Cuadernos. Por un no-libro. 2
Hice una pésima selección en esta segunda parte. Iré recomponiéndola aprovechándo los revolucionarios recursos del hiperespacio, donde la letra no es imperecederá una vez que se fija, como el Rig-Veda, digamos, compuesto hacia mediados del II milenio a. c. en la región hindú, o los grandes clásicos chinos aparecidos muchos siglos después, etcétera.
Éstos tuvieron antes versiones luego desaparecidas y a no sé cuantas de ellas les precedieron relatos nemotécnicos cuya existencia nos asombra -para muestra basta el "tardío" Chilam Balam maya, bien estudiado- y orales, que se transformaban vez tras vez, como los cantos que Homero terminó volviendo obras insustituibles para el occidente mediterráneo.
Imaginemos la riqueza acumulada allí, sin ayuda de internet.
Perdonen la disgresión que no puedo evitarla en mi empeño por dejar migas a lo Hansel y Gretel, para la vuelta a casa, como parte del ente colectivo sugerido en La Corte de Medianoche (más virtudes, ya advertidas, de estas plataformas: los vínculos o links.)
¿Estoy cantando al no-libro, desdeñando el tradicional? Qué va.
LA ILUSIÓN VIAJA EN TRANVÍA
(Este cuaderno tiene novecientas entradas. Le cabecualquier cosa que vi o protagonicé. A él fueron a dar hasta crónicas sobre México siglo XXI y, exceptuando Ella, los romances antes de que llegará la vejez, presididos por Ana.
(Lo hicieron frecuentemente en el tono pícaro de mi segunda personalidad, El Mero, y tienen música, imágenes, videos y links a pdfs que incluiré solo a ratos, a lo indicativo.)
El título lo tomo de una película mal apreciada, creo. Hay allí dos trabajadores que entre la borrachera representan los agravios personales y colectivos en un tranvía destinado a morir y deciden liberarlo. Circulando de madrugada se preguntan dónde está la tierra prometida para quien vive sobre rieles. Aquí y ahora dice un maltrecho, pícaro pueblo que sube sin pagar y celebra, mientras la mañana de inexorables mandatos avanza y ahora viste como malvada maestra o mojigatas con pretensiones y luego es un inspector jubilado que aborrece el desorden y ama los apapachos patronales(1).
Al modo de cualquier periplo, este tiene estaciones y yo siempre desde la azotea no sé si hago su recorrido o contemplo. Allí es regla guardar nombres y fechas. Aquí lo hago a ratos.
Nací en 1947, cuando esta seguía sin ser bien a bien una nación, como en 1921 aseguraba Suave patria(2). La mía era ya ciudad monstruo completando el antiguo, oscuro proceso para volverla auténtico "ombligo del mundo"(3) y lo concentraba todo: riqueza, vías de comunicación, servicios, seres humanos.
El gran momento que materializó algunas sustantivas promesas de nuestra gran revolución, se convertía en "la dictadura perfecta" y a millones llegaban campesinas y campesinas exiliadas, cuyas reales patrias, muchas con sus propios idiomas, no quedarían del todo atrás pues cinco tesoneros siglos no desaparecen por acto de magia -qué contradictorio soy, validando el pasado cuando me conviene.
Otro exilio, vivido por mis padres y abuelos, indicaba hacia una herida que supura hoy todavía.
Detrás, cinco mil años que resolvieron los tres millones de quienes accidentamente nos hicieron como especie. Si tengo deudas con ellos, ahora puedo mandarlos al cuerno.
-Anda, Belarmo -digo a mi abuelo-, vamos al palelítico a darle nalgadas a aquellos fulanos.
Menuda mascarada resultaron los cinco mil si los Malditos piensan colonizar Marte a partir de 2023 y solo para solo ellos, desde luego.
Cronicando
(Adelanto el anuncio de esa serie para permitirme mostrar primero las viñetas "séntidas"-comicosas. No sé cuánto incluyo de la selección que hice en Cronicar (2). Tal vez es mejor ir a ésta.)
La Carmelita
Así
se llamaba la miscelánea de un pequeño pueblo serrano donde se vendían
lo mismo chicles que áperos para la labranza. Viene muy a cuento, pues
eso es este cuaderno.
Me presento:
-¿A cuánto? -preguntó señalando el montoncito sobre mi manta en el suelo.
-Millón -contesté.
-¡Perdón! No, no quiero comprarle la producción de aquí hasta que se muera. Si ni a una docena llega.
No tuvo respuesta, sólo mi rostro de hambre mirando hacía él, que se conmovió.
-¿Cuánto por todo?
-¿Por todo? No puedo, patrón.
-No me salga como la india con su kilo de limones.
-Sí le salgo, señor, perdón. ¿No ve qué es lo único que tengo? Si se lleva todo ¿qué hago mañana? Viene el inspector y me corre.
-¿Y luego?
-Que no sé hacer otra cosa, marchante.
-¿Qué?, ¿estar aquí de ofrecido? ¿Pues de qué come, pobre hombre?
-De la voz que regatea. Soy el puro regateo, ¿ve? ¡Pásele, joven!
-0-
La Ilusión... ilustra a ratos con humor lo que Desde la azotea contempla a lo melodramático.
De una punta de inútiles
No
sé si había razones en descargo, lo seguro es que en 1970 yo era un
completo inútil. En el remedo de barrio bohemio donde llevaba años en un
medio conflictuado y muy categórico vagabundeo, dentro del célebre
restaurante de siempre, apenas sentarse y en presencia mía Lubardo diijo
eufórico a Fendes:
-¡Ya lo tengo!
Lo
que tenía era la forma en la cual Fendes podría cumplir el sueño,
aceptando la invitación de viajar a la más cosmopolita ciudad del mundo,
hecha por una futura heredera menor de un gran consorcio. Según se
había platicado el paseo terminaría en legal matrimonio.
El
asunto empezaría con la compra de un artefacto que Lumb promocionaba a
través de un concurso, cuyo premio era un auto. El segundo movimiento
consistía en sacar durante la rifa, literalmente de la manga, el número
adecuado del registro de compra. El acuerdo no precisaba los pretextos
para que yo tomara un tercio de lo que tocara al rematar el vehículo y,
claro, guardé el más obsequioso silencio.
Comenzaba
el otoño, Fendes llamó por teléfono a su joven rica dama, le
respondieron que aguardara un poco y yo, que me había contagiado con la
idea del viaje, me ofrecí a servirle de adelanto. Quien me recibiría,
Juncio, fue con quien aquél conoció a la susodicha y a su enana,
antojabilísima y de pies a cabeza insoportable amiga, a la cual el
segundo resolvió alcanzar de inmediato vendiéndole a su acaudalado
progenitor la urgencia de cambiar a la gran universidad pública del
país, culpable de la golfería del muchacho, por la licenciatura en una
universidad de la ciudad aquella.
Jun
me recibió por todo lo alto y con tiempo sólo para dejar las maletas en
el departamento, fuimos al bar-cafetería de su cuadra. Estaba puesto
con modestia y servía de cálido refugio, también para el hermano menor
de uno de los más aplaudidos requintos de la época, a quien se
aseguraba, y pienso que tenían razón, habría superado de no ser por un
grave accidente. Amenizaba el lugar a cambio de unos dólares que sus
amigos y patrones debían sacar de la bolsa y no de la caja registradora,
tan pobre como puede esperarse del par de cervezas por persona de los
cuales podía desprenderse una veintena de universitarios.
Juncio
y yo llegamos en el momento en que aquel gran tipo con sus manos
esclerotizadas daba batalla a a las cuerdas, produciendo singulares
obras de arte que falseaban cada poco para recuperarse enseguida. El que
no desmerecía nunca era su rostro, trabajado por el dolor y así mejor
en las fallas.
Eso
es, sin embargo, auténtica harina de otro costal en una historia como
la presente, y más viene a cuento recordar la mirada de mi amigo
conforme abrió la puerta al llegar. Había dos novedades femeninas entre
el auditorio y la más alta con entera justicia atrajo la atención de
Jun. A su lado se sentaba la que bien pudo servir de modelo a la púber
de un magnífico álbum.
Iríamos
los cuatro al duplex de ellas, a meterse la mejor droga suave jamás
inventada y pasar una noche entre sábanas, alfombras o lo que estuviera a
disposición.
-¡Dios!, -díjeme yo- el primer mundo en verdad lo es.
Como
esto se alarga alejándose de febrero de 1971, que era el propósito,
saltaré pasajes no menos sustanciosos hasta el acuerdo con mi amigo
para
ir "en busca de la revolución".
Si
bien y desde luego él no cumpliría, aquello fue el pretexto para que yo
rompiera de una buena vez con mis desafortunados últimos años y con
mucho más, en una segunda historia cuyo comienzo da para carcajearse de
lo lindo a mi costa.
El
viaje a Manhattan, quitadas las liviandades referidas y sumando grandes
anécdotas en barrios fieros, fue un inmejorable golpe que al regresar
me permitió ver a la Zona Rosa y a mis devaneos tal eran: fallidos,
torpísimos intentos de nada. Así que pasadas dos semanas tomé el tren.
Durante
el primer tramo del trayecto, mirando al paso por la ventana los nuevos
fraccionamientos de Celaya, lloré. Se parecían a los de mis años de
niño en la ciudad que entonces se hacía monstruo. Muchos cientos de
kilómetros y un parada intermedia adelante, el dinero se terminó y fui a
dar a un hotel de mala muerte. Me lavaba los dientes frente al espejo
descascarado y volví a llorar.
El
viaje habría seguido ese tono de no encontrar a Martín en el
trasbordador. Se acercó a la barandilla desde donde a lo melancólico yo
seguía el bamboleo del Mar de Cortés, y me sacó conversación. Había sido
soldador, creo, en el propio DF e intentando cruzar a los EU lo
devolvieron dos veces. Ahora se acercaba a mí con el aprendizaje en la
picaresca que la aventura le dejó, pretendiendo sacarme algo. Pero como
yo estaba más vacío que él, decidió hacerme su Sancho Panza. Dijo:
-¿Tienes hambre?
Contesté
con la verdad y me hizo seguirlo hasta la cocina del barco, pues
afirmaba que sin falta los cocineros eran solidarios. No se equivocó.
Apurábamos una torta cuando el lugar se paralizó. El capitán nos
contemplaba desde una de las entradas. Y el regaño se produjo pero no
por darnos de comer, sino por la pobreza de lo entregado. Todos,
incluido Martín, intercambiaron una mirada de entendimiento que no
descifré, cuando el comandante pidió sirvieran lo mejor a bordo en su
camarote.
Allí
cenamos tan opíparamente como las circunstancias permitían, aderezado
todo con mi ingenuidad. El capitán rondaba los cincuenta y sus ojos
relataban una tristeza vieja y profunda. Bajito, flojo de carnes y con
una incompresible palidez si atendemos a su oficio, se enfocó en mi
persona, sincerando poco a poco los motivos de su desolación. Al menos
los que no había riesgo en contar y que yo, inútil, provinciano pero
noble al fin y al cabo, quise comprender: la soledad y la monotonía del
marino, de la cuales había escuchado en Conrad y London.
El
hombre dirigía un barco, por pequeño que éste fuera, y costaba trabajo
reconocer su fragilidad que, a la manera de esa noche frente a nosotros,
podía exponerlo a las ruindades de los otros. Martín devoraba a mi lado
continuando las miraditas que iniciaron en la cocina y que a mí no me
pasaban de noche pero casi, pues no sacaba de ellas nada en claro, como
mal entendía también el juego cruzado que hacían con el olímpico
desprecio del patrón, aquí sí muy en su despótico papel, hacia mi
compañero.
Estábamos
lejos de terminar la segunda botella de vino cuando a una especie de
orden el migrante fallido procedió a despedirse. Intenté imitarlo, me
contuvo, volteé confundido hacia el patrón, quien se apenó y agacho la
mirada.
Al marcharnos no di de palos a Martín porque habría yo salido varias veces revolcado, pero estallé:
-¡Ya ni chingas, cabrón! ¡Vendiéndome por un pinche pollo y unas papás!
Contada
así la historia es justa y está medio muerta sin embargo, al no recoger
lo que transcurría por dentro. Traigo a cambio el demencial momento en
que recién llegado entré a casa de mis padres. Todo me resultaba
pequeño, ruin, desolado, digno del olvido que la mínima justicia
impedía, pues si algo había era un alboroto de cuerpos abiertos de par
en par por terribles infortunios personales y sociales. Y con él, la
riqueza humana que había sido incapaz de asimilar y estaba sin embargo
en mis huesos.
Contaminado
por la frivolidad del viajero moderno, olvidaba que no hay modo de
aprender los kilómetros a miles pues, sabios, los sentidos y la mente
son perezosos, y enceguecía también acercándome a una cultura cuya base
está en negar, propia del éxito.
En
tales condiciones qué trabajo costaba emular a Lumbardo el de la
rifa del auto, organizando una más modesta aunque suficiente para poner
pies en polvorosa de mi vida anterior -creía yo, y por ventura eso era
imposible-. En el par de semanas que me tomó quitarle un billete a
cuanto remedo de compadre de Tolouse Lautrec encontraba, quemé la media
docena de supuestas calles bohemias.
La
altivez hasta guapo me puso -y no son menores las conclusiones que de
ello pueden sacarse- y un abrigo artesanal de Afganistan por rebozo de
La Panchita -genial personaje de canción mexicana por el cual y al decir
de la letra suspiraban todos los rancheros-, coroné la faena donde se
precisaba: en la plaza al aire libre punto de reunión de media docena de
restaurantes y cafeterías.
Desde
el más elegante de ellos, frecuentado por empresarios y políticos, una
recién ex Miss Ciudad de México me sonreía. Fui a su mesa, preguntó si
quería cenar, a lo soberbio respondí:
-Desde luego pero no será con el dinero que no tengo- y dijo:
-Espera-
volteando hacia el vecino enfundado en un magnífico casimir inglés y
zapatos con precio de cuatro cifras, a quien llevaba rato encandilando
con la mirada. El tipo cambio de mesa, pedí todo lo más caro mientras
ella le entornaba la pestaña y me acariciaba la pierna, y una vez
satisfechos nosotros dos:
-Toma tu palmo de narices, mi ejecutivo rey.
Ese
coctel yo fue el que subió al tren y gimoteó estación tras estación.
Atrás dejaba o creía dejar mi historia, y gracias al cielo en el
trayecto empezaba a volver como debía.
Ellas
Hasta el psiquiátrico, decía la nota que una mañana dejé en el limpiaparabrisas de su auto. No exageraba.
