja arcillosa que serpentea frente a
nosotros, el apenas perceptible reptar o trepar de pequeñísimos seres y
esa terca soledad aparente que a lo repentino se viene abajo.
“-¡Bájense todos, hijos de la chingada!" –grita a los ochenta hombres en un camión de redilas “un señor grandote” que carga “un radio” -Bótense al suelo porque se van a morir.”
Ya está: el compadre y yo llegamos al momento que nos trajo hasta aquí.
Aguas
Blancas se llama en paraje y no habría razón para la presencia de tal
número policías apostados entre la maleza y tras sus camionetas, de no
ser el castigo ejemplar que se aplica a miembros de la Organización
Campesina del Sur.
“-Nos espantamos, pero yo no creía que nos iban a matar -–contará luego uno de ellos. Y otros:
“-Sentí que nos estaban cazando....
“-...me tiré al suelo... Oía los quejidos de las personas que estaban matando...
“-Me sentí mal al ver como nos habían trozado aquí de la cintura al compañero.
“-Cuando
estaba ahí debajo del camión, pues yo sentía algo caliente que me caía
aquí arriba, así, pero yo no creía de que fuera sangre. Y cuando ya nos
sacaron de ahí ya vi que había muchos más regados así, alrededor del
camión y adentro también.” (1)
Las
con justicia llamadas fuerzas del orden dan el tiro de gracia a los
diecisiete caídos, y la cámara de video que llevan corta mientras
recomponen el escenario: los machetes de los campesinos asesinados se retiran para colocar rifles y pistolas en sus manos o cerca de ellas.
-0-
El título del cuaderno tardó en recordarun
poema escrito recién terminada la conquista de estos y otros pueblos
por hombres que de la noche a la mañana surgieron de la nada: “Y nos
dejaban por herencia una red de agujeros”(2).
-0-
¿Por
qué inicio allí el acercamiento a la historia de estas tierras cuya
transformación en México no parecía todavía completada cuando yo crecía,
durante los añós 1950? Cierto, había quien le llamaban así dos siglos
atrás y en 1624 quizás puede encontrarse esa intención entre otros.
Si
el nombre quedó fijado con la guerra de Independencia, que 1821 vio
culminar malamente, "nuestra" posrevolución tenía aún por reto
desarrollar bien a bien su Estado y una identidad aunada a él.
Suave patria
Si
el nombre quedó fijado con la guerra de Independencia, que 1821 vio
culminar malamente, "nuestra" posrevolución tenía aún por reto
desarrollar bien a bien su Estado y una identidad aunada a él.
Suave patria
se titulaba la poesía que ganó entonces el certamen convocado para
ello. El autor pasaba los días en un parque por donde los ejércitos
revolucionarios atrevesaron de largo y conocía casi nada de los lugares
recreados allí. Un émulo suyo ocasional, digamos,pues
trabajaba sobre todo en prensa y radio, también como publicista, en
1940 desnudaría el empeño nacionalista con versos luego obligados en las
escuelas:
"México, creo en ti,/ como en el vértice de un juramento (...) México, creo en ti,/ Sin que te represente en una forma/ Porque te llevo dentro, sin que sepa/ Lo que tú eres en mí; pero presiento/ Que mucho te pareces a mi alma/ Que sé que existe pero no la veo (...) México, creo en ti, porque si no creyera..."
Puedo
seguir documentando este tesonero empeño hasta 1959, al menos, fecha en
la cual publicaron el primer "libro de texto gratuito", que se volvería
ley rehecho cada tanto para muy diversas materias.
-¿Por
qué hablas de los popolucas? -preguntó desesperado un amigo al leer
trescientas cuartillas que gracias a él se publicarían. Y pudo seguirse
con ocho etnias "veracruzanas" en que me detenía siguiendo a viajeros
contemporáneos a la intervención estadounidense, cuyo cumplido objetivo
fue llevarse dos millones de kilómetros cuadrados, herencia novohispana
al país en ciernes.
Ilustraba
con ellos la desesperación de los liberales mexicanos al comentar el
hecho apenas terminó: no había un entramado social, político, económico,
cultural, que sustentara a una nación.
"De hermosas contradicciones adornada"
“Apenas hay paisaje virgen en México –dice un antropólogo-.
Siempre se encuentran los rastros del quehacer humano, de su antiguo transitar
por estas tierras. En todas partes, una vegetación largamente transformada por
la mano y la inteligencia del hombre, un paisaje muchas veces inventado. Aquí,
toda la geografía tiene nombre. Y lo que tiene nombre, tiene significado.”