Así empiezo recordando a M en un registro de mujeres con quienes compartí la vida, así, genéricamente, y no la suya, la mía o la nuestra.
El
recuerdo debería excluirme, aparezco y ellas pueden llevarme
ante los tribunales pues se vuelven letra por mi culpa, adulteradas,
como es regla en estos casos. Sólo con Ella me esforcé.
Otros
cuadernos, nietos, encuentran a Brian O´Donnell y James Kelley,
personajes históricos cuyos hermanos y hermanas están representados en
sobrecogedoras tallas sobre una calle de Dublín, que rememoran la Gran
Hambruna. Demuestro allí que sus existencias no se agotaban tras la persecución del magro pan y quizás fueron por quienes esperaron Molley Mahoney y otras jóvenes en cuentos contemporáneos a ellos. A la manera de cualquier mujer hoy, es imposible saber cuánto descubriéndose subítamente sola en la esquina donde el amado debía esperarla, Molley sufrió por amor o sueños rotos.
Cosecha especial y Sequía y fiesta
De modo de no gastar el truco, suelo hacerlo una de cada tres Navidades. Lleno la caja y huelgo el resto del año. De nada más que uno, claro. Los otros dos, ni modo, paso hambres.
-0-
Esta vez me di a los derroches y a principios de agosto ya empieza la sequía. Para aguantar de aquí a diciembre del año que viene junto periódico, hago colección de colillas, busco un zagúan a propósito y practico la más rentable forma de estirar la mano.
-No, Señora Conmiseración, deje de pasearse por aquí. ¿No ve que disfruto también dormir a cielo abierto y tener pretexto pa platicar con los que sueltan la moneda y con los que se la guardan, da lo mismo? Y total, sigo holgando, ¿no?
De pilón los nietos se divierten como locos en las pijamadas con la Jornada y El Universal de manta, descubriendo los secretos de la noche gorda.
En la última temporada como ésta fue que el Emi se enamoró pa siempre de la luna y el Sebas aprendió a tocar la armónica.
Qué hueva si siempre pudiera ir al súper, dormir en cama, rasurmarme y peluquearme, enverdecer por falta de aire y sol.
Una noche en el antro de mis preferencias escribo: Una larga lista de boxeadores murmuran al oído: el secreto está en rendirse a tiempo, no importa si tu record es de puras pérdidas.
Cada diez minutos después: Esto de vivir es función pa adultos. Quién sabe quién me dejó entrar. Ahora no encuentro la salida y seguro la casa de papá y mamá ya no está.
-Calla de una vez, mastuerzo -dice mi mentor.
-Es que esa Calzada de los Misterios...
Madame Rin, Ring
Miente siempre, nietos, dictan los decálogos de grandes escritores. Escribo crónica, jamás fabulo, dice otro cuaderno. Licencias sí me doy, a veces sin restricciones, y con ello no sé ya cuanto sigo la literaria recomendación. Lo hago sobre todo en el diario a la Inesperada.
¿Distingo cuándo de verdad y mentira hay allí, entre los susurros al oído que me hace un director de cine, acercándome al punto contrario del que partí?
Estoy cansado, muy cansado, abuelo. Apenas me tengo en pie, ¿ves? Me vence lo que jamás conociste, hace tanto. Mi pequeño cuerpo es un prodigio. El daño está en el alma. Menuda tontería, perdona, que no hago sino revolcar la gata. Cárgame un rato, anda.
A la mañana siguiente rumbo al trabajo pienso:
-Lázaro, a quien diga que fue fácil, levántalo y ponlo a andar.
Borroneando
El radio promedio en que se movían las y los europeos del Renacimiento era de veinte kilómetros. Al parecer todos mis antepasados vivían entonces contra un rincón semiabandonado donde la existencia transcurría entre la décima parte de aquél pequeño espacio. Al parecer, aclaro, pues como los hombres y mujeres pequeños que eran, nadie registró ni un solo paso suyo, y ellas y ellos, sabios, guardaron para sí el extraordinario misterio de su día a día.
Quinientos años después y a este lado del Atlántico sus iguales siguen haciéndolo, así otros crean lo contrario.
Pueblo sombra, llamo a eso, y así cazador furtivo surgiendo exclusivamente si necesita, para mejor tomar por sorpresa a sus enemigos.
Los originarios míos cruzaron las aguas hasta el nuevo prodigio, forzados por los malditos que rompieron un sueño construido arduamente con picos y pianos.
No cuento esa historia aquí sino en otros cuadernos, como llamo a mi trabajo, y debemos tenerla en cuenta, nietos a quien todo dirijo. Lo hago con mil más -historias, se entiende, y no cuadernos o escritores, jeje- para liberar nuestra Ilusión viaja en tranvía, dejándola que hable de tonterías y algo más y sirva para los disímbolos encuentros.
Mientras, la uso para cuanto se me apetece, pues pruebo, ¿saben? Apenas ayer, diciembre 8 de 2016, a un solo tiempo hablé con Ana, clamé al cielo por mi vejez y cronicando nuestro país y el mundo di números sobre la trata de mujeres. Si leen cruzado encontrarán, por ejemplo:
Para ese momento había tenido otro altercado con mis bohemios protectores.
De noche la apretada mesa giraba en torno a la única mujer. Con buena borrachera encima parecía retarlos y cada dos o tres minutos un mesero limpiaba las babas que escurrían. Yo representaba al chiquilín sin aspiraciones y me usó.
-Soy lesbiana y estos van a recibir su merecido -susurró a mi oído.
Al asaltarme sin rubores sentí que recibiría una zurra en regla, jeje -se ocupó de impedirlo; por un instante mis bonos treparon al cielo y con ella sin duda habría aprovechado el reto que me impuse con la adorada.
Y:
Pago con puntualidad mis atrevimientos, declaro aquí con frecuencia, y siendo cada vez más pequeño, entiendo ahora, los últimos se llevaron las fichas que me quedaban.
Mi especie quedó grande al yo equilibrista y por única compañía tengo a Suertudo, quien no merece la soledad que le espera. Esta mañana lo sabe, creo, y exige y muerde.
-No, hoy no te sacaré al patio donde debo cuidarte como a un niño salvaje. Estoy avergonzado, ve, y hasta exhibirme con el vecindario es mucho pedir.
"...se estimaba que cada año 4 millones de mujeres y niñ@s ingresan a los prostíbulos del mundo para ser consumidos sexualmente."
Al rato nos vemos para continuar, E y S, nietos, o empezar, pues esto tenía ya un inicio.
-0-
Regreso y escribo:
Ahí paré la lectura. El resto tenía tan poco chiste como eso.
Gracias por venir, Cosa. Sin ti no habría reconocido lo evidente.
¿Qué digo ahora a los nietos, a quienes dirigía todo?
-Nada, abuelo.
-Nos divertimos.
-Sigue, no seas remilgoso -tercias, A. -¿Verdad, S y E?
-¡Síii! -dicen, gemelos, a coro, y los tres echan a correr, proponiendo un juego.
Cuidado con ese par, de alias Feromónicos.
Faltó nada poner la serenata que más gustaba a la corte nazi (Serenata, de Enrico Toselli).
El negoció comenzó sin saberlo cuando llevaba media hora hablando con un amigo experto en editoriales y él a cuanto proponía:
Con un fajo de cuartillas en la mochila hice el camino al Metro. Unas cavernas de la ciudad en dirección a las otras, entrañables todas, bajé en una desconocida estación al azar. Las escaleras conducían a un andén a cielo abierto y la primera mirada fue decepcionante: estaba en uno de los lugares más conocidos de nuestro gigantón, cuando menos para quienes no se pertrechan en los reductos de la gente de bien.
El necesario paradero parecía dividir en dos el universo alrededor, inconcebible sin cada parte: a poniente el lío de puentes a no menos de ochenta kilómetros por hora con su avalancha de metálicos, gritones animales; a oriente la paz aquí sorda, allá plácida, de la colonia en improvisados parches que se montaban sobre antiguos poblados del valle sin desaparecerlos del todo.
Entre el rezumo de los mirtos que el rocío se empeña en conservar, de lino y grana las ropas y la carne a las cuales se trasuda, un atormentado joven poeta para que no escape muerde con desesperación la noche de invierno y las astas de la luna, por ello más "cuernos de búfalos" sosteniendo el "cielo huerto", donde los astros florecen con "sus dorsos" de "ágatas y oro".
-Puf -dije suspendiendo la lectura. El poeta de mil atrás y su mundo para qué sirven aquí donde ni su abuela oyó hablar de ellos, ¿o no, señora que en el paradero hace sabios malabares con las bolsas a granel bajando del microbús?
La mujer volteó y se detuvo en espera de que algo de utilidad saliera del discurso que de imaginación a imaginación le recetaba. Fue ahí que vinieron los años viejos y:
-¡Alavado, alavado! -exclamé de rodillas y la mirada al cielo no del Señor sino de otros divinos portentos que moran en lo alto y en muchos lados más- -Revelación, ya la libré.
Para prueba bastaba el botón señora de las bolsas y los que con un giro de la cabeza en redondo descubrí pendientes de mi persona. Un cacho de pan les solté como entretenimiento, del poeta, claro:
¿Cuánto habré de esperar y cuánto tiempo
¿A quién hablar, a quién dar testimonio...?
Mientras el recién adquirido auditorio tragaba de una imprecisable manera el mendrugo, en silencio hice el el rito en versión resumida para apuros:
-Niño de Piedra, padre mío; deforme hija de Aoibheal, hermana, y Gualupita madre y compañera, de sus prodigiosos dones pasen un tantito y a mano me pongo con ustedes, ¿sí?
¡No!, luego, luego vino la respuesta. Sobre los cerros a un paso con la magia de sus mocasines voló el Niño, el hada de monstruoso tamaño, los ojos sangre, chorreando lodo su manto se alzó de entre la tierra, y del primer al último tronco nacieron tallas de la Morenita.
A metro y medio del suelo mi cuerpo púsose a flotar y del paradero del Metro Constitución de 1917 me volví dueño. Chamacos, cuasi vestales en tránsito, chóferes, el rey y el tepo del barrio hicieron corro, y un cojo de la tercera edad y una taibolera en disfraz de ama de casa con un guiño se ofrecieron de patiños.
La providencia prestó un sombrero cuya presencia en el piso gritaba:
-No se hagan rosca con las monedas, que de algo ha de vivir este chango -y al ruedo ya sin más me tiré.
Ese fue mi empezar, años luz a estas alturas me parece, en la merolica obra de darle paz al alboroto de mis cajoneras y mi alma en vilo. Cruzada en regla fue y es, con abundancia de sobresaltos y harta muleta para amansar bureles de la variedad que monopoliza las afueras de las estaciones y los vagones.
Andar sí que ando, con los pies sobre la tierra, no importa cuán chuecos, y con la imaginación a lo lejos, no como escape, que de eso no hay modo, sino por gusto, urgencia a veces.
Escribo una suerte de memorias, de ése tiempo apenas hablo, queda envuelto en una nostalgia para entonces vieja y profunda, y dejo a un lado lo más importante. Me refiero a mis hijos, por cuya infancia cada vez más pregunto.
En las funciones callejeras, en este punto digo que no quiero entristecer ni complicar de golpe el relato y vuelvo al poeta. El éxito es rotundo, sobre todo entre el público femenino, quien sin darse cuenta inicia así el camino a mi beatificación. Sabiéndolo, acuso la joroba natural, enjuago los ojos y la facha quijotesca se completa y en justicia, pues molinos de viento son los de la marginación propia y ajena que bato.
Cosecha especial y Sequía y fiesta
De modo de no gastar el truco, suelo hacerlo una de cada tres Navidades. Lleno la caja y huelgo el resto del año. De nada más que uno, claro. Los otros dos, ni modo, paso hambres.
-0-
Esta vez me di a los derroches y a principios de agosto ya empieza la sequía. Para aguantar de aquí a diciembre del año que viene junto periódico, hago colección de colillas, busco un zagúan a propósito y practico la más rentable forma de estirar la mano.
-No, Señora Conmiseración, deje de pasearse por aquí. ¿No ve que disfruto también dormir a cielo abierto y tener pretexto pa platicar con los que sueltan la moneda y con los que se la guardan, da lo mismo? Y total, sigo holgando, ¿no?
De pilón los nietos se divierten como locos en las pijamadas con la Jornada y El Universal de manta, descubriendo los secretos de la noche gorda.
En la última temporada como ésta fue que el Emi se enamoró pa siempre de la luna y el Sebas aprendió a tocar la armónica.
Qué hueva si siempre pudiera ir al súper, dormir en cama, rasurmarme y peluquearme, enverdecer por falta de aire y sol.
Justo entonces hice mis primeras visitas a ese país. Venía del México de los pasmosos contrastes sociales y un régimen de casi cinco décadas que no se andaba con miramientos para machacar opositores. Aún así quedé perplejo.
Ellas
Este el recuerdo de las mujeres que me hicieron, extraordinarias en su mayoría, creo.
Me doy mi Navidad, pues, ya que nadie me regala ni un alón del pavo, jeje.
Empiezo con Ella propiamente dicha, a quien se dedica una serie de viñetas. Tenía veintidós años y yo veintitrés cuando nos conocimos ya más o menos viejos, pues estuvo casada en Estados Unidos mientras B, como me bautizaré, fracaso universitario por forzada elección, jeje, y vividor de falso barrio bohemio, tras un mostrador bancario encontraba la fábrica-pueblo y huía luego a Nueva York, primer puerto, medio jeje, para ser el debido revolucionario, casi no jeje.
Según los mutuos amigos la Janice Joplin mexicana, así conocida sin cantar un cacahuate y sí por el retador estilo, creyó toparse con una mezcla de Che Guevara y James Dean -bueno, las drogas eran lo suyo, jeje.
Se dedicaba a abofetear galanes -y machos comunes, policías con y sin uniforme, jeje- y decidió rendirse por única vez en la vida. Todo haría por esa apuesta.
B no merecía el esfuerzo y lo hizo inevitable cuando a unas semanas del encuentro tomó sus bártulos sin rumbo preciso. Cierto, el destino era Baja California Sur, adonde estaría puntual a la cita con el Farsante, y también que antes y después pude terminar en un circo o en prisión -por ingenuo, claro.
Ella enviaba cartas allí describiendo las locuras que hacía para alcanzarme, ante mi asombro porque de olvidar el pasado iba aquello y meter en la maleta el último episodio contradecía toda lógica.
Se presentó un martes, el viernes B regresaba solo a su ciudad con boleto para la utopía y lo siguió obsesionada.
Nadie nunca estuvo siquiera cerca de ese empeño por el pequeño hombre, reiterado muchos años. Olvidó la bebida y las drogas para conseguir un trabajo con que complacerle los caprichos.
La amaba, consciente de cuán especial era y cuanto perseguía sus sueños, en los cuales yo tenía un papel instrumental.
Más tarde fui el perseguidor, inútilmente, y con balance final de dos hijos nos despedimos en los peores términos.
C o la pieza oculta
En mí puede entenderse, S y E, leyendo lo que escribí sobre Ana o el encuentro de Simón y su gente o el primer viaje con Juan.
Como sea, tan poco masculino, la masculinidad me cae encima de súbito por una feminidad que en Ella lucha.
Es bellísima y pelea también contra el destino previsto por ello. Eso nos reúne en una transgresión que durará un momento pues no hay futuro, y no me refiero al imposible "nuestro" sino al de cada quien a solas.
-Nadie jamás como C y yo para una y otro -pienso entonces. -Tanto, que las palabras entre nosotros sobran.
De pura sensación hechos, un miércoles desbordamos los límites y borracho de libertad el sábado disfruto los extremos entre celosos vigilantes. Nuestras miradas a hurtadillas son gloria eterna y C resplandece, Virgen, sé hoy, adorando al padre y al hijo, una sola sustancia que a su vez la reverencia en traje campesino, pues eso soy, hombre del pueblo en iluminación.
Enseguida y por las mismas causas estuve cerca de perder la razón. Ella no recordaba nuestra aventura, seguro, y sí lo que la llevó a mí, cuando con treinta y tantos años murió en circunstancias inexplicables.
-0-
-¿Te formó? -preguntaría extrañada su mejor amiga, en caso de leerme.
Sí. En semanas hicimos el tránsito entre la ella que concedía a todo pedido mío, al pleno dominio por parte suya, hasta aburrirla, creo. Yo aprendía: solo la pasión sin cotos conduce a nuestras cicatrices profundas, resplandeciendo.
No volví a ser el mismo cuando nos separamos naturalmente.
-¿En serio? -seguiría su amiga.
Desde luego que no, debo responderle, aprovechando. Exagero para revalorar momentos con mucho de estupidez. Empecé haciéndolo en otra viñeta (a la cual vendría bien sumar Demonios, que es más o menos justa):
Declarándome vencido dejo el camino que sube a La Loma, para cortar hacia la barriada en lo hondo. Estoy tan solo como imaginarse pueda y dimensiono la soberbia que cometí aceptando un encargo insensato.
Dos meses atrás la reunión mariposeaba hasta producir arcadas, pero eran tan hermosas nuestras compañeras.
-Anda.
-Tú puedes.
-Piensa en lo orgullosas que nos sentiremos.
Así decían a su manera con C por delante, quien quizá estimaba su particular importancia, pues había en ella una semi silenciosa procura cuya supuesta incondicionalidad me recordaba a Ana (todo condicionado, ¿observan?).
No existe, pendiente abajo en la Loma, parte de un todo al cual ahora desprecio, y tardaré en dirigirme lo que despepite cuando un discurso moralino nos use a ella y a mí.
-Aquí las parejas estables sobreviven gracias a como imperceptibles amores platónicos -echaría en cara.
Luego Simón y sus compañeros, expliqué a ustedes, nietos, permitirían librar unos meses ese infierno cuyo presencia bajo los pies gustaba recordar Nabor. Y C, hasta aquí oculta.
-Lo voy a querer mucho -decía C disparatamente en las jornadas de hoteles.
Todo era así entre ambos, todavía después de al dizque azar descubrirnos ante los demás.
Nos quisimos como dos seres a cuya insuperable, súbita soledad entre muchos le bastaba un buen pretexto: su belleza, mi aparente carisma -¿todos lo son?
No tuvimos sexo placentero con certeza y más contaba la simple comunión, nuestras lánguidas miradas, el arrebol, los cuartos que vividos a lo furtivo eran continuación de autos, barrios obreros, caminatas con rumbo presunto, atmósferas alcohólicas.
Te quieros y Te adoros volaban para certificar eso que luego negaríamos, y con nosotros los demás: el amor sin futuro y así urgente por partida doble.
Pocas veces fui tan hermoso.
G fue quizá quien más me quiso. Lo hizo por años y tenía cuanto yo necesitaba: bondad, belleza, simpatía, cabal comprensión de cuán importantes eran mis hijos y una niña pequeña como extra inmejorable.
Aceitunada, sus cabellos se ensortijaban como muñeca negra y un hoyuelo en los cachetes hacía que rematara el espléndido brillo de la mirada.
Por ella faltó nada para decidirme a dar un giro a nuestras vidas del cual ahora nos enorgulleceríamos los cinco.
Sólo restaba coincidir sexualmente, aunque G asegurara que era su mejor pareja amorosa.
-Sin tú placer el mío no existe -le dije una y otra vez tras esforzarse sin éxito.
Por años aparecí como un frívolo que la abandonaba cada tanto, y lo fui pues con mi ayuda habría encontrado su vocación homosexual sin separarnos.
A Segunda
A significó el paraíso que llega cuando la vida se vuelve un infierno -en el último círculo está perder a los hijos a quienes se crió, así sea momentáneamente.
Tenía a Mary Poppins como película de culto y de descubrir mis huaraches pueblerinos antes de nuestra primer noche juntos, ni un pelo le habría tocado.
Su cuerpo creó el nuevo arquetipo para mí: piel morena, cejas pobladas, talle estrecho y generosas piernas y lo que sigo sin llamar nalgas por el terrible uso dado a la palabra.
El rostro era pequeño, pillo, inteligente, adornado por un fleco rojo entonces inusual, y la imaginación, muy libre.
Sólo de sexo queríamos tratar, fuera donde fuera y no pasaba día sin él, jamás hasta la extenuación pues era imposible cansarnos, jeje. Físico y recreativo el mío -sonidos, luces, decurso del tiempo-, ganó al suyo, que tendía a la fantasía.
Literal adoración era ella para este yo. Desconocíamos los celos y la única pelea en dos años duró un cuarto de hora.
-Soy un puente en tu vida -le dije inaugurando la práctica que duraría hasta mi vejez.
Parco como voy, me detendré recordando un viaje a Acapulco.
Ni con camisa de fuerza habría ido sino fuera por A II, pues ya para entonces el puerto que mi niñez volvió entrañable era una mala copia de sí mismo.
En la autopista tomamos el asiento trasero aventajando a nuestros contrincantes, una pareja que nos ganaba en edad y, según pretendía, también en apetito, jeje.
Como había tiempo de sobra, A II cantó durante la primera hora. Tenía una voz pequeña y entonada que educó el tiempo en la farándula con su ex marido y me animaba a acariciarla ropas arriba y abajo, para darme pequeñas satisfacciones a horcajadas. Sueño, pensé, al modo de otras veces juntos: regreso a mi adolescencia cumpliendo lo incumplido.
La competencia iba en serio y ante airadas protestas que disfrutaba, el resto del camino AII nos dio arrebatadoramente el primer round -y después todos los otros, jeje.
O
O vivía en otro país, era bellísima y me llevaba a bailar a lugares fuera de moda, donde conocí cuánto poder cabía en un cuerpo. Con ella por primera vez las mujeres aparecieron como mares.
Columpiaba mi barquita por la pista, seduciéndome a pesar de su clara conciencia de que apenas verla me conquistó. Tenía razón: sólo desquiciándome terminaríamos juntos.
Nunca supe cuánto quería al mexicanito que conoció a través del padre de él, casi por entero distinto al mío, para entonces convertido en el gran personaje regional que siempre debió ser. (Estoy a punto de tirar la toalla. Cuánto cansa la memoria, jeje, sobre todo cuando es mala.)
Intenté quererla a distancia y la mejor noche juntos fue así. En un descampado escuchando a quien se volvía famoso de la noche a la mañana, metros adelante mío movía el cuerpo con cadencia. Y recordé una famosa canción medio boba y musicalmente muy buena, que le anunciaba a una adorable estar pendiente de cuando hiciera.
Demasiada mujer para este pequeño, pensé por su altura, sólo igual a la mía cuando quería complacerme con zapatillas.
Los ojos le brillaban aun cerrados, digo con cierto exceso, y la fascinación se completo por sus recientes aventuras, con un minero heroinómano, por ejemplo.
No me dejó quererla según pretendí y apostó al matrimonio, absurdo si se tenían dos dedos de frente, pues ambos estábamos prácticamente solos con nuestros hijos y para ella era imposible deshacerse del infame padre y yo no pondría diez mil kilómetros entre los míos y su madres.
Nunca estuve seguro de cuánto amaba al mexicanito y la última noche protagonizamos una escena sin sentido: la hermosísima tratando inútilmente de convencer a este hombre pequeño.
Durante dos años amigos mutuos me acusaron de traicionarla y exigían reconsiderara.
Ella no podía llamarse a engaño.
Punto y aparte a mi crisis -espero les informaran del tema- y vámonos recio con lo siguiente, que ni idea tengo qué es: una curul, un traje cardenalicio, la gracia divina, más bien.
Hasta el gorro de solemnidades, voy a lo mío, entre chilango posmoderno y dorado siglo, tan parecidos, primero con conteo de las changuitas que pasarán por mis armas este día.
Neta hasta yo sospréndome por mi guapura y desde el Casanova -y no hablo del Chango, rey del bofe (bofe, bofeta, box, pues, pin nacos y nacas)- nadie se me iguala en artes para envolver damas y guarras -¿ven?, había un cadáver y era femenino y debo envolverlo, para regalo navideño, aclaro, andando de moda las frías.
-Fanfarrón -dice la Inesperada, que apresentose el miércoles.
-¡Revivió! -pues el fiambre era ella.
Sus vecinos estimaban al tipo cuya locura parecía prudente, un desliz -la locura y el viejo, seguimos con los sujetos confundiéndose porque quieren, pues queda claro está vez quién es quién, ¿no?.
Tercera persona de la primera, estoy aquí por divina voluntad y sin conocer los motivos, que debe haberlos, imagino desde mi penthouse, computadora en ristre, diría el viejo, donde por futuros buenos billetes le plagio incunables, contagiándome, ya se ve. No es que valgan -¿agrego "éstos" o queda clarísimo?-, a mi entender -lean sin la coma y notarán su justo empleo (empleo, gran tema para el propio ruco cuyos enredos sintácticos me tienen loco también ((o sea, yo, como esa susodicha persona cuyo trabajo birlo a tal grado que ya hablo en gíglico (((¿pondré notas a pie de página para explicar los arcaísmos? ((((uy, cerrar el párrafo es un lío).
Todo mezclado, toca ahora ¿qué? Ah, sí: Arán es un isla al noroeste de Irlanda, que las furias del Atlántico del Norte intentan vencer hace milenios... A media tarde, en el único cuenco contra la pared rocosa, donde un pequeño rompiente modera lo poco que puede el fragor del océano, entre el estruendo ensordecedor una mujer y un niño estiran los brazos como si con ellos avanzarán por encima de las piedras y la espuma los tres metros que el sentido común les impide, siguiendo con mirada de pájaro el bamboleo sin mesura de una barca que tantea la lógica de la corriente embrutecida por sus impulsos hacia atrás y hacia adelante. Un poco antes de donde la ola se decide tres hombres protegen con un instinto animal olvidado por el resto de los europeos, la cosecha de peces recabada en días de trabajo y la madera que la desolada perspectiva de la isla, sin memoria de algo parecido a un árbol, explica es la diferencia entre la vida y la muerte.
Conozco muy poco la historia irlandesa y esa estampa salió de El hombre de Arán, un documental extraordinario. En todo quise ceñirme a los hechos cuando hacía un proyecto que fracasaría. Era para televisión y por primera vez en México abordaba con seriedad al Batallón de San Patricio.
El liberalismo nacional siglo XIX creó una imagen insostenible sobre esos centenares de soldados estadounidenses que desertaron durante la invasión de 1846-48. Me tragué redondo el bulo por veinte años, produciendo comics y radionovelas. Abonaba a una versión de izquierda sobre nuestro pasado, pensé hasta que las verdades gritaron.
Entonces fui a dar con algo realmente épico y fuera de sitio aquí, aunque la burda mentira prevalezca, gracias en parte también al producto final de mi trabajo.
La irlanda tradicional es demasiada gran cosa como para pervertirla, por poco que se sepa de ella. Toco el tema por Brian O´Donnell, el niño del documental a quien bautizo al antojo para hacerlo venir con las tropas intervencionistas.
Vive conmigo, como mi abuelo, el compadre Agustín al que por cierto vi hoy en un parque, y otro montonal de hombres y mujeres reales por sí y por misteriosos designios.
Si mi locura no tiene que ver en el asunto, puede explicarse a través suyo. Escojo un ejemplo entre miles. Es 152nomeacuerdo y Alvar Núñez Cabeza de Vaca naufraga en las costas de "La Florida" -así, entrecomillado, pues su nombre originario es otro, y así empezamos con el asunto a tratar- y pasa años a ambos lados del "Río Bravo" -los nombres contienen lo designado y al alterarlos Houdini entra en escena con desastrosos efectos-. Lleva un diario donde escribe cosas así:
“Muchas veces nos acontesció tres o cuatro días estar sin comer. Ellos, por alegrarnos, nos descían que no estuviésemos tristes, que presto habría tunas y comeríamos muchas y beberíamos del zumo y terníamos las barrigas muy grandes y estaríamos muy contentos”.
Muy cuco el cabrón, cuando llega a la recién titulada Ciudad de México hace nacer unas quiméricas Siete Ciudades Doradas en los pobres países que transitó. Al poco una pila de aventureros siguiendo sus informes cree descubrir en las orillas del Río Savannah a una reina de cuento, por el séquito que la lleva en andas, y no duda un segundo. Basta el collar de perlas entregado por ella al capitán en señal de cortesía, para que a punta de mosquetes, espadas y puñales se le ordene llevarlos a la aldea, donde tras expurgar el último rincón la rabia no se detenga ante nada, ya que no hay allí ni una perla más ni huella de las piedras preciosas que el delirio despertó.
Entre locos, como ven, soy cuerdísimo, y mis manos, les juro, jamás se mancharon de sangre. ¿Otro caso, posmoderno ahora?
Mi ciudad tiene una señorial avenida que ordenó levantar el rotundo orate de Maximiliano de Hansburgo, para copiar ¡a París! Hay veinte rascacielos esperando sumarse a la pretensión de retar al cielo, que experimentamos en los últimos diez años. ¿Quién los ocupará? Nobody, saben sus constructores, pues ni en Narcocorruptilandia, según llaman a este infortunado país, hay suficientes matarobaloquesea para ocupar esas madres. Ni idea sobre el asunto tienen los Dylan Thin Man que pronto comprarán bonos Paseo de la Reforma en Nueva York, Tokio y demás -para ellos y ellas Enron no sucedió, y continuamos, pues, con severos problemas mentales.