Un México Profundo, como él lo llama, que es el
substrato del país y está por donde se mire. Está en las prácticas
agrícolas con su sistema de asociación de cultivos, de terrazas y chinampas. En
la alimentación sustentada en los numerosos tipos de maíces, frijoles, chiles,
jitomates o calabazas. En una estupenda colección de frutas y en las
verdolagadas, huauzontles o cualquiera de la larga serie de plantas
silvestres que complementan la dieta de las más pobres a las más altas casas; en
la medicina, que sigue apelando a la herbolaria que asombró a los
europeos. En la artesanía y la arquitectura religiosa y muchas cosas más,
empezando por los hombres, quienes en el país de 1847 siguen siendo en sus tres
quintas partes indígenas reconocidos por la lengua y la forma de tenencia
de sus propiedades, y en casi la totalidad del resto, mestizos marcados
profundamente por la herencia de los pueblos originarios. Las abundantes rebeliones campesinas de la época
son manifestaciones de este México, con las cuales los pueblos se afirman en
una identidad reconstruida después de la conquista. Una identidad imposible,
podría pensarse, después del Apocalipsis que significó la llegada de los
españoles.“Esta es la cara del Katún, del Trece Ahau: se
quebrará el rostro del sol. Caerá rompiéndose sobre los dioses de ahora”, dice
el Chilam Balam de los mayas. “¡Castrar al sol!, esto es lo que han venido a
hacer los extranjeros”, advierte un poema mexica, y otro: “¡Déjennos pues ya
morir, déjennos ya perecer, puesto que ya nuestros dioses han muerto!”
Un
historiador se asoma al significado de esta caída de los dioses que desquicia
el orden universal. El tiempo se vuelve loco, en palabras del propio libro de
los mayas, y se produce un “cataclismo total”. De arriba abajo el mundo de los
pueblos de Mesoamérica estalla, comenzando por su sistema calendárico que al destruirse
contribuye quizá como ninguna otra cosa a acentuar “en los vencidos la
sensación de orfandad”, de orfandad absoluta. Porque en él se “articulaba el
tiempo con el espacio, y a ambos con el acontecer terreno, con la vida y el
destino de los hombres”, cuyos actos, uno a uno, así “los relacionaba con el
equilibrio cósmico y con las fuerzas divinas que los gobernaban”. Los indios,
arrojados “a un espacio y un tiempo sin sustento”, perdían pues “el hilo de
fuerza que hasta entonces conectaba el pasado en el presente y proyectaba a su
vez el presente en el futuro”.
Así
de
total, de sin retorno, era el fin de un complejo universo construido
durante miles de años. Sin embargo, asegura el historiador, desde muy
temprano los
mesoamericanos intentaron rehacer un discurso histórico que ahora
necesariamente tenía en su centro el arribo de los españoles. Eso era, a
final
de cuentas, el Chilam Balam mantenido en secreto hasta este siglo XIX:
un
esfuerzo por preservar y transmitir el pasado, que otros imitaron con
“sistemas
ocultos, subterráneos, a menudo disfrazados por ropajes cristianos, o
herméticamente encerrados en el idioma y las prácticas secretas de
pueblos
reacios al contacto con los europeos”.
Fragmentándose y recomponiéndose entre nuevos
pequeños cataclismos, las comunidades se recontaron en una “mezcla de
tradiciones indígenas y españolas que sin tener la coherencia de los antiguos
anales históricos, era un vehículo poderoso para mantener la coherencia de los
pueblos”. Una de ellas, según varios estudiosos, pareciera servir como
el único gran elemento de cohesión para los habitantes del México de 1847. Un siglo tras la conquista, cuando la
población indígena llega a su punto más bajo, los descendientes de Cortés
se deciden a darse un sentido de pertenencia. Debe ser un sentido de
pertenencia que no dependa de deudas con España, y así, reinventándola,
hacen suya la antigüedad mesoamericana o más bien propiamente azteca y buscan
señales de la presencia del Señor en estas tierras o de su designio sobre
ellas, anteriores a la llegada de don Hernán. Como la factible venida de Santo
Tomas en la forma de un recompuesto Quetzatcoatl. Nada en este propósito se acerca al culto a la virgen de Guadalupe, a la
cual sor Juana Inés de la Cruz parecerá entender de una conmovedora manera:
"De hermosas contradicciones
sube hoy la Reina adornada:
muy vestida para pobre,
para desnuda, muy franca...
Del Cielo y tierra extranjera,
en ambas partes la extrañan:
muy mujer para Divina,
muy celestial para humana..."
La Señora de México es santificada por los criollos a partir del trabajo
de un predicador y teólogo que recoge las averiguaciones hechas en los años
1530 por los primeros evangelizadores, sobre la revelación de la Virgen a Juan
Diego.
Este gran culto que funda la conciencia criolla de
patria tiene su origen, pues, en una devoción creada por los indígenas a lo largo de cien años, tal y como temía
aquélla temprana generación de misioneros, quien encontraba en las
manifestaciones de 1531 “una de las cosas más perniciosas para la buena
cristiandad de los naturales”, viendo en ella la regeneración del espíritu
religioso pagano, en tanto claro “riesgo de confusión entre la figura mítica de
Tonantzin –diosa madre mexica- y la Virgen”, que “debía ser evitado a toda
costa.”
Para
los pueblos la irrupción de la figura guadalupana
se convierte en el modelo más generalizado de una tradición de
apariciones en las cuales depositarán sus anhelos de identidad,
autoafirmación y justicia”. Y
en este “mecanismo de apropiación de los símbolos del conquistador”, lo
que va
es la “revitalización de las pulsiones religiosas indígenas más
profundas”,
impregnada de “cultos a la naturaleza, númenes, naguales y dioses”
precortesianos, envueltos en “profecías mesiánicas y apocalípticas”.
Ella inaugura una serie de expresiones de la Virgen
que sustentan la decisión de las comunidades a exigir un lugar en el mundo.
Entre 1709 y 1712, por ejemplo, se prodigan en los Altos de Chiapas. La que en
Zinacantán despide rayos luminosos dentro de un palo, la Santa Marta aparecida
en una milpa en Chenlho, la que se muestra a María de la Candelaria en Cancuc,
ordenan construir santuarios y obran milagros -tallas que sudan, lloran o se
iluminan-, “para ayudar a los indios” protegiéndolos con la confabulación de
fuerzas sobrenaturales -terremotos, cielos y ríos que se precipitan-, a fin de
sacudirse los tributos, al Rey, al clero, a los españoles todos y a Dios mismo
si es preciso, y crear una nueva Iglesia y un nuevo reino.
Desatendida la Virgen, desatando la violencia de
obispos y magistrados, el supra y el inframundo del cual para los pueblos
originarios es ama, se agitan y con los años hacen erupción en Yucatán, en las
estribaciones del Popocatepetl, en los pueblos de Tulancingo, donde ella hincha
el alma de los escogidos -un anciano, un joven labrador, un pastor- dotándolos
de habilidades para destruir murallas o balas de cañón y ungiéndolos como reyes
o profetas, de modo de que encabecen movimientos para revertir el cataclismo y
que el pasado vuelva.
Estos
movimientos de la segunda mitad de los años mil setecientos
parecieran presagiar el fin de la Corona española, que empezará a ser
realidad
con la insurrección de Hidalgo, a la cual entregan sus hombres y
mujeres, sus
secretos y su gran símbolo: Ella, quien los guía y sostiene durante tres
siglos en la forma de su primera develación, de piel quemada y con el
nombre
de Guadalupe. Ella, esa Virgen del estandarte que va a la cabeza de los
sublevados
de 1810, cuyas hermosas contradicciones cantadas por Sor Juana llegan a
tanto
que puede ser a un tiempo india y criolla... hasta aquí, cuando poderes y
clases dominantes del virreinato la suplen por la de los Remedios que
acompañó a don Hernán y los suyos pidiendo apoyo a San Miguel Arcángel y
otras divinas figuras muy serviciales desde las Cruzadas al
cristianismo latino todo -pasado el peligro volverán a la Morenita para
sacarle provecho hasta el siglo XXI, siquiera cuanto le permite ese
México Profundo.
El reino de la pasión
(Los cuadernos no pueden hacerse libro impreso también porque usan clips de música, como en este caso, y secuencias cinematográficas y vínculos a programas virtuales y pdfs.)
Durante la
posrevolución nuestra ciudad crea una o varias nuevas noches. No solo
sus vidas van allí; también la imaginación sobre ellas.