Locura, cierto, que Brian viva conmigo, si ni siquiera existió. ¿Perdió menos la razón nuestra memoria histórica sobre los San Patricio, a quienes, para más, el primer presidente mexicano de derecha confesional llevó al cementerio cívico? ¿De qué estamos hablando, equilibrada izquierda ligth?
El viejo que continúa y yo que lo plagio, ya no sabemos cómo va la cosa.
T y la real alfombra mágica
El paraíso es cosa muy rara. Emborracha cuando uno asoma afuera.
-¿Por qué somos tus amigos? -preguntaron y me quedé callado.
-No sé -respondo hoy haciéndome un poco tonto.
Vivía entre la nostalgia contemplando el horizonte que traían los autobuses ida y vuelta desde mis entonces pequeñas ciudades, y lo que ilustro a continuación.
El hacedor de milagros me creía y decidí seguir los pasos de V, quien un buen día dijo Total, y aunque muriera en el trayecto se entregó perdidamente a una de esas criaturas cinceladas en el alma por las películas y los boleros de la vieja época. La esquiva, pues, siempre como de noche, con un cigarro en la mano recargada en el piano que cantaba sólo para el lujo de ella, de su par de satánicos ojos prometiendo estrellas y sangre, pongamos a lo dramático.
Mis gracias no daban mayor resultado por sí solas, de modo que el empeño fue inútil hasta que un par de amigos crearon una aureola en torno mío y me condujeron a un lugar frecuentado por mujeres hermosas, despiertas, eufóricas a su vez. Una mañana escuché una voz y levantando la cabeza encontré frente a mí a quien parecía cumplir a perfección los requisitos de mortal dama o su remedo.
Tenía bastantes años menos que yo y se me dio el equivocado informe de que estaba separándose de su pareja. De saberla, la verdad me habría detenido, pero llegó tarde y contribuyó a colocarme exactamente donde quería.
La joven era o parecía, pues de ella no conocí nada en verdad, una explosiva mezcla de altanería y piedad y había una universal procura de sus favores o sus sonrisas. Al mes de coqueteos que sin duda consideraba naturales y así para mí infructuosos, renuncié a la posibilidad con un aire de tristeza que la conmovió.
Esa noche fuimos a donde habría de consumarse el entendimiento, para terminar en los escalones a la calle con la ternura de mi hombro ganando el derecho a abrir las puertas de ella por algo más que un rato.
Años después me vendría un placentero sueño. Era la extensión de la vez en que rumbo al cine, al volante y contra su bravucón estilo, sin motivo pidió escogiera la ruta y como una niña a la deriva remató con lo que los días siguientes confirmarían:
-Vamos por dónde tú quieras.
No había más afán deportivo ni personajes de película hablándome al oído. Había un hombre agradecido prometiéndose cuidar de aquélla generosidad, así la disfrutara por los diez minutos tras los cuales la joven volvería a su justo sitio.
Se acercaba la navidad, me adelantó que preparaba para mí un regalo y durante una semana estuve a punto de perder la razón. Grababa una cinta de música para ella y cuanto escogía acababa pareciéndome pobre, cursi o anticuado. Entré en pánico y decidí no darle nada y olvidar para siempre el asunto.
En días quise echar marcha atrás. Demasiado tarde, dijo, y no supe si yo seguía siendo el de la noche del cumplimiento o el del reto originario:
-Te resistes, reina. Mejor. Soy la viva imagen del músico ese que me gusta a rabiar y hoy mismo girarás a mi alrededor como mariposa.
Al poco y viéndome convertido en piltrafa me dio una tarde que no fue la reparación del antiguo fracaso, pero al reivindicar la magnanimidad de ella y mis empeños, despejó el camino a años de cumplir mis fantasías con la princesa, procurándome romances en los que asumía el papel demandado por ésta.
Esa mujer y quienes estaban a su alrededor eran los que preguntaban por mi amistad.
-Trataron con un borracho -les digo ahora. -Si bien nada se me había perdido entre ustedes, recibiéndome con amabilidad como advenedizo, ahí estaba, cada puntual fin de semana.
La vida está en otra parte, escribió alguien, ¿recuerdan?, y tan pronto pude desaparecer ni el polvo de mí vieron.
Lo siguiente, otra vez rebautizada Lola Lola, fue un desatino. ¿Le pediré diculpas por ello? No hace falta, ¿verdad? Basta esa noche en El resplandor. Respecto a que entré a su cuarto al amanecer pretendiendo ultrajarla tras diez horas durante las cuales pude intentarlo y mejor ideaba cómo darle mortal fin... jeje. Perdónme el ex-ahbruto! -expresión de marca patentada-. Hasta este yo borracho tiene mínima dignidad. Con vuecencia son precisas las aclaraciones, ni modo. Como aquella cuando en un periódico preguntó por mi tristeza para contestarse que se debía a usted y hube de decirle: De mujer no desfalleceré, esté segura, así fuera M, con quien recién sostuve la más tormentosa relación.
En cuanto a quien nombraré A, no encuentro qué decirle. Fue muy cálido cuando nos rencontramos con nuestras respectivas crías o mis nietos, y un patán en el momento menos propicio para usted pues pude correrlo como antes se hacía a los perros: a patadas.
Se hacía pasar por revolucionario y sus amigos le llaman Marqués por los aires que se da viniendo de donde cualquiera.
Vestía gazné e impoluta chamarra encuerada -vale la palabra- al exhibirse ya viejo en una de esas marchas públicas a propósito para redondear su falso papel. No se había enterado que el país vivía otros tiempos y ahora sí la cosa iba en serio. Al frente desfilaban los pobres entre pobres, seguidos por quienes retaban cuanto se les pusiera enfrente.
-Qué mal te ves -dijo mirando con desprecio al yo que rodaba uno tras otro campamentos, asambleas clandestinas, bloqueos.
Ni caso hice y bien pude echarlo de allí.
Por
cierto, también cabía hacerlo con T al toparnos donde ella iba de
funcionaria y este su antiguo amante coorganizadaba el espléndido acto
vecinal al cual fue invitada para soltar dinero del Estado.Todavía hay clases, dicen, y ustedes siguen perteneciendo a la inútil que, ganen tirios o troyanos, desaparecerá.
Mi real alfombra mágica en los tiempos compartidos aquéllos, no era la mortal dama, sino dos pequeños, el paraíso que representaban y la nostalgia después desaparecida, pues llegué a puerto.
Hospital general
Paraíso
Viví en el paraíso y dos veces me echaron de allí, digo en Desde la azotea, ¿recuerdan? No fue con Eva, ya saben, sino acompañando a dos niños a quienes les deberé lo mejor que pudo haber en mis cuadernos personales -sigo empleando un amanerado sistema de símbolos (por algo durante aquellos años, insistiendo sin éxito en que Tiempo de caminar quedará bien, me asusté al leer a Carlos Monsvaís refiriéndose a nuestra primera, cursi generación romántica: No importa qué escriba, sufra tanto y con tan pocos motivos como pueda, jeje).
Mi primera expulsión se produjo cuando el país atravesaba una crisis social cuyas dimensiones no terminé de entender hasta que mucho después revisé estadísiticas. Cierto, veía a trabajadores y trabajadoras por miles, convirtiéndose en comerciantes callejeros, taxistas, etcétera. Conocía a muchos y el proceso resultaba tristísimo, pues ayer eran torneros, paileros, soldadores y demás, orgullosos de una profesionalización que en muchos casos les tomó dos generaciones, peleándose, pongamos, por espacios para tenderetes con ayuda de siniestras lideresas -el empoderamiento femenino estaba a tope entre los ambulantes, según les decimos.
Enajenaban tambien su propio poder colectivo, adquirido en años de ejemplares luchas que prometían llevarlos a otro paraíso, no como ese mío.
En el campo la pasaban muy mal a su vez, pues desaparecía el complejo aparato derivado del cardenismo, que materializó promesas hechas por diez años a sangre y fuego -la Revolución, para decirlo en una palabra- y les daba créditos, formas de almacenaje y comercialización y demás.
Los ingresos familiares se desplomaron, por primera vez la matrícula escolar cayó y, en un ejemplo ilustrativo, el cómic, su industria, no fue ya ni recuerdo, apenas luego de producir y exportar más que los mismísimo Estados Unidos, en términos per cápita, y así se fue a la mierda el modesto acceso a las letras para millones y millones de paísanos alfabetizados y ya, nomasito, y felices con malas, regulares y estupendísimas historietas y ese derivado suyo que encontraban en las fotonovelas.
Eran los primeros años ochentas, no crean que hablo del pleno neoliberalismo. La sociedad no se repondría del golpazo y tras dos nuevas grandes batallas -por los predios al llegar el sismo de 1985 y la derrota virtual al PRI en 1988- se entregaría.
Yo recuperaría el paraíso y para darle un extra podría dedicarme a otra Ella:
Casi Memphis, Tennessee
Para Juan y para mí en aquéllos años, autobuses, unos cuantos trenes y caminos a pie, igual si duraban dos días que veinte minutos, nos condujeron a un paseo por las estrellas, de todo tan desconocido. Él se cuidaba de hablar de ello, para completar la impresión de que estar a su lado era mirar un espejo donde el mundo y uno se descubrían al borde de inesperados e inimaginables precipicios.
La primera vez que fue al extranjero lo acompañé. La emocionada forma con la cual aguardaba el despegue del avión, que tampoco conocía, la tradujo en un comentario:
-¡No tienen vergüenza! Uno esperando años para vivir la experiencia y ponen música de dentista.
Yo vacilaba entre lo aprendido y mi natural estupidez, y sólo gracias a él recordé que el mundo no dejaría nunca de ser ancho y ajeno, y que nada había tan falso como la moderna pretensión de andar largas distancias con familiaridad, cruzando pueblos, paisajes y humanidades profundamente distintos a los propios, sin acostumbrar los sentidos y la razón con la extraordinaria calma requerida, de modo que se marchaba sobre la nada, en una suerte de sueño.
Durante el viaje aquel al extranjero J era tan a la vista un hombre arrancado de casa, que quienes lo topaban se sentían incómodos, ni más ni menos que ante un poblador del más primitivo, recóndito lugar. Algo semejante pasaba conmigo y con la absoluta mayoría de los viajeros que cruzábamos, sin embargo los otros nos esforzábamos por presentarnos como cosmopolitas, esa especie que cuando lo es en verdad encarna una extravagancia cercana a la de los extraterrestres: condenados, bíblicos, errantes vagabundos.
Expuestos al continuo, amenazador asombro, la conciencia de la soledad no hallaba reposo sino entre nosotros. Tanto daba entonces pasear por los puntos turísticos de una ciudad, que por sus espinosos rincones, y así una y otra vez topábamos con calles que un vacacionista o un agente viajero no habría visto jamás, en situaciones de las cuales salíamos con suerte justo por nuestra patente, humilde extranjería, que a su vez tomaba por sorpresa a los lugareños, por ello a ratos amables, interesados en el país del que veníamos, cuyo exotismo acostumbrábamos recrear para su beneplácito.
Habíamos descubierto este recurso en una pequeña ciudad metalúrgica digna de una película del cine romántico, donde a las preguntas de un muchacho de diez años convertimos a nuestro país en edificios curvados, campos grisáceos y cielos rojos, cuya existencia él se apuro a compartir con los escépticos amigos.
Por eso en aquél primer viaje no fue del todo un despropósito, por ejemplo, que en el tren a la entrada de la más cosmopolita ciudad del mundo nos diéramos ánimo con una pistola de plástico, regalo de un detergente y de tronido apenas concebible, para enfrentar a la punta asaltantes y asesinos que infestarían el lugar. Cada poco discutíamos luego quién debía portar el arma, a la mano lo mismo en un barrio musulmán que en una céntrica cafetería, pues el mesero representaba no menos peligro que los hoscos rostros a la vuelta de la esquina, y era, por supuesto, mucho más intolerante, metido en el traje de engaños por el cual durante una horas al día podía negar el pequeño, ruinoso departamento esperándolo al final de la jornada.
A los pocos días di el paso inicial en mi primera crisis adulta, no pude salir del cuarto del hotel y nos marchamos para que buscara refugio. Al separarnos en un puerto de un tercer país, viendo a J alejarse por el muelle con un libro de poemas, supe que la mejor parte del viaje le estaba por venir, ahora sin la obligación de decir palabra sobre la realidad que se le escapaba y no revelaría sino lo poco que permitieran años de madurar dentro de él.
Para el paseo que quiero contar, la cuestión apareció de una distinta manera. La otra ciudad cosmopolita, punto de arranque de la ruta que curiosas fantasías me llevaron a plantearle, lo inquietaba particularmente, y para tranquilizarlo le aseguré que sí éramos capaces de sobrellevar la nuestra, cualquier cosa en la visitada resultaría pan comido.
No lo hago de momento pues después de cuarenta años ese par de meses no terminan de madurar en mi cabeza. Sólo adelantaré que Juan cumplió el viaje a cabalidad, solo, apenas hace unos días y pudo contármelo en unas breves líneas de correo.
-0-
La vida es curiosa y las intimidades de Tenneesse llegaron a mí buscando a Bryan O´Donnell, a los antecesores de sus compañeros en el ejército, los pueblos del continente contiguo al Niño de Piedra y la infamia tras cuyo rastro anda Demasiado humano. Entonces aquel loco viaje que inesperadamente propuse a Juan, lo ordenó el futuro.
Entre 1770 y 1830 ocho millones de hombres y mujeres de la costa atlántica siguieron la caída del sol tras los Apalaches que el gobierno británico había impuesto como barrera a la colonización, hacia la asombrosamente pródiga cuenca del Mississippi y más allá, rumbo a las Rocallosas.
La tierra, confundida, se conmovía con la avalancha humana, con su peso de carretas, caballos y embarcaciones cargados con todo lo imaginable y su brutal estrépito de hierro y madera, de disonantes voces de cerdos, reses, perros y gallinas. La prensa y las memorias de la época trataban de apresar en números la impresión del tumultuoso precipitarse atravesado por una fe en la que se creía reconocer las trompetas de plata de Moisés anunciando el reino de Israel:
“En un mes, la villa de Robbstow vio pasar 236 carretas.” “Informes provenientes de Lancaster establecen que se contaron en una semana 100 familias que cruzaron la ciudad.” “Por Eaton pasaron 511 carretas con 3,066 personas en un mes.” En el mismo Muskingum de las mágicas semillas de calabaza, un probable conocido de los Taylor contabilizaba 50 carretas en un día, mientras los ríos se sembraban de pontones, lanchones y chatas.