Durante el
porfiriato el teatro de revista es un animado, picaresco entredicho nocturno
que se airea. Pero cuanto de lo demás puebla ese mundo que nace al caer el sol,
transcurre en el silencio o el vilipendio público. La prostitución callejera,
la cantina y la pulcata proliferan por los barriales, muy lejos física o
prácticamente de lo que la sociedad presume. No importa si están a espaldas de
calles de buena educación, un sólido muro invisible se alza entre ellas.
A partir de 1920,
en cambio, los tugurios, los burdeles en regla y las hileras de cuartuchos que
sirven a las “perdidas” son esencia misma del Centro y se asientan sin remilgos
aquí y allá, acompañando al festejo de la autóctona modernidad siglo XX, de
cines, carpas, cabaretes, salones de baile, estaciones de radio, convertidos en
escuelas y laboratorios de comportamiento entre los cuales la población no para
de reinventarse, haciendo de las calles pasarelas.
La música
popular, las tandas, las piezas del renovado teatro ligero, la prensa que alcanza
su madurez como primer medio masivo y es no menos multifacético que la futura
televisión; la literatura, la plástica, el cine nacional, la historieta y luego
la fotonovela románticas y de aventuras, en camino a convertirse en las
lecturas más extendidas del país, habitan la nueva noche con seres y sendas
materiales y fantásticos.
No hay nada
idílico en ello, con sus sífilis de muchas clases y sus profundas
desigualdades, ni en la retórica que lo acompaña ocultando al país tras
estereotipos y atmósferas “legendarias”. Y si creemos a Carlos Monsivaís, hasta
debe sospecharse cierta mano perversa del poder que lo consiente y quizá lo
prohija, en una capital cuyo gigantismo le será cada vez más apreciado como
gran instrumento para el control de una nación que no hace nación.
Con todo puede
encontrarse allí un cierto, genuino libre circular del deseo y del ingenio, que
luego será cortado de cuajo.
Es 1938, digamos,
un año antes de que un reglamento intente liberar la vía pública de la epidemia
de besos. Del lujoso Regis al modesto Tacuba, por una treintena de salas,
estrellas extranjeras y cada vez más de casa languidecen de amor en la
pantalla, dejando el rastro deslumbrante de sus atrevidas existencias, que el
espectador cree conocer al dedillo por periódicos y revistas. En El Principal,
el Ideal y los otros templos del género de revista, y en las carpas donde tal
vez se opera mejor que en cualquier otro lado la transformación del “pueblo en
emblema cultural”, anda el mareo de telones y vestuarios y candilejas, olimpos
de las vedetes replicadas más a ras de piso por coristas con pechos
generosamente al aire, y una comicidad que explaya la sexualidad a flor de
piel.
Una cosa y otra
entre la exploración por el espectador de los recursos de un cigarro, por
ejemplo, de modo que la boca sea oferente o desdeñosa y rime con la mirada y el
vuelo de la mano. O de un saco, una falda, un sombrero, que nunca son a secas y
acompañan a mohines y sonrisas, a imaginaciones de caderas y hombros dueños de
sí a punta de danzón, fox trot, rumba y cuanto se ponga a
la mano.
En San Juan de
Letrán, en los 1980s convertido en origen del Eje Central, un hombre se echa a
la celebración de los entresijos de luz y sombra de la calzada. Su cabeza se
agita con el alcohol apurado no sabe si en el barullo de mesas y parroquianos a
su lado o en el de diez metros atrás, y con unas ganas a las que el cancionero
de la época vuelven apremio por una de las “flores de la maldad y la
inocencia”, frutos que chorrean miel y hiel, sendas hacia el cielo y el
infierno, con las cuales se adorna la calzada.
Todo alrededor,
de más allá de Salto del Agua a Peralvillo, abunda en quienes para el discurso
complaciente de los tiempos son románticas “aventureras”, “vírgenes de
medianoche”, “Santas”. Allí y por muchos rumbos de lo que alguna vez fue
afueras de la ciudad, sin recato y en cifras oficiales, a las “callejeras” de
cerca de 200 lupanares se suman las que deambulan por tres mil o más cabaretes,
entre millón y medio de habitantes. Difícil decir cuántas son, si las
detectadas con enfermedades venéreas están próximas a las 40 mil.
Para entonces la
ciudad lleva dos décadas conquistando la noche. Y con la noche, la pasión. En
principio ambas parecerían reservadas a los hombres y a esas que se resuelven a
cumplir y sepultar sus sueños,
los de ellos, espantando la oscuridad del genero para consumirse un rato, las
más unos segundos, apenas, según les advierte la “mariposa equivocada” de una
canción: a la luz, por la luz… quemadas, precisamente, las alas.