Era una historia de grandes esperanzas y sufrimientos. “Una familia compuesta por 8 miembros, en viaje de Maine a Indiana hizo a pie los más de 600 kilómetros a Eaton, Pennsylvania.” “Un herrero de Rhode Island, en pleno invierno cruzó Massachusetts rumbo a Albany (alrededor de 300 kilómetros). En un carrito iban algunas ropas, algunos alimentos y dos criaturas. Detrás marchaba pesadamente la madre, con un pequeñuelo en brazos y 7 niños más a su lado.” El diario de un observador daba cuenta de un par de embarcaciones improvisadas, amarradas una a otra, con cabañas construidas en lo alto, que transportaban a familias y granjas desmontadas con todos sus efectos, en una especie de hogar viajero sostenido por sus rutinas, cuyo símbolo era una anciana con anteojos que en una silla se entregaba a su tejido.
Se instalaban en un lugar que parecía bueno, otros pasaban de largo dejando el rumor de nuevos y mejores lugares. Entonces los más arriesgados o los menos favorecidos tomaban de vuelta el camino. Eran tan frecuentes las mudanzas, que un futuro presidente aseguraba que a uno de sus vecinos todos los años en primavera las gallinas se le acercaban y cruzaban las patas, aguardando que las atara para el viaje.
Un recuerdo éste, tocado por el mismo impulso de imaginación que hacía florecer con clavos a una barra de hierro y que sólo así era capaz de recoger los auténticos milagros de la aventura que en menos de medio siglo multiplicó por seis el territorio de las trece colonias primitivas. La aventura dejaba en la mentalidad del país una huella imborrable y consolidaba y definía a la democracia nativa. Así, privilegiando la anécdota, subrayando los rasgos excepcionales o caricaturescos de la realidad, vacilando entre un agrio y desenfadado humor y un gusto a Viejo Testamento, se construía una percepción del mundo, una memoria y un habla que contribuirían decisivamente al surgimiento de una religión, una conciencia y una literatura nacionales.
Una larga serie de estereotipos estadounidenses estaba ya presente en el río de historias que desde el Oeste prosperaba entonces por el resto del país. En la anécdota, por ejemplo, del viajero que detenía su caballo donde el lodazal de un camino se volvía infranqueable y descubría un sombrero sobresaliendo del fango, que se agitaba. “Al viajero comenzó a helársele la sangre, pero juntó suficiente coraje para levantar el sombrero con su látigo de montar. ¡Cáspita! Debajo apareció la cabeza de un hombre, que se volvió hacia él y exclamó:
“-¡Hola, forastero! ¿Quién le dijo que me hiciera saltar el sombrero?”
Reponiéndose de la sorpresa el forastero se preparó a bajar del animal para ayudarlo, pero el otro lo contuvo:
-”¡Oh, no se preocupe usted! Verdad es que estoy en un aprieto, pero tengo debajo mío un excelente caballo, que me ha hecho atravesar sobre su lomo más de un sitio peor que éste. Nos las arreglaremos.”
Se necesitaba en verdad humor, capacidad de sacrificio y decisión para emprender una tarea que, por lo demás, para muchos era una especie de obligación. “Consideremos el caso de los desheredados, sin una hilacha de su propiedad, deslomándose en el trabajo y no obstante siempre con el fantasma de la cárcel de los deudores ante su vista: ¿cómo reaccionarían esos hombres frente a la posibilidad de recomenzar en una nueva región.” O a un labrador que roturaba la tierra hasta agotarla o que “desde el primer día tuvo que luchar con un suelo pobre o pedregoso”, para quienes la promesa de América no se había cumplido o sólo en términos miserables.
Eran seres humanos que tras las flechas de los indios encontraban a las de los mucho más peligrosos bancos, que cada poco amenazaban aumentar los intereses o expropiar las tierras adquiridas a los grandes concesionarios del Estado. La avanzada de los colonos entre el Muskingum y el Ohio, pongamos por caso, había sido precedida por la compra de derechos sobre 600 mil hectáreas, de parte de una compañía dirigida por un general y un reverendo, a la ganga de 20 centavos por hectárea. Para el colono los dos dólares o el dólar y cuarto al cual se redujo luego el precio -de seis a diez tantos de ganancia, pues, para los especuladores- en principio podrían parecer más que razonables, pensando en las virtudes de suelos, climas y aguas a tal punto de veras anchos, favorables y abundantes que frecuentemente permitían sembrar sin haber roturado y que entregaban dos cosechas por año.
Pero para hacerse del lote tipo, de 640 acres, la absoluta mayoría debía recurrir al crédito de las instituciones del Este, que medraban tan a gusto como los concesionarios. Dos o tres letras se acumulaban y los colonos recibían los anuncios de lanzamiento, que los incitaban a la revuelta. Así había sido desde muy pronto, en presagios de auténticos conflictos de clase. Comenzaba la gran empresa cuando en 1786 multitudes de granjeros, dirigidos por un capitán retirado, llevaron su coraje hasta amagar con el asalto a un arsenal y no desistir de entrar a la mismísima Boston sino porque milicias de honrados ciudadanos los forzaron a retirarse a los bosques y rendirse, mientras la caballería formada por probos e iracundos estudiantes “sembraba el terror entre las familias campesinas”. Revueltas que si entonces y más tarde no llegaban a extremos era por la alternativa de marcharse y recomenzar, hacia el prometedor horizonte contemplado por Jefferson.
Descendientes de esos colonos son quienes en 1846 forman el sector de soldados nativos del ejército regular estadounidense, con los cuales departe Brian O´Donnell.
Volver a los diecisiete
No hay día sin que escuche a Bob Dylan de ida y vuelta por la Autopista 61, deteniéndose para hacer el amor a una granjera y salir de inmediato por la ventana; experimentando la tercera guerra mundial en calles donde se diría no pasa nada, o desviándose hacia un valle en cuyo fondo se guarda la más misteriosa mujer, ante quien rendirse sin esperanza.
Mientras él anda sin parar, yo invariablemente a la primera obligada pregunta de los que llaman por teléfono, respondo:
-¿Qué hago? Ya sabes: duro on the road de la recámara a la sala.
Detrás de la broma el viaje para encontrar la batalla de todos y todas por la vida cotidiana clavando tumbas en cada uno y una -legítima preocupación por el género.
Eso era hasta hace una semana, cuando me ofrecieron volver a los diecisiete.
Entonces un jueves por la tarde estoy en Villa López, Chihuahua -cinco mil habitantes-, en un patio que un pino-estatua y un álamo sombrean, columpiado por las voces de tórtolas, zanates que aquí de los graznidos pasan al gorjeo y los para mí casi míticos cenzontles. Don Ramón bebe un vaso de agua para aliviar la ronquera de hora y media sin parar hablando a mi grabadora, con sus casi perfectos noventa y cuatro años que giran en torno a un ejido –dotación de tierra colectiva.
La tarde está cerca de coronar lo que empezó en Gómez, como llaman los lugareños a una de las ciudades que forman La Laguna -el altiplano seco e interminable del norte mexicano, el cielo en una de las versiones azul pálido y nubes rasgadas.
Un auto cada minuto en ambas direcciones por la avenida principal, frente al auditorio donde mujeres de las colonias, trabajadores y trabajadoras de una docena de sindicatos, preparan un primero de mayo especial.
Entre una y otra estación del viaje en el autobús sin horario fijo Benedicto pide al chofer dejarnos en la tercera y no en la segunda gasolinera de Ciudad Jiménez sobre la carretera, como debiera, pues ahí esperan Martín y su Chevrolet 1981, cuya facha queda perfectamente definida por el preció: cinco mil pesos.
Luego frente a un caldo de camarón en el Cangrejito Playero, tengo el honor de compartir con Juan facha Gepeto, el exlectricista y agitador de Chihuahua capital, y las casi cuatro décadas de fiereza del lagunero Domingo, más conocido en el rancho que el presidente municipal.
En otra parada, en el diario que les destino escribo al futuro de los nietos:
“Quisiera no estar tan cansado y no echar la siesta, que es justo el tiempo, pues a occidente el reloj se me adelantó una hora. Quisiera, los nogales de la calzada."
Volver a los diecisiete. Al final de San Ecatepec de los Obreros digo que hace treinta años y cinco años tuve que marcharme de ese municipio industrial y que no me recuperaba hasta hoy.
Hoy es ayer y no ahora... confío.
Entre la dictadura y la graciosa huída
Esto es lo último que escribí, creo, para La ilusión..., hasta ahora, jeje.
La cuestión sube de tono. ¿AMLO atrae panistas o es copado por ellos? Aquí Espino arenga, Obrador en medio y a su izquierda Germán Martínez:
Los principios a volar, estamos de acuerdo, pues hay algo superior. El resto ya no se reduce a estrategias.
En fin, mejor para lo que vendrá, más allá de la efímera y entrecomillada Cuarta República.
Quitando los momentáneos enojos, todo marcha sobre ruedas. Ganará AMLO, deberán reconocérselo y luego vendrá el movimiento social y civil a rescatarnos.
CASI TODO (SOLO CASI) LO QUE
AL MATADERO, BIENVENIDO.
Ahí está, el gran momento de Obrador hasta ahora. En fondo debería sonar la famosa canción con Robert Plant y Jymmy Page al frente.
A otros no se nos fueron tres pequeños detalles del en verdad gran momento escenificado anoche, pues AMLO ciertamente se vio bien. A saber, jeje:
1. "Yo creo que si se aclara lo de Ayotzinapa (...) se va a fortalecer una institución que es muy importante (...) el ejército", dijo el candidato y uno, sacástico y como mero ciudadano, pregunta ¿hablaba de depurar a las fuerzas armadas o estaba validándolas y se acabó el ¡Fue el Estado!, que documentan el Grupo Interdisciplinacio de Estudios Especiales, perteneciente a la CIDH, periodistas especializados y organizaciones nacionales expertas en la cuestión -bueno, quizá lo fue, sin uniformes militares, responderá quién sabe quién, mintiendo tanto como la "verdad histórica" oficial y sus ¿dos? lígeras correcciones-?
2. Hincada, escuchando el requinto, Pejezombilandia tiene un orgasmo:
¡Carambolísimas, Chomsky está de acuerdo! Se deben "distinguir dos sistemas de poder: el político y el económico”. El tema es complejo, al parecer, en palabras de un tercero: el poder político es "divino" y "está por encima del bien y del mal, y el poder económico: el material. Marx se llevaría las manos a la cabeza pues "no dividía al poder de la clase dominante que se ejerce a través del Estado capitalista".
Haiga sido como haiga sido, el Peje no piensa en éste o aquél. Quiere conciliarlo todo. Agua y aceite, se entiende, nacieron para ayuntarse.
La frase, digamos por no dejar, es ge-nial, ¿o no, Sr. Sentido Común?
3. El que así habla compara su proyecto, ahí nomás, con nuestras Independencia, Reforma y Revolución. La Cuarta República, según le llama, llegará haciendo tabla rasa del pasado y con órdenes giradas desde Los Pinos a nuevos Melchores Ocampo, Riva Palacios, Guillermos Prieto, Ignacios Zaragoza y síganle por el magnífico paseo que corta esta ciudad capital, estatua tras estatuta de hombres cuya generación será única hasta el Apocalipsis, jeje -y eso que no me cae bien su obra.
La significación de lo que apreciamos este viernes se subraya tras las contundentes declaraciones hechas por el gran empresariado contra Obrador:
VA DESPLEGADO DEl CEE. SERÁ LUEGO. PERDONARÁN, ANDO CANSADO, JEJE.
(Y ora sí llegó el último viaje sin más, para este firmante individuo, pues me odian bien y bonito, jeje.
(Que por fortuna AMLO ganará electoralmente, ni duda, como advierte el operador de la guerra sucia en contra suya durante 2006: https://twitter.com/Megafono_Mx/status/992217860876488704)
PD terrible, que apoya el runrún soltado por el Frente (PANPRD), sobre un acuerdo entre Peña Nieto y AMLO (y no está mal, dígome yo, si así fuera): https://www.animalpolitico.com/2018/05/tribunal-electoral-spot-mexicanos-primero-ninos/.
PD de la PD para parvulos.
Se asombran de esta nota porque hace mes y medio leyeron con el culo los coqueteos entre Slim y AMLO (pasar a la nota corresondiente, sabe cuál, en este blog jjjjjj)
http://www.lapoliticaonline.com.mx/nota/111643-el-gabinete-de-amlo-no-descarta-una-negociacion-con-epn-y-slim-para-seguir-el-nuevo-aeropuerto/
Slim, por cierto, no firmó el desplegado. (Agregado: EPN entra en los tratos, jeje.)
PD de la PD PD "alivíante, Yo", jeje.
1. En ciertos ciertos círculos muy altos del poder, cuentan los chismen, se asegura que Videragaray y otros negocian en Washintong un buen recibimiento de AMLO.
2. El propio Consejo Coordinador Empresarial declaró hoy que no tiene problemas con quien llegue.
3. En la entrevista Don Peje hizo propuestas muy interesantes. Hasta Cuarta República le ando creyendo, tras enojarme, si como él mismo advierte: Será obra de millones de héroes anónimos.
Si tiene el talante, amigo, bienvenido sea. Mesías autoconcebidos y creados por las mayorías no aparecen cada tercer día... durante unos meses, nomasito. Sirva usted de Madero, pues, de quien su señora -¡Dra, válgame dios!, ¡e historiadora y escritora! (mala, jeje) dice: El pueblo no lo mereció (no pongo comillas por no certificarlo en un video) ((no mereció a Madero, no merece a AMLO y, en consecuencia, no la merece a ella, jeje) ((en esto tal vez se parece a la muy pilas y honrrada Tatiana Clouthier, mano derecha de Obrador (((¿o inconsciente cerebro, a estas altura?; ¿es ella la que lo anima a recibir a Espino y antes a Germán Martinez y Tal Cuevas, también ultraderecha panista?; ¿debe tenerse cuidado de la además muy guapa mujer?).
-0-
Ahora sí debemos volver a lo pospuesto.
¿Una novela?
Las sirenas, las voces del abuelo, Agustín y los demás discutiendo.
-"Esta es la cara del Katún, del Trece Ahau: se quebrará el rostro del sol. Caerá rompiéndose sobre los dioses de ahora...” -dice un coro quién sabe dónde.
-"El mar será un fluido rojo y el cielo como sangre
"Sangre roja de guerra teñirá el mundo hasta la cumbre de los montes..."
Nuevas frases se suman, hasta el infinito.