Pero la noche y
la pasión son a la vez territorio de las meseras, las secretarias, las
dependientas, las enfermeras y el más o menos profuso mundo femenino del arte,
nutrido por quienes llegan de aquí y de allá tras el país de la magia y la
promesa de real futuro. Y a su manera, de las amas de casa y las hijas de
familia, que comparten su fantasía.
A mitad de la
sala, trasegando el trazado secreto de la casa, que nadie más que Ella conoce,
por la radio Lara, Gonzalo Curiel, Ernesto Cortazar y un largísimo etcétera
aprovechan la lúbrica provocación de los ritmos cubanos y la sustancia negra de
las orquestas estadounidenses, para de la cocina a la recámara, entre el
burbujeo de las cazuelas y el dale y dale de la escoba, pasear un “sueño de
amor” que casi por regla “se esfuma” o “lleva al abismo”, y que en todos los
casos “es el pan de la vida”.
No interesa si es
a pleno luz del día que en el “abanicar de pavos reales” de su “hastío”,
canción tras canción la “locura de vivir y amar” alcanza a la señora. La fuente
de la “viajera”, la “perjura” o la “siempreviva” en quien quieren descubrirla
el bolero y sus parientes de la época, está en la noche, en la imaginación que
nace a su amparo o por su pretexto. A nada, fuera de la propia mujer, cantan
tanto, con tanta elocuencia y una misma obsesión: “noche…/te llama el amor”.
Para tal y cual
la noche invita a que Ella hunda sus “dedos entre mi pelo”, entregue su “boca
fresca” y tenga “piedades de ensueño”, o, unos ratos “golondrina viajera”,
otros “maldita”, deje un hueco imborrable en el alma, y para Lara, el más sabio
y atrevido, es la de cada vez un amor de.“distinto amanecer, diferente visión”,
con cuyas aventuras debe tenerse cuidado porque “hacen daño”, “dan penas”.
Una serenata de
Juan S. Garrido parece resumir la imagen recreada por
la música popular: “Cuando la noche lo envuelve,/México sueña despierto,/porque
de sombras cubierto/vive su vida mejor./Al cintilar los luceros/y los faroles
primeros/como por milagrería,/regando alegría florece el amor”.
Es de ella, de la
música, en buena parte siquiera, que para este 1938 el cine nacional ha
descubierto uno de los temas más provechosos en el espectacular auge que ha
iniciado y que luego sabrá es su edad de oro. Con las de carne y hueso o de
pura lírica, Santa, La mujer del puerto, Mientras México duerme… han empezado a
traer “perdidas” de celuloide no menos sugerentes. Tal vez porque es con ellas
con quienes mejor puede acercarse a las intimidades de la pasión y de la noche.
Se trata de una
noche en esencia pero no del todo estereotipada, tras la cual parece poder
seguirse la huella de las muchas de verdad. Noches, pues, en cierta medida
ventiladas en público, que para principios de los 1950, con el nuevo discurso
ultraatoritario y moralizador de la familia
revolucionaria, pasarán a la absoluta clandestinidad, sordas, grises,
doblemente peliagudas.
Huipiles y chacachacas
En la posrevolución la prensa
termina por hacerse el primer, gran medio masivo. Ya no es sólo ni siquiera
preferentemente “información”, y se instala en la intimidad de la familia
dictándole proyectos y conductas.
Para cada quien hay una o más
secciones y suplementos: para Ella, “la que todo se merece” a condición de
permanecer en la sombra; para los chiquilines que han de aprender a seguir a
pies juntillas los consejos de sus infalibles padres; para las dualidades vírgenes-prostitutas
en ciernes, que son las jovencitas; para los muchachos que se prepararan a
usufructuarlas, y para el multifacético Él, iniciado en todos los misterios -la
política, la noche, la tecnología-, quien así confirma su reinado.
En los 1930 a la prensa se
suma la feria de insinuaciones al oído en plena sala, de esa especie de alegre
pariente experto en aventuras del aparato de radio. De modo que cuando la
televisión llegue, el hogar llevará décadas atravesado por el mundo exterior,
hacia el cual escapa o con quien construye armarios y ventanas invisibles.
A la reinvención no le falta
sino el otro culto a la modernidad de la “nueva ciencia para una vida mejor”, la
electrónica. Gracias a ella, empujada por el prodigioso despliegue de nuestra
industria y por las innovaciones de la Segunda Guerra Mundial, en los 1940 para
las crecientes clases medias y para las familias obreras privilegiadas la vida se
hace una contradictoria búsqueda de confort y apariencias.
Algunas novedades no tienen
sino virtudes, como el refrigerador, que al principio en el Distrito Federal
estaba a la mano apenas de las antiguas colonias porfirianas de buen gusto, de las
revolucionarias Chapultepec Heights, mexicanamente confirmadas como Las Lomas, o
de las menos sofisticadas pero también boyantes Del Valle o Hipódromo Condesa. Ahora
con prisas la oferta se abarata y diversifica. La excepción de la estufa de
gas, que en una carrera que comienza sin ventajas en un santiamén desaparece
del mercado a las de la General Eletric y demás, es también puro alivio.
Otras maravillas resultan,
digamos, de doble filo. Es el caso de la lavadora y la plancha “automática”,
convertidas en una necesidad por las exigencias que hacen del par de mudas de
antes media docena de atildados uniformes citadinos, contribuyendo al
renclaustramiento del ama de casa.
Y teniendo o no Chacachaca, como se conoce popularmente
a la lavadora por un exitoso comercial, el detergente se vuelve asimismo una
obligación, en la medida en que nadie más que él, presumiendo una espuma
imposible para el jabón vil, se dice capaz de barrer con la ignominia de un
rastro de mancha y colaborar a los aromas perfumados de los espacios públicos, en
una sociedad que en buena medida identifica a sus estratos por el olfato.
Se trata de un fenómeno ajeno
al campo, que a pesar de su ya grueso aporte humano a las ciudades sigue
albergando a dos tercios de la población nacional. ¿Cuánto ha cambiado entretanto,
desde mediados de los1930 en que, con frecuencia deliberada, protectoramente, se regaba por cerca de 80
mil localidades con no más de 225 habitantes, 48 mil de ellas por debajo de las
cien almas, a través de más de medio centenar de lenguas indígenas, cada una con varios dialectos
locales.
Es un mundo rural que no ha
estado quieto, estallando en luchas agrarias y guerras cristeras con un claro
sabor a llano, universal resentimiento campesino, y al cual el cardenismo
convirtió en gran protagonista con el sueño de una nación “de ejidos y de
pequeñas comunidades industriales”.
Un campo de muchos rostros,
por sí mismo y por las miradas que se ponen sobre él. Aquí para unos es a
caballo, a mula, a pie, a barcucha, y está hecho de “terribles”, “opresivas”
quebraduras, vegetaciones de “alarmante” extravagancia, aires “enrarecidos y
deprimentes”, “chozas” sin chiste ni sentido común, en desorden o formando un
par de “hileras miserables”, que habitan “verdaderos salvajes”.
Allá para los orgullosos de
despreciar la “altanería europea, y estadounidense, que mide la civilización
por la altura de las casas y el bajo grado de temperatura”, al pie de un
automóvil o un camión el México rural aparece como magnánima exhuberancia de
colores, formas y aromas, juntas de “humildes jacales” de encantadora vista,
“descendientes de los antiguos mexicanos” y de “hijos del África reunidos en
una misma algarabía”, y sabias prácticas como la que lleva a una celda a los
borrachos “para dar palos a un muñeco que en la pared hay pintado”, de modo de
liberarse del diablo personal.
En la ciudad el muralismo, la
canción ranchera, el folclorismo inducido por el Estado, los estereotipos
cinematográficos, teatrales, de la carpa, la historieta, etc., le superponen
rostros a esa compleja realidad. No lo hacen por mero capricho. Para el México
urbano el campo es un ser omnipresente. Si lo suplanta en su imaginario es,
antes que nada, porque lo sabe vivo y le teme.
¿Cómo medir esta vitalidad?
Podríamos mirar hacia el Son, esa “gran variedad de tradiciones musicales” con
la cual el país viene narrándose desde muy pronto después la Conquista y que
ahora es un producto casi exclusivamente campesino. No importa si la pastelería
del ballet de Bellas Artes, el cine y los compositores de la ciudad tratan de
agotarlo apropiándoselo, de modo que en Veracruz no haya sino la Bamba y en
Chiapas sólo marimba, atontadas y amaneradas al paso, o que el jarabe se haga
primero exclusividad tapatía y luego “baile nacional por excelencia”.