-Ya está, siéntate.
¿Cómo describir a A entre titubeos, para tenerla en el momento que sólo puede darse una vez, si hay suerte? Aunque sea aparición, no la dejaré marchar. ¿De exigirme abandonar mi sueño, el otro, lo haría? Imposible imaginarla pidiéndolo. Creo aun que sin él yo carecería de sentido a sus ojos.
-Ella.
-Él. Apenas nos hemos tocado, ¿te das cuenta? ¿Sabes con quién pensó mi mamá que iba a casarme, cuando le conté?
Contesta mi rostro, gesto de muchachito, según el espejo.
Algo estalla lejos con una fuerza inusitada.
-¿Qué tan duro va a ser?
-Mando un mensaje a mi hija.
Yo recibo. "¿Y eso, pa?" "¿Dónde fue? ¿Estás bien?"
Quisiera a los nietos cerca. Porque la explosión se produjo, más allá de mi demencia mayor o menor. Nunca escuché una en este país acostumbrado a sangre por toneladas. La muerte adquiere otro rostro.
Llegan mensajes en retahila y juntos precisan el instante. El poder apuesta por una lucha interna.
Congratulémonos. Había la impresión de que golpearían sin medida en un sector popular organizado, provocándose.
-Esta noche pensemos sólo en nosotros -digo para ganar el minuto a minuto que necesitan muchos años madurados entre ambos.
Despierto otra vez. ¿Soñé reglamentariamente o con los ojos como platos?
¿Y Ella?
-A -grito por ver si solo salió del cuarto.
Amanece y el abuelo se planta en la puerta.
-Seguimos esperando.
Ando tras sus pasos. Allí están todos. Representan a La corte de medianoche que surgió de unos escritos para los nietos.
-Llegó el momento -dice él.
Callo pues quizá mal interpreto. Mi compromiso es contar sus historias, no más.
-"El mar será un fluido rojo" -recita O´Donnel y El niño de piedra se encima:
-Los blancos no son huéspedes de un momento; han llegado para hacerse amos de todo y es preciso liquidarlos. ¿Recuerdas la revuelta del jefe Pontiac?
-El principio del final.
-¿Sabes algo que no me hayan dicho?
-De hoy y de mañana.
Se escuchan pasos. Es A, que viene por el pasillo.
En un parpadeo quedo a solas, ella entra.
-¿Sientes mi ausencia en la cama el primer día?
-Pierdo la razón, veo cosas que no existen, soy incapaz de distinguir entre fantasía y realidad... incluyendo a ti.
Pega su cuerpo al mío.
-J, no desconfíes en nada de lo que pienses o sientas. Pagaste el derecho. A mí, por ejemplo.
-¿Ves? Esa frase es puro delirio.
-De los dos, entonces.
-¿Nos encontramos en el sueño de cada quien?
-Sí. Unos que empezaron hace muchísimo.
-Demasiado diálogo -pienso. -¿Novelo y en consecuencia da lo mismo?
Ella atiende con amoroso detalle mis gestos, el ritmo de mis silencios y palabras.
Suena la música africana que me embelesa. Sobre una sencilla, repetitiva base, es hipnótica y nuevamente ideal.
Daría la vida, sí, por Ella. Vengo haciéndolo hace ya no importa cuántos años o segundos. Siempre en el tiempo el secreto, hoy se trata de transgredirlo. Finalmente "todo lo sólido se desvanece en el aire", ¿cierto?
¿Por qué pienso o escribo eso? Anda, dímelo, A, si estás en mi cabeza y no ahí, cuerpo contra cuerpo, tan marea el tuyo, bamboleándome sin moverse. Ya caigo. Nos hablamos en silencio, ambos a través mío, y el tiempo...
-Dime algo sobre el tiempo -le pido.
-¿Reinó?
Tú dictas, yo escribo, y los demás hacen otro tanto, ¿niéguenlo?
Dije que amanecía porque los pájaros así indicaron. El sol es un presagio por su pálido anuncio tras las montañas y la ciudad tiene calidad de sombra. ¿Cómo pasaron las horas, si Ella llegó casi apenas anochecer?
Luego del estallido busqué fuego inútilmente y ahora hay humos en columnas por varias partes. ¿Fue un golpazo simultáneo? Imposible con tal precisión. ¿Por qué nadie llama o mensajea? El celular está descargado.
¿Sí?
-¿Y tu computadora? -pregunta A volviendo a adivinar.
-Se fue la red.
Reviso el teléfono. Muerto. Queríamos una batalla a ras de suelo. Ya está. ¿Quién produjo los humos?, ¿ellos o nosotros? ¿Y cuáles nosotros? La organización tiene una extraordinaria horizontalidad y así el impulso queda en manos de cualquiera.
-Ni un murmullo.
¿Y los vehículos militares? La policía quedó fuera, sin duda. ¿Así nada más? ¡Tampoco pasan aviones, todo en una ciudad gigantesca! Antes en mis fantasías salíamos de entre la tierra.
El país a minutos de que empezará este enredo era tangible, como mi participación en él.
-También lo demás -dice el abuelo.
-¿Se pueden ver?
Contestan con un movimiento de cabeza.
-¿Contento? Ahora atendamos nuestros asuntos. Estás adelantado varios días y así tienes tiempo de informar a los demás.
-¿Quién crees que soy? Tú dirigiste una república en guerra. Mi lugar es muy modesto.
-Hoy todos están obligados a trascenderse. Está en juego una nueva civilización.
-Sé, pero no aquí y ahora.
-Aquí y ahora, o ayer para tus efectos. Entre la explosión y esta madrugada se decidió el futuro en buena parte. En buena parte, nada más.
-¿Y qué pretendes que haga?
-Cuéntalo.
-¿Cómo?
-Ten.
Pasa un legajo: actas, publicaciones, fotos, mapas, en papel. La era cibernética parece recuerdo.
-¿Nuestros hijos cómo están, y mis nietos?
-Bien, los cinco. Marcha de una vez.
Ella me extiende una chamarra. Está preparada para salir.
Sí que trabajé por ti, seguro de que no te tendría, y sí que llegas a lo exacto, le digo sin decir.
-¿Cómo es el diálogo de nuestra película?
-"¿Cuánto dura el mañana?"
Fin del primer capítulo, debería escribir pues así conviene al relato. Estando en presente no hay modo. A menos que...
-El ejército. ¿Qué día es?
-Jueves.
Reviso. Sesenta y tres mensajes.
-Ya hay señal. ¿Tu computadora tiene clave?
-Vamos.
En la calle gorriones y tórtolas festejan de una extraña forma.
-Te quiero -dice ella y nos besamos aprovechando el perfume de la jacaranda que se abre al día.
Los voceadores discuten frente al periódico en lugar de trabajar, y en cambio el ir y venir es común, a cuentagotas por la hora y sombrío, en el país del horror y sus esfuerzos para continuar como si nada.
Recuerdo los versos: "En la calle codo a codo/ somos mucho más que dos". A no comparte ni repudia mis ideas, y cree en ese dos, aunque por plazos pareciera olvidarlo, según yo, que me equivocaba desde aquéllos primeros días.
Amor a primera vista, dicen con razón y hay casos a millones. Así fue el nuestro. Sería largo contar los mil pequeños detalles del inicio (Las mil cosas con A).
Tras las primeras miradas a lo lejos apenas pude aguardar por el recreo, y se notaba.
-¡Despabila! -decía este y aquél compañero, dándome un zape en clases que extrañaban mis ocurrencias toleradas por maestros.
Sonó la chicharra y corrí al patio evitando el circo que celebraba nuestra efímera liberación. O pretendiéndolo, porque un payaso no cambia fácilmente de traje frente a los demás, y así apenas pasados dos minutos ya estaba involucrado en el burro pateado del día.
-Uno por mulo -decíamos imberbe tras imberbe saltando a quien no escogió la suerte sino las triquiñuelas del poder, para darle un golpe, él doblado por el talle hasta tocar tierra con las manos. Luego Dos, patada y coz, hasta el Dieciséis, muchachos a correr.
En el Cuatro la vi. Sus increíbles ojos grises se gustaban en mí a la distancia, y aproveché una distracción para aproximarme sin más aspiraciones que sentirla cerca y amigármele. Pertenecía al selecto grupo de jovencitas cuya madurez o hermosura volvía inalcanzables, presas solo para universitarios.
-Me rindió lo que evitaba desde niña por sutil, imperiosa orden de mi padre: el desparpajo y la llana alegría -diría si le preguntara hoy rumbo al Metro.
-Está abierto, funciona.
-¿Tienes tarjeta? Yo, ya sabes...
Nuevamente la historia completa vacila. Uso credencial del instituto para la vejez y A ronda los cincuenta.
-Extraños caminos de Santa Utopía -pienso animándome y con un poco de humor al fin.
Esas cavernas de la ciudad son su mejor termómetro y cuesta trabajo leerlas por el cansancio acumulado en cada una y uno y el reparo al espacio público. Hay una tensión inusual, que no puede traducirse...
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Cumple tu papel, Franscico I. Madero versión 2018, y hazte a un lado con la entrecomillada Cuarta República. No nos dejarás sin ¿Una novela?, jeje.
Ana, nietos, viene como la Inesperada de Última función, en carne y hueso.
Ana primera
Pusé al final la canción que debió sonar desde el principio y no aclaro las razones de su importancia, a más de lo muy buena que es y así cuánto representó en los fanáticos como nosotros.
Apareció seis meses después de separarnos.
Me odiaste por ceder y volví al hogar paterno con el rabo entre las patas no a ojos de papá y mamá, a quienes vendía cualquier mentira, sino ante los míos.
-Si ayer valía nada hoy no merezco estar en la tierra -pensaba sin mínima intención suicida pues Uno me sembró a conciencia la fe y bastaba el vuelo de una mosca para que vivir fuera experiencia inenarrable.
Tuve pretexto para no entregar el trabajo, hasta mi fiel patrocinador se cansó y tú no llamabas ni lo harías nunca, tenía por seguro a pesar de lo que dijiste al despedirnos.
Volvieron las manifestaciones por Vietnam y fui más atrevido, marchando a solas, yo, un cobarde natural. De darse todos los días el ánimo andaría relativamente bien y como las convocaban según había necesidad, para encontrarlo debía seguir bebiendo, cantando y echando cascaritas futboleras en nuestra universidad, y como habitual del falso barrio bohemio.
Advertí que esta historia pertenece a tres y la tercera persona, Luisa, me buscó. Conociéndo mis miedos, sabía que resultaría inútil invitarme adonde era obvio estuvieras y hurdió una pequeña trampa.
-¿Al mercado de Portales? -le pregunté con suspicacia, pues si ella tenía por nueva manda conocer la ciudad, el sitio me pareció exótico para sus lecciones.
Tu mirada y la mía estuvieron a punto de asesinarla cuando nos encontramos. Llevaba una bolsa reglamentaria para el supuesto objetivo y sacó el álbum envuelto en uno de los hermosos papeles que discurría, con un lazo rojo encendido que anudó dibujando la intrigante figura cuyo mensaje tardamos en descifrar.
-Es para los dos -dijo y dio media vuelta.
-Qué dificil eres, J.
Agaché la cabeza cuando tu mano acarició mi cabello.
-Levántala.
J lloraba y eso te derrumbó. Los hombres, hasta yo tan poco masculino, estrujan al verlos llorar.
-¿Lo oímos?
-Sí -conseguí responder.
Buscamos a Luisa porque hacías de su chofer y no estaba, claro.
-Esa mamá... Se fue en taxi.
Habíamos alcanzado la calle y frente a nosotros se alzaba un hotel de paso.
-¿Tendrán tocadicos? Ven... Ya sé, pero por una vez -preguntaste y contestaste buscando una tienda.
Tu clase aborrecía los derroches y la mía no podía permitírselos. La diferencia era la tarjeta de crédito.
Escuchamos repegados sobre la cama y sin movernos. No habría álbum mejor para nosotros y esa media mañana lo supo apenas hasta el último track.
La canción se repitió muchas veces en automático y volvió el idilio que ahora detendría tu curso -mira cuán casualmente afortunadas las palabras- sobre herramientas de precisión, tomado lejos. Empalmaría con mi viaje y así la vida decidió por nosotros.
Eso sí: yo no sería más el simple aturdido. En adelante tropezaría con un propósito, aunque solo tú lo entendieras.
Demos gracias al Mr. Teníamos dieciocho años y el lazo representaba ¡el fin del patriarcado!
Mauritania
El blog apenas puede con la primera entrega de nuestro diario: Inesperada. ¿En cúal va hasta aquí?
Entre Féz y Nuevo México quedamos no recuerdo dónde. ¿Y si la marcha ahora me condujera a ese fantástico viaje que reúne dos, uno tuyo y uno mío compartidos de distinta manera? A Mauritania, insistirás otra vez, jeje.
La luz. Los secretos están en ella.
Era 1991, Tic, y andar por allí tenía muchos riesgos, dijeron. Hay paises en que un hombre como yo puede confundirse con los lugareños. Desde luego ni soñarlo esa vez, jeje. Espera, busco fotos de internet. Mientras encuentro: sino llegaba al Atlántico y veía siquiera algo del desierto, no tenía caso -en un decir, dese luego; cualquier cosa venía a cuento para un completo extraño.
Qué importa qué vi. Tal vez nada, jeje.
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Entre Fez y Nuevo México. Tengo que traer aquí algo de eso, nietos e Inesper, a quien sumo como interlocutora siéndolo desde el principio, ¿verdad, amita?
Por esos años, amita, te hacía de chivo los tamales, según decimos en nuestra tierra, para lo ya explicado. Con la llamada T.
¿Esto va para ilustrar los días antes de El último viaje?
FADE DE EFECTOS EN FONDO A "LA GUERRA DE LOS MUNDOS", DE ORSON WELLS. SALTARSE LAS BABOSADAS DE LA PRESENTADORA.
SUBE Y BAJA "LA GUERRA..."
A las ocho de la noche del domingo 30 de octubre de 1938, una sombría voz interrumpió una emisión radial para advertir a los estadounidenses: «Señoras y señores, tengo que hacer un grave anunció… "Las palabras que siguieron, emitidas en un programa que se difundía a través de una red que abarcaba todo Estados Unidos, causó pánico. El conductor anunciaba que los marcianos habían aterrizado y barrían toda resistencia que se les oponía, en sangrientas batallas.
Así inició la fama de Orson Wells, entonces director de teatro, que luego produciría extraordinarias, inolvidables películas.
Setenta y ocho años después aquí estamos, en Radio Warrior, y puedo decirles tantas verdades o mentiras como quiera. Eso hacen las estaciones comerciales, ¿no?
(FADE DE WELLS A
Uy, me estoy poniendo filosófico, y no se trata de eso.
La música que escuchamos es de un grupo de talentosas mujeres de Nuevo León, que tocan en la calle.
(CAP. VII: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Antes expliquemos brevemente. Los cinco últimos gobiernos de la república prepararon la privatización de Petróleos Mexicanos, que como sabemos pertenece hace mucho al Estado. O sea, vender la empresa, petroleo incluido, desde luego, como hizo con Teléfonos de México, bancos y otras muchas más cosas.
De Pemex depende gran parte del presupuesto público y para justificar la venta por pedazos y a largo plazo, se dedicaron a ordeñarla sin dejarle un peso para reinvertir. Mientras, los encargados la saquearon, de plano, y hoy no es un secreto que los carteles de la droga controlan una buena porción de los ductos.
Dejamos en gran parte, pues, de refinar el petroleo para gasolina, diesel y gas LP, y hoy nuestras refinerías trabajan al 37% de su capacidad. Así nos convertimos en el primer comprador internacional de esos productos a los Estados Unidos. Grandes empresas se benefician con ello. A su cargó queda el manejo del 70 por ciento de los combustibles.
Reforma energética, se llama al conjunto del proyecto que fue dándose por pasos y se hizo ley en 2016. Resultó ya inevitable la liberalización de la compra y venta y para festejar el año nuevo los precios aumentaron en 20 por ciento, para continuar los incrementos en febrero. Y con ellos, la respuesta popular más intensa en décadas.
Este es un resumen de la primera Asamblea Nacional contra el gasolinazo.
EDER, TE ENVIARÉ DOS O TRES MINUTOS EDITADOS): https://soundcloud.com/jorge-belarmino-fern-ndez-287233220/asamblea-nacional-contra-el-gasolinazo
¡Me dejaron viendo de más! Ora traspaso la ropa hasta en fotos. Aguas, vecinas.
Esa cicatriz no se lo conocía a la Wadda. Uy, la Dan se depiló.
DATOS
Alguien llamo a la ciudad de México "Asamblea de Ciudades". Son tantas y tan distintas que en realidad forman un país. ¿Cómo suenan? Porque casa una tiene ruidos y voces particulares. Hoy nomás por probar, preguntamos de qué estación a qué estación va quién se subió a este Metro:
GRABACIÓN EDITADA.
Me dedico a investigar la historia, ¿saben?, y un día escribí: En la posrevolución la ciudad de México crea una o varias nuevas noches.
¿Que quería decir? Que en la capital del país, que en las ciudades mexicanas en general, la Revolución transformó la forma de vivir y de imaginar la noche.
Continuo con lo que decía en un artículo. Perdonen el tono, intelectualón. Había que impresionar a los especialistas. Si algo no se entiende, lo aclaro.
(EDER: LA PRESENTACIÓN SE ESCUCHA EN PRIMER PLANO Y LUEGO BAJA A FONDO.)
¿Me expliqué? Tiene su chiste agarrarle la onda a ese tipo de lenguaje, que permite observar cosas distintas a las comunes. En todo caso, ¿va quedando claro que la la vida nocturna de ciudad de México se transformó muchísimo tras la Revolución.
Continuo: Estamos en 1938, digamos, un año antes de que un reglamento intente liberar la vía pública de la epidemia de besos. Sobre San Juan de Letrán, en los años 1980 convertido en origen del Eje Central, un hombre se echa a la celebración de los entresijos de luz y sombra de la calzada. Su cabeza se agita con el alcohol apurado no sabe si en el barullo de mesas y parroquianos a su lado o en el de diez metros atrás, y con unas ganas a las que el cancionero de la época vuelven apremio por una de las “flores de la maldad y la inocencia”, frutos que chorrean miel y hiel, sendas hacia el cielo y el infierno, con las cuales se adorna la calzada.
SIGUE PARA EL PROGRAMA CON QUE RADIO WARRIOR SE INAUGURARÁ A FINES DE FEBRERO. RADIO INTERNET, RADIO BOCINA, RADIO FM. DE TODO SEREMOS.
Stalingrado
-No entiendo cuándo sucede cada cosa.
-¿Cuáles?
-La Crónica y ¿Una novela?
-No sé.
-¿Cómo no vas a saber, B?
-Es obvio que esto...
-¿Llamado de qué manera?
-Crónica, Atrevida, no seas burra.
-Jajaja, al fin consigo unas palabras claras. Sigue: es obvio...
-Estamos cronicando. Después desátase eso loco incontrolable, responsabilidad de mi abuelo y A.
-Nomás te recuerdo la fecha: 20 de mayo.
-¿Año?
-¡B!
-Es broma, carajo.
-¿Cuándo empieza lo otro?
-Al pitonizo no le hago.
-Alburero.
-Naca. That is the question: el inicio de la quizá novela, ya que la crónica atestigüe la caída.
-¿De "los Malditos"?
-Presentes, al menos.
-¿Nuestro gobierno?
-Y algo más, impreciso. En todo caso, recapitulemos, viendo desde ellos y desde nosotros.
Hace dos semanas asesinaron a una joven en Ciudad Universitaria, fue otra última gota que derrama el vaso y los movimientos feministas se volcaron allí. "¡Ni una más!" dice la consigna madurada en veinte años de feminicidios. Detrás, ese brutal porcentaje que descubre cuánto odía la sociedad a sus mujeres jóvenes. A sesenta por ciento, recuerdas E, tú incluida, llegan quienes al hacerse quinceañeras sufrieron abuso en nuestro país, y ahora se exhibe el acoso sistemático por catedráticos a alumnas en esa máxima casa de estudios donde un icónico, viejo líder soltó por radio: exagera la muchachita fulana que afirma fue violada: "sin verga no hay penetración".
El estado de México, donde tú vives, llevó a niveles demenciales lo que nos había pasmado en Ciudad Júarez. Y empezó a hacerlo durante el gobierno de nuestro actual presidente.
Vives en el Oeste, Atrevida, tierra fronteriza, sin ley, como de alguna manera diseñaron fuera desde los años cincuenta, coincidiendo con la consolidación del Grupo Atlacomulco, que acunó a Peña Nieto y otros tras desbancar internamente a Hank González, su más siniestro caudillo hasta el arribo de Carlos Salinas...
-Para, B, me vas a llevar al siglo XVI.
-¿Yo?
-No te hagas.
Bueno, entonces vino Hernán Cortés...
-¡B!
-Lo que quería decir es que si a fines de los ochentas pudieron desmbancar a una figura con el peso de Hank, quien no jugó a la presidencia solo por nacer extranjero, no extrañe cualquier cambio mayor en estos atlacomulcos nuevos. Si bien ambos casos salen sobrando pues ahora no se trata de un grupo sino del mismísimo PRI.
-No entiendo nada.
-¡Me lleva la chingada, E!
-Jajaja.
-En septiembre dejé mi trabajo convencido de que esto estallaba, ¿no?
-Sí. Y ahí sigue, jajaja.
-Medio, medio, y le falta, cuando mucho, mes y días, o tal vez apenas dos semanas.
-¿Por las elecciones en el Edomex?
-Correcto, Watson, aunque me hayas interrumpido, pues hallábame en septiembre, seguro de que babalú esta mierda, y nadie me pelaba y grité ¡Doy por límite enero! y nadie peló y vino el gasolinazo.
Aquí deberíamos pasar a la crónica propiamente dicha, con lo que escribí por ahí y no dio tiempo de desarrollar, comenzado en Ixmiquilpan.
-Ok, ok.
-Ahora, ¿porque no dio tiempo?
-¿Porque eres un huevón?
-Además de. Paré al darme cuenta que se desinfablaba la resistencia contra el aumento de los precios.
No conocía Ixmiquilpan, confesé, ¿verdad?, y fui en abril. Si bien era para otra cosa, de primerísima fuente supe: el movimiento nació un poco al azar. No había sorpresa. Afectos al PRI liderearon la primera acción, pidiendo al gobernador exigiera a los diputados cumplimiento a sus promesas. Etcétera, etcétera.
Se demostraba lo sugerido en las derrotas electorales históricas, un año antes, en otros estados: el priismo perdía popularidad a velocidad vertiginosa.
Detrás, lo que me condujo al optimismo en septiembre: las pugnas internas. Ahora sabemos bastante más del tema, ¿cierto, Atrevida.
-Revísese ¿qué nota?
-No recuerdo, jeje. Por otra parte está el genuino movimiento, nacido en ¿mayo? 2013, a quien visité ixmilquianamente. Ese breve viaje confirmó lo certificado en el de febrero a Guerrero: nadie echaría atrás a las fuerzas populares más sólidas, que para mayo, 2016, aclaro, habían formado ¡cuatro y media auténticas APPOs!, y otras cosillas nada desdeñables: setecientas mil familias cafetaleras organizadas en cooperativas; jornaleros y jornaleras de San Quintín y demás.
-¿Esto es un ensayo, un reportaje o qué madres? A la crónica no la veo por ningún lado.
-Coño, Atre, si apenas podemos con el paquete y quieres que haga lo correcto.
-Pues no presumas, entonces.
-Haz de cenar, ¿no?
-Tu abuela, yo soy hija adoptiva... Mira:
"Antorcha Campesina promete ante Del Mazo no dejar ganar a Delfina Gómez
-¿Para su desgracia?
-Sí, deaparacerán en ese caos, para no levantarse más.
Un cartón sugiere que bajo el agua Peña Nieto abandona a Del Mazo. ¿De dónde lo deducen, si las contradicciones internas que conocemos no indican nada parecido a eso? ¿O sí y me pasa de noche?
-B, concéntrate, por favor, y te vuelvo a preguntar ¿dónde esta la crónica prometida?
-Ay, E, no toques temas sensibles. Todo me permitiría conocer en vivo los sucesos. Allí estuvo El santo lugar, durante estos últimos años volví a la zona para hacer nuevos lazos...
El resto de los cuadernos nombra, aquí evito hacerlo y a ratos, como aprecian... ¿Cuándo marchar?, es la duda. Hace unas semanas viajé adonde otra vez callo, aunque mi destino se halla también en nuestra ciudad.
Es viernes y mi cabeza está ocupada apiadándose con los que merecen piedad o redacta tal y cual cosa para luego ponerla en su sitio, mientras disfruto cuánta pequeña celebración a la vida aparece y calculo los tiempos del futuro colectivo.
*Vasily Grossman.
El Mero
El nombre deriva de Merolico, como se llamaba a quienes en los parques y apelando al humor vendían remedios de dudoso efecto.
Con un fajo de cuartillas en la mochila hice el camino al Metro. Unas cavernas de la ciudad en dirección a las otras, entrañables todas, bajé en una desconocida estación al azar. Las escaleras conducían a un andén a cielo abierto y la primera mirada fue decepcionante: estaba en uno de los lugares más conocidos de nuestro gigantón, cuando menos para quienes no se pertrechan en los reductos de la gente de bien.
El necesario paradero parecía dividir en dos el universo alrededor, inconcebible sin cada parte: a poniente el lío de puentes a no menos de ochenta kilómetros por hora con su avalancha de metálicos, gritones animales; a oriente la paz aquí sorda, allá plácida, de la colonia en improvisados parches que se montaban sobre antiguos poblados del valle sin desaparecerlos del todo.
Entre el rezumo de los mirtos que el rocío se empeña en conservar, de lino y grana las ropas y la carne a las cuales se trasuda, un atormentado joven poeta para que no escape muerde con desesperación la noche de invierno y las astas de la luna, por ello más "cuernos de búfalos" sosteniendo el "cielo huerto", donde los astros florecen con "sus dorsos" de "ágatas y oro".
-Puf -dije suspendiendo la lectura. El poeta de mil atrás y su mundo para qué sirven aquí donde ni su abuela oyó hablar de ellos, ¿o no, señora que en el paradero hace sabios malabares con las bolsas a granel bajando del microbús?
La mujer volteó y se detuvo en espera de que algo de utilidad saliera del discurso que de imaginación a imaginación le recetaba. Fue ahí que vinieron los años viejos y:
-¡Alavado, alavado! -exclamé de rodillas y la mirada al cielo no del Señor sino de otros divinos portentos que moran en lo alto y en muchos lados más- -Revelación, ya la libré.
Para prueba bastaba el botón señora de las bolsas y los que con un giro de la cabeza en redondo descubrí pendientes de mi persona. Un cacho de pan les solté como entretenimiento, del poeta, claro:
¿Cuánto habré de esperar y cuánto tiempo
¿A quién hablar, a quién dar testimonio...?
Mientras el recién adquirido auditorio tragaba de una imprecisable manera el mendrugo, en silencio hice el el rito en versión resumida para apuros:
-Niño de Piedra, padre mío; deforme hija de Aoibheal, hermana, y Gualupita madre y compañera, de sus prodigiosos dones pasen un tantito y a mano me pongo con ustedes, ¿sí?
¡No!, luego, luego vino la respuesta. Sobre los cerros a un paso con la magia de sus mocasines voló el Niño, el hada de monstruoso tamaño, los ojos sangre, chorreando lodo su manto se alzó de entre la tierra, y del primer al último tronco nacieron tallas de la Morenita.
A metro y medio del suelo mi cuerpo púsose a flotar y del paradero del Metro Constitución de 1917 me volví dueño. Chamacos, cuasi vestales en tránsito, chóferes, el rey y el tepo del barrio hicieron corro, y un cojo de la tercera edad y una taibolera en disfraz de ama de casa con un guiño se ofrecieron de patiños.
La providencia prestó un sombrero cuya presencia en el piso gritaba:
-No se hagan rosca con las monedas, que de algo ha de vivir este chango -y al ruedo ya sin más me tiré.
Ese fue mi empezar, años luz a estas alturas me parece, en la merolica obra de darle paz al alboroto de mis cajoneras y mi alma en vilo. Cruzada en regla fue y es, con abundancia de sobresaltos y harta muleta para amansar bureles de la variedad que monopoliza las afueras de las estaciones y los vagones.
Todo entre los Oh, los Chale, los Ya está de vuelta el loco, etc. No todo es coser y cantar en este viaje, que mucho duele, por no decir todo, contra lo ofrecido aquí arriba para atraer la atención. En realidad no sé adónde voy y no es de extrañarse pues sólo vaga idea tengo del camino a mis espaldas.
Andar sí que ando, con los pies sobre la tierra, no importa cuán chuecos, y con la imaginación a lo lejos, no como escape, que de eso no hay modo, sino por gusto, urgencia a veces.