No importa. El son, renovado
a fines del porfiriato y principios de la posrevolución, sigue su vida y fiel a sí mismo no para de improvisar,
recreando un campo inconcebible para sus tiesas representaciones citadinas. Un
campo en él sensualmente juguetón y poético. El de “María
Terolerolé/chocolatito con pan francés/En mi casa no lo tomo/porque no tengo con
quién/Pero si usted me lo bate…”. O el de “un cuerpo” que “se aleja triste,
rumbo a las olas del mar”, y “un pescador lo desviste” y “otro lo mira pasar“.
Este son anda entre el
aplastante mundo de seculares, dolientes murmullos, o entre la aplastante
inmisericordia de la llana cotidianidad, descubiertos poco después por Rulfo y
Revueltas. Pero también entre la divertida ironía del cuento de Edmundo Valadés
al asomarse a una asamblea ejidal que ha demandado la presencia del supremo
gobierno, a quien nadie más que ella sabe no pide permiso sino la legitimación
de un hecho consumado.
Son México rurales que permean
a los urbanos, empezando por la gran capital, cuyo rico pueblerío no la cerca
sino la constituye de siempre, y al cual decenas de miles de sirvientas, peones
de la construcción y la fábrica, cargadores y jardineros llegan cada año sin
romper con sus orígenes. Campos a la vez realmente rehechos por la ciudad, que
mientras vivía su “revolución del hogar” los ha atravesado con presas, líneas
de energía eléctrica, escuelas, carreteras.
En estos mundos que se
contaminan entre sí, quienes en 1930 y 1940 visitan o se asientan en la nación recién
inscrita en la guía cultural del mundo, encuentran un lugar único. Su mirada se
refleja bien en las crónicas de Gustav Regler, el exilado alemán: “caos
fascinante”, “hechizado”, “eternamente joven” y “para siempre arcaico”, que
“espanta y tranquiliza”.
No es raro, pues, que dando
pie sin saberlo al despectivo lugar común de más tarde, los surrealistas
aficionados a México parezcan ver aquí su poesía vuelta país. Porque lo que
asalta al visitante a cada paso está como hecho de la misma sustancia de los
sueños.
“Puede encontrarse un Ford y un poste
telegráfico frente a mujeres que maceran a mano limones y piñas (...) o una palmera
bajo la cual toca un fonógrafo, o un camión que se precipita a paso vertiginoso
rozando la espuma del mar…”, escribe Jacques Soustelle, el antropólogo.
De ahí seguro el entusiasmo y
la desazón de nuestros filósofos contemporáneos buscando el alma mexicana. Porque
para ellos no es simplemente cosa de darle a los huipiles en la lavadora.
-0-
Los
traigo de aquí para allá en espacio y tiempo y me refiero a historias
todavía ocultas a ustedes. Corregiré, volviendo a Monteagudo y su
indirecto y muy contundente nexo con Guerrero como región, aunque ésta todavía no se llamara así ni constituyera una entidad propia; Sur, le decían, englobándola con zonas próximas. Iturbide
se acerca a Iguala desde la ciudad de México, donde Monteagudo y sus
amigos le dieron una encomienda. Va para combatir la resistencia
independentista dirigida por Vicente Guerrero y como casualmente cumple
un segundo encargo: proteger recuas de mulas donde se llevan
reales, moneda oficial contemporánea, en enormes cantidades, para
comprar los riquísimos productos traídos año tras año por la Nao de
China. Sus dueños no tenían intención alguna de arriesgar tan cuantiosos capitales hasta que uno, Juan José Espinosa de
los Monteros, los convence apoyado sin duda por don Matías, a quien tiene como guía espiritual y político. Sin duda, matizo, pues La conspiración de La Profesa se guardará muy mucho en conservar documento alguno sobre sus juntas y decisiones. Me
detengo para trasladarnos a ese espléndido templo cuando en 2012 un
famoso cómico de Televisa celebra allí su boda, que hará época.