Escribo una suerte de memorias, de ése tiempo apenas hablo, queda envuelto en una nostalgia para entonces vieja y profunda, y dejo a un lado lo más importante. Me refiero a mis hijos, por cuya infancia cada vez más pregunto.
En las funciones callejeras, en este punto digo que no quiero entristecer ni complicar de golpe el relato y vuelvo al poeta. El éxito es rotundo, sobre todo entre el público femenino, quien sin darse cuenta inicia así el camino a mi beatificación. Sabiéndolo, acuso la joroba natural, enjuago los ojos y la facha quijotesca se completa y en justicia, pues molinos de viento son los de la marginación propia y ajena que bato.
Esta nota tiene tal cantidad de videoclips, que al blog le costaría cargarlo con el resto. Vayan directamente, pues, vía link. Otro tanto pasa con:
y
La del clóset
En secreto reconozco, sin embargo, que parte del día lo paso del talle de Doña Felicidad. El más mínimo pretexto la saca del closet donde la buena educación le ordena estar. Y pa qué es más que la mera verdad: sobre la mesa, en el piso, al borde del lavadero, en el primer resquicio del callejón o donde quiera que la tome, sus carnes de gloria se licúan, anuncio de eternidad.
LA CASA DEL HORROR
Vivimos un narco Estado, dicen; y una narco sociedad, debe agregarse simplificando. Gran parte de la población nacional sabe quiénes pertenecen al crimen organizado, calla los actos de corrupción alrededor y tal vez conoce el rostro y hasta el nombre de los secuestradores de los niños y las mujeres cuyas fotos circulan por la internet, o el de los violadores y feminicidas.
Yo el ingenuo
No entiendo al crimen organizado y su relación estructural con viejos y nuevos modelos capitalistas. Hace poco, por ejemplo, un amigo exhibió mi asombro por la vinculación entre el narcotráfico y la Operación Cóndor en los años setentas, y no sé nada de las matrices del fenómeno (Estados Unidos Sicilia, Japón...).
Reconociendo mi ignorancia sobre los grandes temas, me concentro en recoger eventos y visibilizar aspectos que se olvidan, y por razones prácticas busco un meollo del horror en el año que rodea la muerte de Digna Ochoa, sucedida en octubre de 2001.
“Nuestros ojos son más grandes que nuestros estómagos, y nuestra curiosidad mayor que nuestra capacidad de entender; creemos asirlo todo y apretamos sólo el viento.”
A veces hago preguntas ingenuas y evito las deducciones. Se trata de aprender con las y los lectores y no de pontificar.
A tres días de las elecciones presidenciales de 1988, dentro de un auto se encuentran los cadáveres de Francisco Javier Ovando y Román Gil Hernández. El Frente Nacional Democrático que encabeza Cuauhtémoc Cárdenas los responsabilizó de supervisar la información sobre los votos, a fin de evitar el previsible fraude que se cometería, en efecto.
Muchos años luego González Calderoni afirmará que el asesinato se lo ordena Carlos Salinas de Gortari a Juan García Abrego, jefe del cártel del Golfo.
La Administración para el Control de Drogas (DEA por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos le creerá todo pues el hombre fue subprocurador de justicia encargado en el ramo. El personaje será acusado a su vez por Miguel Ángel Félix Gallardo, El Padrino, fundador del cártel de Sinaloa, de operar con “sus superiores inmediatos” el inaugural gran acuerdo entre altas esferas del gobierno federal y los narcotraficantes, a través de un reparto de plazas a comienzo de la década de 1980.
Quién sabe si el régimen priista administraba antes los convenios de este tipo. ¿Al hacerlo entonces, la nueva clase política que nos dirige desde 1982 y se propone incorporar al país al modelo neoliberal, propicia la informalidad en todos los ámbitos, incluido el aparato estatal?
En
1988 Emilio Padrilla escribía un libro sobre "el mito de la
informalidad", en referencia a la economía urbana prohijada por lo que
hoy algunos prefieren llamar hipercapitalismo. Muchos otros autores
advertían ya de la suerte de regreso al pasado que representa el
reluciente sistema, y para mí, historiador fuera de la academia, cada
vez el presente trae a la cabeza el voraz colonialismo en la primera
etapa del siglo XIX.
El
genocidio y la abundancia general de sangre era un norma, como en el
periodo previo, vinculada a una noción de Carlos Marx: "todo lo sólido
se desvanece en el aire". La frase me recordaba el ensayo de Montaigne.
Desde
1492 el mundo se irrealiza por la "mayor revolución jamás habida en el
tiempo y el espacio humanos" y lo que precipita en las mentes de los
conquistadores y colonos y de quienes financian las aventuras. En ellas
el delirio preside todo y así a los adelantados españoles toma menos de un año despoblar el Haití de hoy, por falsas especies sobre fantásticos depósitos de oro.
Los
asesinatos en masa, los descuartizamientos, la tortura extrema,
cualquier exceso vale en tierras que desde el origen son el reino del
Maléfico. Puede ejemplificar la historia hasta el infinito, lo mismo en
la conquista española y portuguesa del siglo XVI, que en la posterior colonización inglesa, francesa, holandesa.
Nos asombraría conocer las descabelladas afirmaciones de la
Ilustración, el nacimiento de la ciencia y la filosofía modernas
calificando con capricho al Cuarto Continente, lo mismo de corrupto que
de imberbe.
Perdonen el largo paréntesis que espero sirva, y volvamos a los hechos y al personaje que nos trajo hasta aquí, Coello Trejo.
Al
preguntársele a Sergio Aguayo en 2002 sobre el poder político que en su
abundancia se precipita con descaro a actos criminales, luego de una
recapitulación histórica encuentra el caso emblemático de Javier Coello
Trejo.
A
este fiscal de hierro de la procuraduría general de justicia a partir
de 1988, Calderoni rendirá cuentas desde entonces. En su gestión se le
acusa de más de ochocientas violaciones a los derechos humanos. Algunas
repiten el proceder en Chihuahua durante los interrogatorios a una
pareja de acusados que no se reconocen como narcotraficantes: Armando
Prado Mena fallece por las lesiones de la tortura y a Emiliano Olivas
Madrigal lo arrojan desde un sexto piso.
Tres
casos desbordan las fronteras: el asesinato de Norma Corona Sapién, la
compañera de oficio de Digna Ochoa que en Sinaloa investiga la
responsabilidad de un subalterno de Coello en la muerte de cuatro
personas y los hermanos Quijano Santoyo.
En
el tercero, al amanecer un grupo de agentes baja de una Suburban roja y
un Topaz sin placas, y allana las casas de tres estudiantes venezolanos
y de un abogado. Al día siguiente la esposa de unos de los jóvenes
acude a las oficinas de la Judicial Federal y ve la caminera. Veinte
días después en una fosa de dos metros de profundidad aparecen los
cadáveres de los cuatro secuestrados, con huellas de tortura y orificios
de bala.
El
tipo de hombres causantes de estos actos forma la escolta del
subprocurador de delitos contra la salud, a la que al poco se le
comprueba un para ella alegre jugueteo en el sur de la ciudad de México:
ultrajar mujeres. Diecinueve son animadas a levantar cargos. Ni eso ni
las recomendaciones de organismos nacionales e internacionales le
valdrán castigo directo o indirecto al hombre que Salinas encargó para
dar el primer, trascendental golpe dentro del régimen, apresando a
Joaquín Hernández Galicia, la Quina, el poderosísimo líder del sindicato
petrolero.
En
1993 y para escapar en unos años, cae preso Joaquín el Chapo Guzmán.
Las primeras versiones, desmentidas luego, aseguran se encontraba en un
rancho de Coello.
El
fiscal de hierro parece un personaje que ilustra a la perfección cómo
la violencia del régimen priista muda con el peculiar neoliberalismo
autóctono. Un periodista de su nativo estado de Chiapas, resume así la
historia previa:
“…tuvo,
desde sus inicios como agente del Ministerio Publicó en Chiapas, fama
de ´duro´, de arreglar sus asuntos por la fuerza pasando por encima de
leyes y autoridades.
“Según
el expediente elaborados por las instituciones de inteligencia del
país, el cual consta de mas de 100 paginas, dentro de sus actividades
políticas, afiliado al PRI, tuvo cargos administrativos en los gobiernos
estatal y federal…
“En
Chiapas fue agente del Ministerio Publicó del Fuero Común; secretario
general del procurador general; director de la Policía Judicial Estatal
en la Procuraduría General de Chiapas; agente del Ministerio Publicó
Federal Especial; secretario general de Gobierno en el periodo Absalon
Castellanos Domínguez en 1983, de donde es destituido en 1984…
“Su
fama como hombre rudo empezó en 1977. Es entonces cuando el presidente
de la republica José López Portillo lo designa fiscal especial para el
combate a la corrupción, en donde dirigió las investigaciones para
consignar a Fausto Cantu Peña, exdirector del inmecafé; Félix Barra
García, ex secretario de Comunicaciones y Transportes. Todos ellos
funcionarios durante el régimen de Luis Echeverría Álvarez.”
De
una dureza y una ambición singulares sirve al régimen tradicional, en
resumen, de gran látigo presidencial que castiga a los funcionarios
incómodos. Las mudanzas sexenales lo envían de regreso a su estado “ya
con fama de rudo”, en carácter de secretario de gobierno del nuevo
mandatario local, Absalón Castellanos, de triste recuerdo para sus
paisanos, entre otras cosas por los golpes a una movilización campesina
sin precedentes próximos, en la misma región de Los Altos donde surgirá
el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Por el cargo, Coello sin duda tiene en ello un papel de primera línea, que no incluye el periodista a quien citamos.
¿Hablamos de un fenómeno nuevo en el México que desde los años cuarenta es la "dictadura perfecta"? Sí y mi trabajo no está en capacidad de explicarlo según se debe: responde con generalidades e ilustra, sobre todo.
Por esos tiempos Carlos Montemayor, a quien citaré frecuentemente, escribe La guerra en el paraíso,
una novela testimonial sostenida por abundantísima, confiable
documentación que el Estado mantiene en secreto. Es sobre la primera
etapa de la guerra sucia en Guerrero, durante el periodo 1969-1979.
Mucho después una Comisión de la Verdad (ComVerdad) guerrerense prueba lo que el escritor recreó.
Entre las muchas prácticas sobrecogedoras registra una detallada por "Gustavo
Tarín, quien formó parte del grupo de información de inteligencia de la
policía militar dirigido por el general Quiroz Hermosillo, integrado
por 100 elementos de la Policía Militar y 40 civiles.” En un momento el
alto mando del ejército en la zona lo nombra “Director de Protección y
Seguridad Pública del Estado de Guerrero y Subdirector de la Policía
Judicial del Estado de Guerrero encargado de las dos costas, y quedó a
cargo de la lucha contra la guerrilla”. Según él “de 1974 o 75 a 1981
detuvieron a cerca de 1500 personas, a las que sometían a investigación e
interrogatorios en los separos de las oficinas de Policía y Tránsito de
la ciudad de Acapulco, Guerrero, que conocían como ´el Metro´, porque
era un espacio muy reducido. Que a esas oficinas se presentaban, por
encargo del entonces Gobernador Rubén Figueroa Figueroa, varios agentes
del Ministerio Público del fuero común para conversar con los detenidos y
saber si deseaban amnistiarse (…) Si los detenidos no aceptaban la
amnistía, se les llevaba a la Base Militar Pie de la Cuesta. Los
guerrilleros, atados y vendados, eran (…) conducidos uno a uno hasta el
banquito de fierro que conocían como ´El banquito de los acusados´, y ya
en este lugar, se les sentaba con la creencia que los iban a
fotografiar.” Una vez allí eran ejecutados por los mandos supremos “con
un disparo en la nuca con una pistola calibre 380, que tenía adaptado un
“moflecito” (un silenciador). Inmediatamente después se les colocaba
sobre la cabeza una bolsa de nailon que se les ataba al cuello para
evitar que quedaran rastros de sangre. Siempre se usó la misma pistola,
por lo que la bautizaron como ´la espada justiciera´.
“Realizado
este procedimiento, generalmente eran 14 0 16 personas, se colocaban
dentro de costales de yute, se le ponían unas piedras y se cosían, para
después ser transportados en carretilla hasta el avión Arava del
Ejército Mexicano que se colocaba en la pista (…) y los conducían a un
lugar conocido como ´la Costa de Oaxaca´, por lo que la operación era
conocida entre ellos como ´vuelos a Oaxaca´. Había ocasiones en que el
avión Arava hacía 3 ó 4 vuelos en una sola noche, aproximadamente de
diez de la noche a las cuatro o cinco de la madrugada, para llevar a los
cadáveres hasta la costa de Oaxaca. Así fueron ejecutadas o
desaparecidas más de 1500 personas.”
A
un mecánico de aviones se “le gravó que en algunas ocasiones se dio
cuenta que el personal que supuestamente estaba muerto todavía iba vivo,
agonizante y después los tiraban al mar sin que fuera un lugar exacto,
pero para tirar los cuerpos al mar el avión bajaba casi a nivel del
mar(…) Durante su comisión se trasladó de 120 a 150 cadáveres, pero
habría que checar en la bitácora pues podían ser cinco seis, siete,
máximo ocho personas cada ocasión”. De acuerdo a este testimonio las
personas “eran de todos los lugares, también de buena situación
económica, ingenieros, doctores del pueblo, licenciados, de todo tipo.
Cuando eran mujeres les ofrecían que si tenían sexo, al llegar a
Guerrero las dejarían en libertad y en su caso a los esposos. En algunas
ocasiones aceptaron pero nunca, que él viera, las liberaron.”
Antes de los neoliberales tiempos, pues, el Estado mexicano es sobradamente capaz de las mayores brutalidades.
Tampoco resultan por completo nuevos los funcionarios encargados de la seguridad, que hacen negocio con ello. Recordamos a Alfredo Ríos Galeana, un militar de las fuerza de élite contrainsurgente que en los 1970s dirigió el Batallón de Radiopatrullas del Estado de México (Barapem), aterrorizando a la población.
El
tipo se convertiría en el enemigo
público número uno del país, al formar una banda de asaltabancos y
secuestradores que con frecuencia asesinaba a las víctimas. Pero
sintomáticamente lo haría a partir de 1981, cuando el nuevo modelo
económico y político empezó a abrirse paso con la candidatura
presidencial de Miguel de la Madrid. En 84 lo capturan, dos años más
tarde se fuga peliculescamente y da pie así al aire romántico con que
luego serán aureolados los criminales.
-0-
¿Hacía dónde dirigimos ahora los pasos, en esta reconstrucción que no debe ser lineal?
FALTAN OTROS CUADERNOS, QUE IRÁN A CONTINUACIÓN.





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