Asiste
a ella cuanta familia mexicana se precie. Monteagudo los
vela, como si por dos siglos hubiera heredado el secreto que emplea al
dar órdenes a Iturbide y Espinosa.Doy otro salto atrás para ubicarnos bien a bien. En febrero de 1818 quien observa de lejos puede pensar que
del movimiento iniciado por Hidalgo y Morelos no hay ya sino un eco en agonía,
y que la independencia no llegará. Pero la conmoción fue de dimensiones
monumentales y el impulso general de Europa y los grandes sucesos en España
siguen obrando a favor del cambio en estas tierras.El edificio colonial creado durante casi tres siglos por
la monarquía y la Iglesia católica está mellado sin remedio. Es así a pesar de
cuanto cree lo alto de la pirámide virreinal, que se aferra al pasado. Su
terquedad no estima como debe incluso las proporciones de la descomposición
interna, representada quizás sobre todo por esa suerte de despóticos señores de
la guerra en los cuales se convirtieron muchos militares realistas.Iturbide
es uno de ellos y cayó en desgracia seguramente por la proximidad al
centro virreinal y sus trapacerías cometidas contra quienes no debía:
los grandes mineros y hacendados del Bajío, que pertenecen al más
selecto nucleo. Aun así tiene poderosos amigos y admiradores incluso entre éstos y si va al tribunal y le quitan el mando, conserva su grado en una suerte de retiro que aprovecha para volverse nuestro gran figurín cortesano. Enamora
así a quien "bien vale una misa", diría Napoleón si fuera novohispano:
la Güera Rodríguez, bellísima mujer, aseguran, que para los libros quedará
ligada al independentismo subcontinental y el desparpajo nobiliario -se
la acusó de herejía, sin llegar a juicio, por supuestos lazos con
Hidalgo; fue amante del Bolivar adolescente y puso otros justicieros
cuernos a consecutivos, ricos esposos, para representar así algo como un
feminismo entre alcurnias. Juntos
montan épicos salones y fiestas coloniales en nuestra gran ciudad,
cuyos picaros secretos él tal vez relata a don Matías, al cual tiene por
confidente y fue decisivo en su libramiento del trance inquisitorial. Esperen,
nietos, seamos prudentes con esos años pues escribí un libro al
respecto y temo liarnos. Se los resumiré en tres líneas. Iturbide consumará la independencencia "mexicana" que combatió como fiera. Lo hará sin dar batallas reglamentarias sino por
excepción,
gracias a giros o neutralidades inauditos de otros comandantes, entre
quienes hacia el final estará Santa Anna versión juvenil, versado en
tramoyas merced a su primer mentor, Arrendondo, capo de capos entre los
militares-caudillos y caciques con historias parecidas al próximo
Agustín I, a quien les hago seguir y usa los gruesos capitales que
custodia hacia Acapulco, como si fueran el presupuesto para la campaña. Don
Matías y compañía no desaparecen de escena, según se pretende, cuando
ese su paniaguado simule traicionarlos y lo haga solo a ratos por
ambición sin cotos. Resurgirán tal cual o a través de nuevos testaferros
cuando estas tierras decidan cortar con la España regida ahora por una
monarquía constitucionalista, que enferma al rey y a San Matías y
semejantes, nohovispanos y peninsulares. Y
los traicionará, sí, metiendo la pata pues posibilitará la reacción que
Vicente Guerrero considera al asociarse al Plan de Iguala, bandera
iturbidista dictada en más o en menos desde La Profesa. Si
fuera enteramente fiel al inquisidor, a Espinosa de los Monteros,
etcetera, la Nueva España habría vuelto a dominio real una vez que el
absolutismo europeo liberara a Fernando VII.
SIGUE CON LA SELECCIÓN DE OTROS CUADERNOS. SU ENTRADA
Hice una pésima selección en esta segunda parte. Iré recomponiéndola aprovechándo los revolucionarios recursos del hiperespacio, donde la letra no es imperecederá una vez que se fija, como el Rig-Veda, digamos, compuesto hacia mediados del II milenio a. c . en la región hindú, o los grandes clásicos chinos aparecidos muchos siglos después, etcétera. Éstos tuvieron antes versiones luego desaparecidas y a no sé cuantas de ellas les precedieron relatos nemotécnicos cuya existencia nos asombra -para muestra basta el "tardío" Chilam Balam maya, bien estudiado- y orales, que se transformaban vez tras vez, como los cantos que Homero terminó volviendo obras insustituibles para el occidente mediterráneo. Imaginemos la riqueza acumulada allí, sin ayuda de internet. Perdonen la disgresión que no puedo evitarla en mi empeño por dejar migas a lo Hansel y Gretel, para la vuelta a casa, como parte del ente colectivo sugerido en La Corte de Medianoche (más virtudes, ya advertidas, de estas...
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